domingo, 28 de octubre de 2012

Where you want to be

"We all want progress. But progress means getting nearer to the place where you want to be".
Todos queremos progresar. Pero progesar significa acercarse más al lugar donde quieres estar.

Esto dice C.S.Lewis sobre el progreso en una de sus charlas emitidas en la BBC y recogidas en el libro Broadcast Talks que he tenido la oportunidad de leer recientemente.

Llevaba tiempo preocupada por el tema del progreso. Bueno, por la crisis. Pensando hacia dónde vamos y cómo, si por la izquierda o por la derecha, y qué nos cargaremos en el camino, si la educación o la sanidad o la fe o la creatividad, o si acabaremos con la avaricia y el consumismo, o si que unos ganen implicará siempre que otros pierdan. La verdad es que, metida en el tema, leyendo artículos, tratando de dibujar un mapa mental de cómo hemos llegado hasta aquí, qué caminos son los adecuados para seguir y cuáles no... se me había olvidado pensar en lo que dice Lewis. En "where you want to be". 

No sé lo que quiere ser España, no sé lo que quiere ser Europa (que sí, que en Manchester también hay crisis, por mucho que los españoles emigren a Inglaterra pensando que es El Dorado). Nunca he creído que queramos ser América. El capitalismo. Y tampoco que queramos ser Rusia. El comunismo. Los dos nos horrorizan, los extremos nos espantan. Hemos creado una mezcla, una utopía propia: el estado de bienestar, que todavía no lo entiendo muy bien y hay cosas que no acaban de encajar, así que me mantengo en mi postura escéptica hasta que se demuestre lo contrario.

Pero no quería hablar de la crisis ni de nada parecido a la política sino de la industrialización, del paisaje urbano, de L.S. Lowry y de Vallete
El caso es que cuando voy al Museo de la Ciencia y la Industria de Manchester me doy cuenta de que todos los inventores de finales del XVIII creyeron que la máquina de vapor era el auténtico progreso, y las máquinas textiles, y luego los ordenadores, y las nanopartículas... Después, en la galería de The Lowry contemplo los cuadros de mediados del siglo XX de este artista: masas de gente en las calles yendo y viniendo de trabajar, con gesto cansado, encorvados por las deudas a las que tienen que hacer frente, solos, peleándose con la vida y con el frío... Y luego miro las postales que compré de los cuadros de Vallete, anteriores a Lowry, que aún conservan algo de la esperanza y el romanticismo del siglo anterior pero que anuncian la tristeza y angustia que traería después... Siento que todo lo que se transmite en estas imágenes y personajes del pasado podría aplicarse tanto a una ciudad en una era post-comunista como post-capitalista como post-estadodebienestar o post-moderna, porque creo que aún no hemos superado la industrialización.
Desde que nació la locomotora, hace dos siglos, seguimos creyendo en el progreso, en el avance, en el perfeccionamiento por el simple afán de tener más, de estar mejor, de llegar antes, lo último de lo último. Aunque nos acabe hundiendo. Corríamos, nos hemos parado, y no sabemos por dónde seguir. Creíamos en el progreso, pero nos quedamos con el "getting nearer" y olvidamos el "where you want to be".
Si me preguntáis que dónde quiero estar, os diré: ahora mismo, hoy, aquí mismo, parada, apoyada en una esquina, pintando un cuadro y observando el paisaje de la ciudad y el paisaje del mundo, pensando que las máquinas, el humo, las chimeneas, las farolas, las bicicletas y los trenes son artefactos hechos por el hombre y poseen la belleza del constructo humano, reflejan la realidad y el sentimiento del hombre en la era post-industrial; en un entorno en el que la presencia humana es el único resto que queda de naturaleza.
El progreso no deja de ser terriblemente humano.

















Después de publicar esta entrada he leído un texto de Benedicto XVI en el que habla de los hombres sin fe y sin esperanza como "mendigos del sentido de la existencia". Mirad el cuadro de aquí arriba, el del circo, y decidme si hay una descripción mejor para los personajes que aparecen. Mendigos del sentido de la existencia. Mendigos - genes de barbas largas y blancas de las ciudades que viven y crecen y no saben adónde van.

sábado, 13 de octubre de 2012

Niños

En Manchester todos los edificios son de ladrillo rojo.

Hay muchas personas que odian la rutina porque creen que mata el alma y la creatividad. Puede ser. Pero también puede tener el efecto contrario. Hay cosas que se disfrutan más cuando se las mira de cerca, varias veces, en distintos momentos del día, o del año, o de la vida.
Por ejemplo, la palabra libélula. Es una palabra bonita. Y el animal es bonito también, creo. Sin embargo, si uno repite esta palabra varias veces, la descompone y descontextualiza (libélula, libélula, li be lu la, libe lula, li belu la) puede llegar a percibir otras connotaciones que en un primer momento no aparecerían. Por ejemplo, ahora me doy cuenta de que libélula suena a árabe; desconozco la etimología de esta palabra, pero pienso que podría perfectamente designar cualquier otra cosa - una especie de banqueta, quizá, o una prenda de ropa. Incluso un nombre de persona. Libélula Amenábar. O, mejor aún, igual no significa nada. Como si fuera una palabra-souvenir. Algo que uno tiene en algún sitio de la casa por si le apetece mirarlo de vez en cuando. De vez en cuando podríamos decir "libélula" sin venir a cuento, solo porque nos apetece.
Es fácil disfrutar de lo excepcional, pero también hay belleza en las cosas rutinarias, y las redescubrimos cuando nos detenemos para observarlas. Los fenómenos naturales inmediatos (los parpadeos, las lágrimas, los bostezos) o las interactuaciones entre dos objetos engrosarían la lista (los imanes del frigorífico, los grifos y el agua, el velcro que se pega y despega).
También los días. Hay días que por sí solos podrían no ser especiales, pero si uno los saca del "montón", los escudriña y analiza, pueden volverse únicos. Esto entra dentro de la teoría del redescubrimiento. Re-des-cubrir. Suele pasarnos con aquello que supimos en algún momento, probablemente en la infancia, que quedó cubierto por el tiempo y que ahora necesitamos recordar.
El cumpleaños.
Supongo que al cumplir un año, alguien pensaría "¿por qué todo el mundo se ha vuelto loco de repente y me regala todo esto? Igual soy especial" y seguro que llegaría a conclusiones apasionantes sobre la naturaleza humana. Pero es imposible acordarse. Luego, con el paso del tiempo, te vas acostumbrando. Te acostumbras a tener un día excepcional. Hasta que un seis de octubre, por ejemplo, te paras y repites varias veces: hoy es mi cumpleaños. Hoy. Mi. Cumpleaños. Hoy es mi... cumple. Y cuando llegas a la conclusión "cumple" es inevitable emocionarse un poco.
Porque cumple suena a infancia. Y de alguna forma re-descubres aquello que pensaste con un año.
Entonces, se te permite ser niño de nuevo. Es el día de asueto de los adultos. 
Redescubres la tarta de chocolate, provocas una extraña sensación en la gente, que les lleva a cantar en tu cara y dar palmadas al compás, algunos se sorprenden al verte y recuerdan que hoy. es. tu. cumpleaños. De alguna forma, te redescubren también. Y tú a ellos. 
Es un día al año en el que uno puede pararse, darse cuenta de que, efectivamente, es el centro del universo, reclamar la atención de la gente y no ser egoísta al hacerlo porque, simplemente, está redescubriendo que es un niño.
Aunque suene a tópico, creo que por eso los artistas tienen la capacidad de comprender de forma distinta la realidad en la que viven, y llegar a conclusiones que se les escapan a los adultos. Lo dijo ya Saint-Exupéry. Para mí, esta intuición quedó demostrada en Bristol, la ciudad donde celebré mi redescubrimiento y donde se permite que los niños pinten en las paredes.









Por eso, cuando alguien dice "ladrillo rojo, ¡qué horror!" suelo pensar "bueno, depende de quién lo mire". Pero no digo nada y sigo comiendo mi tarta de chocolate.