lunes, 3 de diciembre de 2007

las conciencias dormidas

Se llama Carmen y es venezolana. La conocí al llegar a la Universidad y recuerdo que nuestra primera conversación trató sobre la comida (estábamos en la cafetería), lo diferentes que son las costumbres a un lado y otro del Atlántico, la vida allá y acá... Y terminamos hablando de Hugo Chávez. La verdad es que contaba unas cosas que no me atrevo a reproducir ahora, por respeto a su vida privada y porque, sin el acento, sin el convencimiento y el énfasis de sus palabras, no tendrían el mismo efecto. Fue entonces cuando me di cuenta de lo cómodos, apoltronados más bien, que vivimos en España.
Fuera de nuestras fronteras, los estudiantes se las ven y se las desean para acceder a la Universidad, y aquí nos permitimos el lujo de hacer pira; y cuando los líderes revolucionarios como el Che Guevara, cuyo rostro aparece impreso en camisetas y banderas, cuyas frases son pronunciadas en defensa de la libertad, son aclamados en nuestro país, allí no son sino los culpables, en gran parte, de su desgracia (pregúntenles a los cubanos o venezolanos qué opinan sobre Fidel Castro).
Pero lo más preocupante de todo es la ignorancia que sufre el pueblo, y esto es común a ambos continentes. En España, porque cerramos los ojos a la realidad, en Venezuela , porque cierran las cadenas de televisión. Ayer, en el Referéndum por la reforma que garantizaba la continuidad de Chávez en el poder, la opción votada (por los pelos) fue el No. Uno de los grupos de presión más activo fue el "Bloque del No", promovido por estudiantes. ¿Cuándo seremos capaces nosotros, españolitos desarrollados y valientes, de unirnos, de apostar por algo y tratar de hacerlo realidad? ¿Cuando vivamos en un régimen prácticamente dictatorial? La dictadura no es la única forma de quitar la libertad, a ver si nos vamos enterando y espabilamos de una vez.
Quiero creer que este es el primer paso para el cambio, un cambio que proceda del pueblo y no del poder; me gustaría pensar que los gobiernos de los países desarrollados colaborarán en la destrucción del imperio que ha construido Chávez a costa de vidas humanas; ojalá dentro de muy poco tiempo Carmen pueda rehacer su vida en Venezuela sin miedo a los tiroteos, sin rejas en las ventanas ni puertas blindadas...
¿Quién sabe? Quizá en algún momento volvamos a vernos y podamos charlar sobre comida, sobre las diferencias entre un lado y el otro del charco, y puede que hablemos de Chávez como de una mala pesadilla de la que, gracias a Dios, despertamos un día.

domingo, 2 de diciembre de 2007

la hermosura de un cuadro

No me deshago del Gombrich que, misteriosamente, apareció un día en casa (creo que los trapicheos de mi hermano Diego tuvieron algo que ver... y no puedo dejar de alegrarme por ello). Hoy voy a intentar describir una de las ilustraciones, a mi entender, más bonitas que aparecen en este volumen. Se trata de "Retrato de mi madre", de Alberto Durero.
Es un dibujo hecho con carboncillo (quizá alguien más experto me pueda corregir) con gran detalle y delicadeza. Representa a una anciana mujer de ojos grandes y saltones, nariz prominente y labios apretados. Su delgadez causa repugnancia en una primera impresión, se marcan los pómulos y la clavícula; quizá por eso me guste tanto. Rompe los cánones tradicionales de belleza, no es una mujer guapa, ni siquiera agradable, pero es una mujer real.
Me hace pensar que, cada edad, cada etapa de la vida, tiene su belleza, y Durero supo captarlo en este dibujo, sin disfrazar ni adornar, lo más bello que existe es la verdad, la realidad.
Transcribo las palabras del profesor E. H. Gombrich acerca de este dibujo:



"Su verista estudio de la vejez y la decrepitud puede producirnos tan viva impresión que nos haga apartar los ojos de él, y sin embargo, si reaccionamos contra esta primera aversión, quedaremos recompensados con creces, pues el dibujo de Durero, en su tremenda sinceridad, es una gran obra. En efecto, de pronto descubriremos que la hermosura de un cuadro no reside realmente en la belleza de su tema."