domingo, 30 de septiembre de 2012

Portland St/Chorlton St

Escribo desde una parada de autobús.
Me fascinan los autobuses urbanos. 
Me fascina recorrer la ciudad sentada observando riadas de gente que camina, que habla, que sube al autobús y baja, que mira en silencio, madres con niños, borrachos, abuelas.
Las rutas de los autobuses son los vasos sanguíneos de las ciudades. 
Las ciudades son seres vivos con una biografía, una forma de ser y un ADN. Las personas son sus genes.
Y a mí me gusta analizarlos.
En mi análisis subjetivo, superficial e impreciso, ya hay varios grupos de viajeros-genes clasificados.
Encabeza el listado el grupo de mendigos.
Pero no me refiero a cualquier mendigo de los que pueblan las estaciones de tren y las esquinas de las grandes avenidas, sino ese grupo más reducido y que puede pasar fácilmente desapercibido en Manchester: los hombres de barba larga y greñas con un brillo de genialidad en sus ojos, de esa genialidad próxima a la locura, que a veces asusta y a veces enternece.
Hoy me he encontrado con dos. 
Uno era un pasajero del autobús. Llevaba una pipa en el bolsillo derecho y un paquete de tabaco en el izquierdo. Lo sé porque ha cargado la pipa durante el trayecto hasta Southern Cemetery, donde se ha bajado. Southern Cemetery es un cementerio enorme, precioso, abarrotado de lápidas por el que paso casi todos los días. Hipnotizada como estaba, viendo las manos blancas, callosas, huesudas del mendigo barbudo aplastando el tabaco, he tenido un impulso repentino de seguirle. Pero se me ha pasado enseguida. Me lo imagino caminando entre las lápidas sosteniendo la pipa con los labios, maldiciendo a los muertos y escupiendo de vez en cuando.

El segundo barbudo del día llevaba gafas. Unas gafitas pequeñas y redondas como las de John Lennon. Igual es él, no está muerto y sigue aquí, he pensado cuando, en la parada, se ha girado hacia mí y me ha preguntado si había llegado el autobús 23. Faltaban diez minutos. "He perdido el anterior por unos pocos minutos, por dos minutos, he visto cómo se iba". Se sienta con un gesto de resignación, estirando las piernas. Lleva calcetines fucsias con rombos amarillos, deportivas blancas, un pantalón marrón de pana, un jersey polar azul y su cabeza es puro pelo blanco seco y desaliñado.

De pronto, tiene una idea. Lo noto porque me mira y sonríe un poco antes de decirme: "si me voy, seguro que aparece el autobús". Me río, porque me asombra que esa teoría sobre los autobuses sea algo universal y porque él parece creer firmemente en ella y quiere demostrarme que es verdad. "Me voy a ir y el autobús va a aparecer". Sale de la marquesina y camina unos pasos. Se gira. Aparece un autobús. El mendigo barbudo suelta un grito de emoción, me mira, se ríe, me fijo en que lleva las gafas casi en la punta de la nariz. Empieza a hacer señas al autobús. Es el número 16, pero él ni se da cuenta. Yo me río en silencio, algo cruel y algo triste. El conductor para y el mendigo le explica que esta esperando al 23, que lo siente, se ha equivocado. Vuelve al asiento de metal de la marquesina. Llega una señora elegante. El mendigo le pregunta si está esperando al 23, ella dice que sí y él vuelve a lanzar una teoría: "cuando dos personas o más esperan al mismo autobús, el autobús aparecerá". Me recuerda a la máxima evangélica, y me parto. Unos minutos después, el mendigo, impaciente y empeñado en demostrar su teoría decide salir de la marquesina y alejarse para que llegue el autobús. Se aleja, se aleja, se aleja... Y llega el 23. La señora y yo subimos. Durante el viaje busco al mendigo desde la ventana, "dónde se habrá metido. Ahora volverá a la parada y dirá que ha perdido el autobús por dos minutos... Y tratará de demostrar su teoría otra vez y otra vez volverá a perderlo." 


Algunos, científicos, amantes de los cálculos y los datos empíricos, dirán que el autobús llegaba en diez minutos y punto.
Yo digo que, igual que mi clasificación de los genes-viajeros que habitan Manchester es tan subjetiva que resulta irrefutable, nadie sabrá nunca si el autobús vino porque le tocaba o porque el mendigo se alejó lo suficiente. Digo más. Quizá la única función de ese gen sea alejarse para que los demás puedan subir al autobús y la ciudad siga viviendo.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Percepción


Un rayo de luz te taladra el párpado izquierdo. Notas cómo te arde la retina. El reloj marca las 7.30 a.m. Es sábado. En cualquier ciudad de cualquier país del Mediterráneo la reacción normal hubiera sido soltar un par de tacos, arrebujarse de nuevo y tratar de conciliar el sueño.
Pero esto es Manchester.

Te levantas de la cama de un salto. Pones la radio a todo volumen y suena Summer of 69. Imitas a Bryan Adams con una guitarra imaginaria mientras bajas la escalera en pijama. La hierba del jardín de atrás está más verde que nunca. Contemplas ensimismada las gotas de rocío en las hojas de los árboles a través del cristal de la cocina, bebiendo sorbito a sorbito un zumo de naranja. Un gato ronronea. Y piensas "ya era hora de que saliera el p. sol en esta p. ciudad".

Los dos tacos mañaneros no me los quita nadie, pero la verdad es que ha sido un día muy bonito, qué queréis que os diga. Y he aprovechado para ir a Fletcher Moss Park. Un jardín botánico enorme que está a veinte minutos de donde vivo, en Didsbury. Otro día os hablaré de Didsbury, porque en realidad esta entrada no tiene nada que ver con Manchester, ni pretendo describiros todo el jardín, ni contaros batallitas de guiri en apuros. Quiero escribir sobre el libro de Salinger, aquel del que os hablé la semana pasada.

Pero para los curiosos que se quedan con las ganas de ver el parque, dejo un breve reportaje gráfico, más currado que el anterior, conste en acta. 
Los interesados en mi pedrada sobre el libro, podéis ir directamente al texto del final.












En Raise High the Roof Beam, Carpenters. Seymour: an IntroductionSalinger dedica ochenta páginas para describir a Seymour según el punto de vista de su hermano menor, Buddy, que aún está superando el suicidio del que, según él, era un auténtico poeta. Aunque no hubiera escrito una línea de poesía.

"I said that not one God-damn person, of all the patronizing, fourth-rate critics and column writers, had ever seen him for what he really was. A poet, for God's sake. And I mean a poet. If he never wrote a line of poetry, he could still flash what he had at you with the back of his ear if he wanted to".

La primera parte del libro sigue una estructura más o menos cronológica, pero la segunda parece más un ensayo que una narración propiamente dicha. En un momento dado, Buddy cuenta la influencia que la poesía japonesa y china tuvo en su hermano Seymour. Entonces hace la siguiente reflexión:

"It's generally agreed that Chinese and Japanese poets like simple subjects best, and I'd feel more oafish than usual if I tried to refute that, but 'simple' happens to be a word I personally hate like poison, since - where I come from, anyway - it's customarily applied to the unconscionably brief, the time-saving in general, the trivial, the bald, and the abridged. My personal phobias aside, I don't really believe there is a word, in any language - thank God - to describe the Chinese or Japanese poet's choice of material."

La idea central es que la diferencia entre los poetas no está en los temas que tratan sino en su forma de percibir la realidad.
Y pensando en estas cosas en Fletcher Moss, me he acordado de los poetas metafísicos ingleses que estudié en clase de Literatura Inglesa. En concreto, de un poema de William Blake sobre un cordero, y de John Donne.
Aunque me encanta el poema del cordero, creo que este de Donne viene que ni pintado para ilustrar la teoría de la percepción.

Comparad lo que piensa el común de los mortales con lo que pensaba John Donne mientras el rayo de sol le taladraba el párpado. En inglés.


LA SALIDA DEL SOL
Viejo necio afanoso, ingobernable sol,
      ¿por qué de esta manera,
      a través de ventanas y visillos, nos llamas?
      ¿Acaso han de seguir tu paso los amantes?
      Ve, lumbrera insolente, y reprende más bien
     a tardos colegiales y huraños aprendices,
      anuncia al cortesano que el rey saldrá de caza,
      ordena a las hormigas que guarden la cosecha;
      Amor, que nunca cambia, no sabe de estaciones,
      de horas, días o meses, los harapos del tiempo.

¿Por qué tus rayos juzgas
      tan fuertes y esplendentes?
      Yo podría eclipsarlos de un solo parpadeo,
      que más no puedo estarme sin mirarla. 
      Si sus ojos aún no te han cegado,
      fíjate bien y dime, mañana a tu regreso,
      si las Indias del oro y las especias
      prosiguen en su sitio, o aquí conmigo yacen.
      Pregunta por los reyes a los que ayer veías
      y sabrás que aquí yacen Todos, en este lecho.

Ella es todos los reinos y yo, todos los príncipes,
      y fuera de nosotros nada existe;
      nos imitan los príncipes. Comparado con esto,
      todo honor es remedo, toda riqueza, alquimia.
      Tú eres, sol, la mitad de feliz que nosotros,
      luego que a tal extremo se ha contraído el mundo.
      Tu edad pide reposo, y pues que tu deber
     es calentar el mundo, con calentarnos baste.
      Brilla para nosotros, que en todo habrás de estar,
      este lecho tu centro, tu órbita estas paredes. 
John Donne

sábado, 15 de septiembre de 2012

The pathetic week

No sé si te ha pasado alguna vez, pero a mí, cientos. Cuando una amiga te presenta a su novio, más feo el pobre que pegar a un padre, y luego te pregunta, coqueta, arrugando la nariz y encogiendo un poco los hombros, con una sonrisa de complicidad: ¿qué, qué te ha parecido? y señala con la cabeza al engendro en cuestión que, gracias al cielo, ha desaparecido de tu vista hace escasos segundos. En ese momento, te acuerdas de aquel diccionario de sinónimos y antónimos de SM que te mandaron comprar en el colegio y nunca utilizaste. Y lo único que puedes hacer es poner cara de poker, asentir con la cabeza y decir "oye, parece un chico muy interesante..." 
Pues con Manchester pasa lo mismo.

Pero en este caso es verdad.

La ciudad tiene aproximadamente 500.000 habitantes y es conocida porque fue un importante foco industrial en el siglo XIX (especialmente en el sector textil), por su aportación a la música (Joy Division, The Smiths, Oasis) y por su tradición deportiva (Manchester City y Manchester United). Nada de esto hace de ella una ciudad "de postal", pero sí atractiva. 

Lo que pasa es que, como suele suceder con la belleza escondida de las ciudades, no se aprecia hasta que uno está dentro, ha pateado sus calles, ha visto el cielo gris y el cielo azul y se ha sentado dos veces en el mismo banco. Aún me queda mucho por ver, pero os traigo aquí unas refelxiones - imágenes - apreciaciones que he recopilado durante lo que llamo "the pathetic week". 

"The pathetic week" está compuesta por siete días en los que te sientes totalmente patética. Parece que en cualquier momento vas a meter la pata. Incluso las cosas sencillas que en tu ciudad harías sin problema, como esperar al autobús o estornudar, se convierten en situaciones embarazosas debido a la inseguridad. Para combatir los efectos nocivos que este estado puede tener en mi futura adaptación en el entorno mancuniano he recurrido a dos armas muy útiles: el libro y la cámara de fotos.

¿Por qué un libro? Porque, si efectivamente te has equivocado, tienes un sitio en el que refugiarte inmediatamente mientras te arden las orejas. Y si no ha pasado nada, pero no paras de darle vueltas a qué podría haber pasado o no dejas de preguntarte histéricamente cuándo carajos te aprenderás el camino de vuelta a casa... siempre puedes mandarlo todo a la porra y ponerte a leer. El libro que he escogido para esta ocasión es Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An Introduction, de Salinger. Muy útil para enviar cualquier cosa a freír espárragos sin casi darte cuenta - la lluvia, el acento mancuniano, los pisos de alquiler y el intento frustrado de café inglés.

¿Y por qué la cámara? Porque la cámara... ¡oh, la cámara, my dearest friends! tiene ese poder mágico de transformar lo que te rodea en un decorado. Seleccionas, encuadras, te pones a la altura. Y todo parece distinto. Además, tiene otro efecto muy práctico durante "the pathetic week", y es que la gente piensa que eres un turista, te dejan un poco en paz y disculpan tu lentitud mental.

Mi teoría es que esta situación patética inicial no debería durar más de una semana, y pasado ese período es recomendable ir desprendiéndose de las armas para sumergirse en la ciudad cuerpo a cuerpo, en una lucha descarnada. Veremos.

De momento, os dejo algunas (no muy buenas, I know) fotografías de Chorlton, el barrio donde vivo, y que me ha ayudado a romper mis prejuicios de Manchester como ciudad deprimente, llena de hooligans y cantantes dogradictos con tendencias suicidas. Todo eso está latente en Manchester pero creo que es una visión reduccionista. Aquí los árboles crecen entre cenizas. El cielo se oscurece de repente y un rayo de sol atraviesa la lluvia también de repente. Como si la vida y la muerte habitaran juntas. Sí, es esa sensación de "love will tear us apart", que ya cantó el amigo Curtis. Curtis. Un chico... interesante. Miradle si no me creéis.

Mi calle. El lunes me mudo, pero sigo en Chorlton.
Hacer café en una bicicleta. ¿Alguien dijo cool?
Los sábados por la mañana suele haber "fairs" (mercadillos)
Grocery con productos naturales.
Ser vegetariano está a la orden del día.
No tienen morcilla de Burgos. Ja.
Productos indios en el mercadillo
En la biblioteca pública los niños han hecho una actividad sobre Hockney.
Los 70 y 80 viven en Manchester 
Productos navarros en mitad de Chorlton.
Tan a gustico, pues.