miércoles, 18 de abril de 2012

Cita

Acabo de encontrarme esta cita escrita en un papel. Es muy buena, pero no sé ni dónde ni cuándo la he leído. Si alguien puede ayudarme, se lo agradezco.

"Somos blandos, arrogantes, débiles y ambiciosos, todo al mismo tiempo. Y esta naturaleza humana que nos ha venido dada sin comerlo ni beberlo, nos acompañará hasta el fin de nuestros días. Tropezamos y caemos, caemos pero no aprendemos; y a pesar de nuestra ignorancia, intentamos enseñar a los demás. El hombre es un ser contradictorio que empuña la espada de la libertad sin darse cuenta de que es un arma de doble filo. A veces una carga, a veces el más preciado don.
Con esta libertad esencial nacemos, vivimos y morimos; con ella tomamos las decisiones que orientan nuestro existir y, aun siendo conscientes de nuestra ineptitud, creemos que llegaremos a ser algo algún día. Muchos vinieron antes, muchos vendrán después, probablemente seamos una mota de polvo arrastrada por el viento de los años. Pero nos negamos a aceptarlo, el hombre tiene necesidad de permanencia, ha de dejar una huella para el futuro, siente la obligación de estampar su firma en una obra de arte, una placa conmemorativa con su nombre, una imagen para el recuerdo. Somos seres extraños: vivimos en presente, consumimos nuestras fuerzas en disfrutar hoy y ahora; sin embargo, no podemos conformarnos con el momento actual, tenemos sed de futuro, sed de inmortalidad.
Y ansiamos el infinito, ambicionamos la inmensidad, ignorando por un segundo la limitación que nos esclaviza y a la vez nos desata. Soñamos una libertad inabarcable, desbordante, sin tener en cuenta que esta libertad ya la poseemos, que son las decisiones de hoy las que garantizan nuestra aportación al mañana, que las grandes gestas se construyeron a base de pequeños actos de libertad. Ésta no depende de revoluciones, ni de grandes teorías, ni de circunstancias ajenas a la propia naturaleza. Ondeemos la bandera de la libertad con brío porque a nosotros, seres indefensos, torpes y traidores, se nos ha concedido beber el elixir de la inmortalidad. ¿Qué haremos para merecerlo?"

Imagen de roleaniz


miércoles, 4 de abril de 2012

Un tiempo para caballos borrachos

Irán. Tras la muerte de su padre, Ayoub, de 12 años, toma el papel de cabeza de familia y lucha por cuidar de sus tres hermanos. Uno de ellos, Madi, padece una grave enfermedad que afecta a sus huesos y le hace totalmente dependiente de los cuidados de los demás. Cuando descubren que Madi está al borde de la muerte y que su única esperanza de sobrevivir es operarle en Iraq, Ayoub no duda en hacer todo lo posible por atravesar la frontera del Kurdistán.

 Un tiempo para caballos borrachos (Bahman Ghodabi) es una película dura y emotiva, que sumerge al público en las estepas nevadas del Kurdistán iraní, en la frontera con Iraq, donde los hombres trabajan duramente para transportar las cargas de un lado al otro del país. La carga, la frontera, el frío, son quizá las imágenes más poderosas que se graban en la mente del espectador.
El protagonista, Ayoub, es como uno de esos caballos que llevan sobre sus lomos un peso demasiado grande para su pequeño cuerpo. Un peso que él no ha elegido, pero que ha decidido aceptar y sacar adelante, de una forma u otra: su familia. Los lazos fraternos que unen a los cuatro hermanos son tan fuertes que, muchas veces sin palabras, con una sola mirada, con un gesto, entienden lo que deben hacer. Saben que su prioridad es siempre el más débil, quien más sufre (Madi) y que deben sacrificarlo todo y luchar por ayudarle, especialmente cuando ni el mismo Madi es capaz de luchar por sí mismo.

En este sentido, es crucial la trama secundaria de Amaneh, la hermana mayor. Amaneh decide casarse con un hombre mayor que ella a cambio de que éste se comprometa a curar a su hermano. Es una trampa. Cuando llega al poblado de su marido, recién casada, con la esperanza de que Madi sea operado, les separan y obligan al niño a volver a Irán. Nadie quiere hacerse con la carga de un enfermo y el enorme sacrificio de Amaneh, que parece inútil, hace más fuerte a su hermano Ayoub, que sufre, pero no se desespera porque sabe que su responsabilidad es demasiado grande como para renunciar. Además, en esta trama especialmente, Ghobadi describe la situación de inferioridad e injusticia en que vive la mujer iraní.

La frontera, en esta película, no es solo un elemento físico, sino también emocional: hay una frontera entre la esperanza y la renuncia. 
Es probable que Madi muera, tarde o temprano, tanto si es operado como si no. Sin embargo, en ningún momento aparece la opción de rendirse. Cruzar a Iraq es importante no solo para la vida del chico sino, también, para demostrar que es posible creer en un futuro, en el que quizá los jóvenes y los niños pueden tener un sentido de la dignidad de la vida más elevado que los adultos.  Aunque esta pueda parecer una observación demasiado optimista para una película que se presenta tan dura, no es la primera vez que Ghobadi filma la esperanza en medio de la angustia. En la película Las Tortugas También Vuelan (2004), del mismo director, con una temática parecida y con tres niños como protagonistas, aparecen dos visiones del drama iraní: el niño que se aferra a la vida y el que es sepultado por ella. La frontera es muy fina, como la del Kurdistán, hecha de alambre y nieve, peligrosa y en la que uno se encuentra a solas consigo mismo.
El viento helado obliga a los transportistas a caminar en silencio de uno en uno, el frío congela los miembros de los animales y solo el alcohol les hace reaccionar. Las grandes llanuras blancas - filmadas bajo la magnífica dirección de fotografía de Shahriar Assadi - ahogan a los caminantes, paralizan a los caballos, intimidan a los más valientes. Y un niño, solo, a quien nadie ayuda, llora de impotencia cuando su tabla de salvación (un caballo borracho) decide no seguir andando. Tira de las riendas, le golpea para que se espabile, pide auxilio a gritos. Es la imagen viva de la desesperación. En mitad de la nieve, casi invisible, como una mota de polvo en la nada, pide ser escuchado. Ayoub, Madi, Amaneh y Rojin son unos de tantos niños iraníes. Y la suya, es una de tantas historias, películas y vidas, contadas por Ghobadi desde el respeto y la admiración.