domingo, 23 de diciembre de 2012

Feliz Navidad

Que le dibuje un cordero. Ahora que se me ha roto el avión y no sé qué va a ser de mí, que estoy perdido en mitad del desierto. Quiere que me ponga a dibujar, como si no tuviera otra cosa que hacer. 

Que le dibuje un cordero, dice. No sabe que abandoné mi carrera de dibujante hace años. Mi boa parecía un sombrero. Pero él no lo sabe. Y no sé cómo explicarle que no vale la pena, y que deje de mirarme esperando que haga algo. Porque yo no hago nada. Como mucho, soy piloto. ¡Piloto! Ahora, además, un piloto sin avión.

Ahora me pide otro. Encima de que le dedico tiempo, que cojo un lápiz después de años sin dibujar, no le gusta mi cordero. ¿Qué le debo yo a este niño raro, exigente, caprichoso? ¿Me va a ayudar a llegar a mi destino? ¿Va a conseguir una pieza para mi avioneta? No creo. Nunca se sabe. Por si acaso le dibujaré otro para que se calle y me deje en paz. 

¡Otro cordero! ¡Nada le parece bien! Vale. Igual es cierto. Igual este cordero no era tan bueno, parecía más un carnero. La verdad es que ni siquiera estoy pensando en el cordero. Tengo demasiadas cosas en la cabeza para pensar en corderos. Nunca me han interesado. Me gustan las serpientes. Pero ya que me lo pide, ya que no tengo otra cosa que hacer, voy a sentarme y dibujarle otro. ¿Quién sabe? Puede que me salga bien esta vez.

Otro fuera. Se me está acabando la libreta. Y la paciencia. Tengo otras cosas en las que pensar. Dice que es viejo, que no va a durar mucho... Pues si quiere un cordero, si de verdad necesita tener un cordero, que lo piense él, que lo dibuje él. Que no me lo cargue a mi. Ya le he dicho que no sé dibujar. Y sigue empeñándose. Pues... pues... que se lo invente. Me lo inventaré yo por él. Será un cordero como él quiera, o como yo quiera, o como lo quiera cualquiera que vea el dibujo.
- En esta caja está tu cordero.

El principito convirtió al piloto en artista. 
El piloto se convirtió en artista obedeciendo.
Nadie pidió explicaciones.
Porque el misterio era demasiado grande.

(una felicitación de alguien que, de verdad, no sabe dibujar)

sábado, 15 de diciembre de 2012

El zoom en la herida

Entrada dedicada a Rocío

Hacía tiempo que estaba pensando en escribir un post sobre el sufrimiento. Más concretamente, sobre la representación del sufrimiento. 

En junio vi la película El Árbol de la Vida. Hace poco, leí La Naranja Mecánica, que me hizo reflexionar sobre la violencia. Llegué a la conclusión - bastante obvia, por otra parte, pero voy poco a poco - de que la violencia y el sufrimiento se relacionan pero son dos conceptos distintos. Luego, me enzarcé en una pequeña discusión sobre algo que compartió un amigo de la carrera en su muro de Facebook. Era una entrevista al hermano de una de las chicas que murió en el Madrid Arena. Ahora, Newtown.

Así que tengo mil ideas en la cabeza, entre realidad, ficción y periodismo - que, lo queramos o no, es una mezcla de las dos. Porque coge la realidad y te la vuelve a contar. Y cuando uno cuenta algo, re-presenta, vuelve a hacerlo presente, pero no es la realidad misma.  

Parece que quien mejor informa es quien tiene el primer plano, el zoom en la herida. Si cada plano que se filma, cada foto que se toma, cada línea que se escribe fuera ponderada como una cuestión moral, creo que tendríamos una cultura (visual, intelectual) que de verdad nos ayudaría a vivir. Al menos, a quien hace la foto, escribe la frase o graba la imagen. Y eso ya sería un paso.

Se nos olvida - se les olvida - que el sufrimiento es un misterio y que entender las reacciones ajenas ante un mismo suceso, es el proceso de catarsis más difícil que existe ("yo no hubiera hecho eso", "no hay que ponerse así", "si yo fuera él...") Toda representación debería ser consciente de ese misterio. Así en lugar de lanzarse sobre él para rajarlo, destriparlo, empaquetarlo y etiquetarlo para que no dé miedo, para que no parezca incontrolable, nos iríamos aproximando a él poco a poco, intentando entender y buscando la mejor forma de acercarse a los sentimientos del otro. No a nuestra visión de como "debería" sentir el otro.

El mejor periodista no es siempre el que corre hacia la noticia, pisando todo lo que encuentra en el camino. A veces es el que calla, observa y, donde otros ven una carrera de obstáculos, él ve pistas que ir siguiendo. Quien más sufre no es siempre quien más grita.


En 2010 estuve en el nuevo edificio del New York Times. En una pared enorme tenían varias fotografías del 11-S. Muchas correspondían al "imaginario colectivo" que ya todos tenemos en la cabeza de aquel día: humo, gente gritando, muy pocas heridas (sobre todo comparadas con las que solemos ver de los atentados en Oriente Medio) pero muchas camillas, edificios, banderas, bomberos. Cuando, en el NYT, volví a ver aquellas imágenes que tanto me impactaron en el día del atentado, no me causaron tanto efecto como otra bien distinta: era una imagen de un policía (un alto cargo) durante el funeral o recuerdo de las víctimas. Impoluto, con su traje oficial, haciendo el saludo militar, con un guante blanco y los ojos cargados de lágrimas. No lloraba. Pero el sentimiento de tristeza e impotencia, de rabia contenida y desesperación, era evidente. Comprensible. Contagioso. De pronto, años después, una fotografía tomada días después del atentado hizo que entendiera por qué Estados Unidos necesitaba vengarse de aquel ataque. 

Cuando se nos informó del 11-S no se nos transmitió la imagen de un policía incapaz de garantizar la seguridad de los ciudadanos, fracasado, humillado. Se nos transmitió una imagen estereotipada de lo que todos entendemos asociamos a "atentado". Por eso nadie jamás entendió que los americanos apoyaran la guerra. 

No digo que esté a favor de lo que pasó (lejos de mí apoyar cualquier política internacional de Bush, ¡lejos!)
Digo que no se nos hizo conscientes de lo que sentía el pueblo americano en ese momento. El sufrimiento de cada persona, de cada estado, de cada sociedad, de cada momento, es distinto. Los medios no supieron comunicar ese matiz. El matiz del día después. Que parecía indiferente, que se daba por hecho, pero que explica el apoyo a una guerra y la venganza. 
Cuando se nos habla de las guerras (sobre todo de las que caen en la otra punta del mundo), de las tragedias (como Fukushima) se nos habla de política o, como mucho, se acumula un testimonio tras otro, creando sentimientos de cartón piedra en el espectador / lector. Narrar el dolor compromete al periodista, le involucra. Y uno no puede involucrarse. No puede sentir. No vaya a ser que el misterio sea demasiado grande. No vaya a ser que no pueda entenderlo. No vaya a ser que tenga que escribir algo desde dentro, con su propia sangre. El periodismo está perdiendo entrañas.

Sé que es una tarea difícil, por eso admiro a quien se la carga sobre la espalda, y admiro doblemente a quien se esfuerza por hacerlo honradamente. Es una tarea para valientes que no hacen un zoom sobre la herida, sino que caminan y se paran ante ella para observarla cara a cara.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Interpretación

No sé a quién escuché o dónde leí o cuándo pensé que "toda traducción es una interpretación". Sería Umberto Eco algún día a las 10 de la mañana. 
El caso es que la dichosa frasecita no para de aparecer en mi cabeza cada vez que escribo, hablo o pienso en inglés; como un mantra cosido a las palabras. Porque veo - lo veo, lo veo - la pérdida o el enriquecimiento de significado en las expresiones y adjetivos. Y me pregunto si hay interpretaciones más acertadas que otras. Porque, por mucho que Google Translate se empeñe, no es lo mismo decir 'creepy' que escalofriante. Será la estética, será el uso social de la palabra, será que lo que sea, pero no es lo mismo. 

Esta semana estuve en la exposición-homenaje de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange - novela), que ha cumplido cincuenta años. Porque, sí señores, Anthony Burgess nació en Manchester. Así que no podía no ir.

Me leí el libro y fui a la exposición. El libro me gustó mucho, mucho. Burgess se inventa palabras. Se inventa palabras porque quiere expresar cosas, quiere caracterizar a un personaje, y las que hay en el diccionario no le bastan. Así que se va al ruso. Al ruso urbano, slang.Y del ruso las traduce - no al inglés, sino a su personaje. Y se entiende. ¡Se entiende! Es legible y emocionante. Os prometo que leer 'devotchkas with long hair and high collars' hace que te imagines a un tipo llamándote devotchka, con algo de desprecio y algo de admiración y algo de miedo adolescente; y leer 'the door went squeeeeeeeeeeak and then...' te hace escuchar el crujido de la puerta como si estuviera abriéndose en tu habitación y fueran a entrar unos chavales con máscaras. Y cuando acabas el libro solo piensas que el libro es real horrorshow y que te va a estallar la gulliverO brother.

Para rizar más el rizo, resulta que del libro que escribió Burgess con sus palabras interpretadas del ruso, Kubrick hizo una adaptación. Es decir, la interpretó de nuevo. Y llegaron los problemas.

El mismo Burgess lo dice: 'to tolchock a chelloveck in the kishkas does not sound as bad as booting a man in the guts' (tolchock a un chevolleck en los kishkas no suena tan mal como patear a un tipo en los intestinos). Lo que pasa es que en la película de Kubrick no se ve el tolchock sino las patadas. Unas patadas preciosas, vale. 
Si se ha seguido el razonamiento hasta aquí, estaríamos de acuerdo en que la película es una interpretación de la novela.
Pero los problemas siguen.
Porque no creo que la película de Kubrick ni siquiera sea una adaptación de la novela, ya que en la edición americana no se incluye el final original de la inglesa. Da la sensación de que solo se la leyó una vez y arrancó el argumento de su forma original. Separó forma y fondo y creó un monstruo. ¡Ah-migos! Burgess es punk contando una historia futurista y Kubrick es electropop contando una historia punk. Como si expatriaran a Holden Caulfield de Nueva York y lo metieran en la nave de Odisea en el Espacio.
El protagonista de la novela es una interpretación de un adolescente de la realidad. El protagonista de la película es una interpretación del adolescente de la novela. Y la artificiosidad es evidente. Incluso ridícula.

Por eso - y sé que hay quienes me odiarán por decirlo - creo que el libro, con sus elipsis, con su Alex como un chaval lleno de rabia y no un frío calculador, con sus palabras con significado más allá de la estética, es mejor que la película. Mejor en sí mismo que la película en sí misma.
Ahora pienso que quizá la palabra no sea mejor. Más acertada. Más cercana a la realidad. Más verdadera... Accurate. Preciso exacto fiel correcto certero.
Digamos que el libro tiene lo que se pierde de tolchock
a booting
a patear.
Jolín con las traducciones.

domingo, 2 de diciembre de 2012

JUNK JUNCTION

Estaba hambrienta y el único sitio de comidas que había visto abierto esa noche era aquel antro, Junk Junction, escrito en letras blancas sobre la bandera de Jamaica. ¿Aquí? Aquí.
Luz fluorescente que parpadea.
Reggae.
Unas cazuelas enormes, cilíndricas, del tamaño de un niño de siete años, en el fondo del local. La cocinera negra, tarareando la canción, remueve algo en el fuego y se acerca a la barra, que parte la estancia por la mitad. Coge un envoltorio de corcho de la montaña del "take away" y pone la carne, el arroz, las alubias. Luego la salsa. Luego, la otra negra, con gafas y un gorro con orejeras envuelve el paquete con plástico. Una vuelta, otra vuelta, la salsa marronácea gotea un poco, otra vuelta. Y corta el plástico con las uñas.  Unas uñas oscuras y afiladas.  
Pegada a la ventana del local, una mesa larga con un taburete alto. No es el típico sitio en el que uno quiere quedarse a comer. Es feo y no hay nada. Solo las cazuelas, las negras, los corchos y la mesa. Y la radio. 
"¿Denisse, love, quieres que te ponga la salsa en la carne o te la llevas...?"
"No, no, me la llevo, envuélvemela"
Saca un vaso de cartón, de los del café y ahí cae la salsa verde oscura, que salpica un poco fuera del vaso. Lo tapa y la otra negra lo envuelve en el plástico. Una vuelta, dos, tres.
Mientras Denisse, que lleva una lista escrita en un trozo de papel marrón - probablemente una bolsa, o el envoltorio de algo - habla con ellas. Denisse es negra también y tiene más ojos que cara. Unos ojos muy grandes, redondos, negros.
He visto esos ojos. He olido esa salsa. He sentido esa luz fluorescente.
Nueva York. El Harlem. Años 80. Acabo de perderme en el tiempo y el espacio.
"Perdona, ¿has pedido ya?"
"Ah, eh... no. Lo siento"
"¿Qué quieres?"
"... Mire, no tengo ni idea de qué pedir y la verdad es que me da igual"
La negra del gorro con orejeras me mira y sonríe, con cariño, con algo de compasión. "Pobre blanca que no entiende de qué va el mundo" y yo sonrío un poco también "sí, esa soy yo, qué le vamos a hacer".
Decide que hoy voy a cenar cabra al curry.
A mí me da igual. Como si es rabo de mono. 
Hay lugares, hay personas, que cuando se encuentran, dejan de ser lugares y personas.
Junk Junction no es Manchester ni un sitio de comida jamaicana ni una señora negra que canta reggae.
Es una experiencia universal.
Es exodus.