domingo, 19 de febrero de 2012

Compromiso


Imagen de roleaniz
Hay quienes piensan que el arte es algo totalmente despegado de la tierra. Una brisa que sopla sobre la rutinaria vida de los pobres mortales y, por unos momentos, les eleva de su insípida existencia. Por eso, hay quienes creen que el arte no debería mezclarse en "otros asuntos", no debería comprometerse con nada y seguir ese viaje, desde ninguna parte hacia ningún sitio.
Creo que el arte debe trascender su época, que es imperecedero, que su base es la honestidad y no la ideología. Sin embargo, el artista precisamente, es quien logra extraer de una experiencia particular, de una situación concreta, un sentimiento universal. Pero esto no se consigue sobrevolando la realidad, mirándola como desde un estado superior, sino sumergiéndose plenamente en ella, comprometiéndose con una causa, con una época, con un pueblo, con un valor moral. O con varios. 
Y digo compromiso, no propaganda.
El Guernica fue un encargo del Gobierno de la II República. Un encargo directo del Gobierno, no una sugerencia o una subvención. Picasso aceptó, pero no realizó un cuadro propagandístico, como los carteles soviéticos, sino una auténtica obra de arte que ha conseguido transmitir el caos, sufrimiento y desgarro que supuso la Guerra Civil para nuestro país.
También los hay que piensan que este compromiso solo atañe a artistas, intelectuales y algún que otro integrante del 15M - "en sus buenos tiempos"-, dirían los más condescendientes. El Guernica es tan parte de nuestra historia como la Guerra Civil misma. Las fotografías, las historias, los periódicos, las grabaciones, los cuadros, los relatos, los poemas, la música, los gritos... son cultura y son historia. Y cada persona que lee o escucha o mira estas manifestaciones artísticas, ya está comprometido como ciudadano.
Si fomentamos la creencia de que el arte no es comprometido por naturaleza, acabaremos creyendo que no tiene nada que ver con la realidad. Y las imágenes solo serán imágenes, y mataremos nuestra sensibilidad y nuestra conciencia y nuestra memoria.
Por eso, cuando conocí la iniciativa de Iñaki Arteta, 1980 Documental, que pretende hacer un archivo de los asesinatos cometidos por la banda terrorista ETA en este año, respiré aliviada. Aún quedan personas que ven en el trabajo creativo y artístico no una excusa para alejarse del mundo sino para adentrarse en él. Porque para algunos, el arte no es la brisa que refresca a los hombres tras un duro día de trabajo, sino que es fruto del polvo que levantamos al caminar.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Romanticismo

Ha llegado el momento de escribir esta entrada.
Desde hace algunos años vengo observando una tendencia, que ya está bien implantada, una tendencia cultural plasmada en música y artes visuales que se podría definir como romanticismo postmoderno y cuya máxima exponente sería Sofia Coppola. Este "romanticismo" combina los ingredientes del clásico movimiento artístico: idealización de la realidad, nostalgia por el pasado, atracción por lo exótico, esteticismo a ultranza... en pleno siglo XXI. Hay una especie de anacronismo en esta tendencia, interesante como fenómeno de análisis, pero que sorprende cuando uno se encuentra con gente que de verdad la respira y vive en ella.
La falta de ideas novedosas, los artistas frustrados y la sustitución del artista por un mero recolector (el escritor y el editor, que diría Vila-Matas), plagan este siglo de copias, fritos y refritos, a cada cual más insustancial y hortera. La horterada es la sobrecarga. Oí a un filólogo decir que la belleza es cuestión de cantidades: un poco más y un poco menos. La sutileza no cabe en la cultura de la inmediatez, la emoción superficial y el made in Taiwan. La horterada es un souvenir. Y da la sensación no solo de que vivimos en la ciudad de las copias baratas, que tratan de recordar a algo real y bello, sino que hay quienes piensan que esos souvenires son reales y que, cuando uno los tiene en sus manos, posee la verdad o la esencia de las cosas. Este "romanticismo postmoderno" podría ser definido como el souvenir del romanticismo del siglo XIX.
¿Y cómo era el romanticismo del siglo XIX? No lo sé, no lo viví. Pero sí conozco la obra de Jane Austen y la de las hermanas Brontë y creo que esta tendencia de la que estoy hablando se nutre de Jane Austen o, más bien, de la imagen que nos hemos formado de lo que es Jane Austen. De ahí tantas películas, series, novelas históricas con aventuras, amores y desamores, telenovelas y Downton Abbey y Marie-Antoniette. ¿Por qué Orgullo y Prejuicio y no Cumbres Borrascosas? Porque es más fácil. Porque los personajes son más sencillos, las emociones más directas, porque en Orgullo y Prejuicio todo el mundo dice lo que piensa, porque las mujeres tocan el clavicordio y los hombres pasean a caballo. En Cumbres Borrascosas los hombres beben, las mujeres preparan la cena, se gritan, la pasión les ciega, el odio les oprime, las casas les agobian, la tormenta les enloquece. ¿Es más "romántica" Emily Brontë que Jane Austen? Respetando enormemente a Jane Austen, sí. Si entendemos el romanticismo como un verdadero movimiento artístico, y no como un souvenir hortera.
Pero aquí seguimos, nutriéndonos de los sucedáneos de los sucedáneos, diciendo que creamos cuando en realidad copiamos y prefiriendo tocar el clavicordio a preparar la cena. Yo la primera. Pero no diré que soy romántica.
Y pido disculpas por no poner ninguna imagen en esta entrada. Sé que si la entrada se titula "Romanticismo" y hay una imagen de Turner, la mitad de mi público se abalanzará sobre ella esperando que les guste, y no les gustará, y la otra mitad huirá espantada, pensando que hago una recopilación de las mejores películas románticas del siglo XXI. Y tengo que mantener a mis diez o quince lectores, así que café para todos.

viernes, 10 de febrero de 2012

sábado, 4 de febrero de 2012

Hombres - orquesta

Mary Poppins fue mi película favorita de la infancia. El personaje que más me gustaba era Bert (Dick Van Dyke), el tipo que se ganaba la vida haciendo cualquier actividad que le diera de comer. Me fascinaba porque sabía pintar, cantar, tocar instrumentos, deshollinar chimeneas, montar a caballo... y siempre tenía alguna aventura en mente, para ganar unos peniques y para seguir sonriendo.


Aunque ahora se me hace casi imposible ver Mary Poppins, aún conservo cierta afición por los musicales pero desde West Side Story no he vuelto a encontrar ninguno que realmente me emocione. Hoy, muchos protagonistas de comedias musicales son adolescentes que cantan, bailan y actúan sin saber hacer ninguna de las tres cosas. 
Para un actor, un musical exige una gran preparación física y mucho talento; para un director, una planificación y puesta en escena más propia del videoclip o de los espectáculos teatrales, que debe insertarse en una narración convencional; para un guionista, un quebradero de cabeza, ¿dónde introducir los números? ¿hacen avanzar la historia? y para un compositor...
Por eso, cuando se acierta en todos estos elementos, los musicales nos fascinan; cuando las canciones son ingeniosas, sonreímos; cuando los actores brillan, nos convencemos de que quizá las comedias musicales no son un género menor, de que quizá son un tipo de arte al alcance únicamente de unos pocos, aquellos que nacieron con el don del hombre-orquesta.

Aquí traigo algunas muestras de estos privilegiados.

Fred Astaire. Este fragmento es de la película Second Chorus (Al Fin Solos). Astaire interpreta a un estudiante de trompeta que, junto con su compañero (Burgess Meredith) intenta triunfar en el mundo de la música y en el amor. Pero pronto, su amigo se convertirá en su rival. El Hollywood clásico en esencia: sombrero de copa, claqué, lentejuelas... aun representando a un estudiante en apuros económicos y amorosos. El glamour.

Charlie Chaplin. Es el mendigo por excelencia, el superviviente, la felicidad agridulce y la melancolía. Es realista y, al mismo tiempo, profundamente imaginativo. Siempre trajeado, como Astaire pero mucho más humilde, sin ese resplandor hollywoodiense. La letra de esta canción no significa nada, simplemente suena a francés o italiano. Pura invención de Chaplin. La imaginación vuelve a sacarle del apuro de la realidad.

James Cagney&Bob Hope. Si el contenido de la canción de Chaplin era puramente accesorio, un juego, aquí los comentarios entre los bailarines y actores son fundamentales. Juegos de palabras, frases con doble sentido, ingenio y bromas rápidas, típicamente americanas, a las que quizá ya estamos acostumbrados y que, sin embargo, difícilmente alcanzarán el nivel de Bob Hope. Este magnífico actor y humorista presidió la ceremonia de los Oscar durante dieciocho años, aunque nunca obtuvo ninguno.

Billy Chrystal. Aunque no pertenece a la época dorada de los musicales, lo traigo aquí porque me parece un cómico espectacular. Me gustan especialmente sus presentaciones de las galas de los Oscar, porque me parece que en ellas recoge todo lo que el Hollywood clásico y la Academia representan: talento, glamour, esfuerzo, ingenio, dinero, supervivencia, rivalidad, felicidad a medias y chistes, sobre todo chistes. Y este año vuelve a presentar. Esta es la presentación del año 2000, en la que incluso lleva un bastón como el de Fred Astaire, pero os recomiendo ver todas.
No sé si esta época de los musicales y los hombres-orquesta ha pasado. Ahora, parece que The Artist quiere recuperar su espíritu. Muchos han alabado la idea, pero me da la sensación de que es algo anacrónico, un esfuerzo inútil por traer el pasado a nuestros días. Como si uno se empeñara en disfrutar de Mary Poppins como cuando tenía ocho años.