martes, 24 de diciembre de 2013

Feliz Navidad

Nada hay más rutinario que la Navidad.
Nochebuena siempre es el mismo día.
En Nochevieja siempre suenan las campanadas.
Año Nuevo siempre nos pilla desayunando a la hora de comer.
Quizá este año cambie el turrón, o haya un regalo inesperado.
Pero sabemos a lo que vamos.
Nos esperan las visitas, las llamadas, las postales de compromiso.
Comprar los regalos a última hora.
La discusión sobre si se deberían pelar las uvas.
Las partidas de cartas que duran horas.
Veinticinco de diciembre, fun, fun, fun. 
Beben y vuelven a beber.
Decir próspero. 

La única diferencia entre la rutina del día a día y la navideña es que la segunda se llama tradición.
Pese a lo que digan los anunciantes, la Navidad no tiene ninguna sorpresa.
Somos tan aficionados a lo nuevo, que la Navidad - inmóvil, puntual, esperando - nos sosiega.
Es una rutina sin tedio. Los compromisos son la forma de volver a hablar con los amigos de toda la vida, son excusas para resumir tu año en una conversación de café. En los viajes de vuelta a casa, proyectamos todo eso que sabemos que va a pasar, no como un destino inevitable sino como una promesa que se va a cumplir. En Navidad volvemos a la familia, las raíces, el origen, y encontramos paz.

Por eso, os deseo una Navidad sin sorpresas, sin grandes expectativas, sin ruido. Os deseo una Navidad en la que pase todo eso que siempre pasa. Incluidos los kilos de más. 
Hay que coger provisiones para el año que empieza.


domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato

1.
Al despertar solo hay pájaros. Aún no ha amanecido y el pueblo abandonado, de calles mudas, sigue dormido. Abro las ventanas y salgo al balcón. Me siento en aquella silla en aquella esquina. Con la bata vieja raída que ya no abriga, miro al árbol solitario. La encina aislada en mitad del monte, rodeada de vacío. Por qué no creció a su alrededor ninguna planta. El árbol calla. Por qué esa distancia, esa ausencia. Se aleja un poco. Quizá no lo sabía. Quizá fui yo quien, con preguntas impertinentes, se lo dijo. Que era árbol y estaba solo.

2.
A media tarde las señoras se reúnen en la plaza. No hablan, cotorrean. Es el único sonido, en verano, junto al zumbido de las moscas. Rompen las señoras el largo silencio de otoño, primavera, invierno, de los pueblos abandonados. Hablan del pasado. Cuentan sus recuerdos en voz alta. No se escuchan unas a otras, se oyen solo a sí mismas diciendo cosas que ya saben. Como si repetir palabras resucitara el tiempo pretérito. Son las voces de las mujeres en verano como el rumor del agua de las fuentes, que fluye y no vuelve.

3.
Juegan los niños. Inocentes, curiosos. Les atraen los escondrijos, los huecos oscuros donde refugiarse y no ser encontrados. Los niños del pueblo descubren casetas de pastores, agujeros, madrigueras de conejos. Allí cuentan leyendas pero callan cuando pasan junto al cementerio. Tan enterrados, tan misteriosos y tan profundos son los corazones de los niños de los pueblos.

4.
En la noche, el árbol solitario arde. Junto a la hoguera, asan patatas y se tapan con mantas. Las dulces llamas naranjas abrazan los sueños de los que duermen. Las brasas encienden la mirada de los que aman. Y el árbol solitario se consume, como los días, como los niños, como los pueblos. Sin entender qué es el tiempo ni qué el recuerdo.


martes, 12 de noviembre de 2013

Contra el silencio

Esta semana nos estamos levantando cada día con las noticias de desesperación que nos llegan desde Filipinas. Se sabe que al menos hay 10.000 fallecidos y el presidente ha decretado el estado de calamidad; es decir, las ayudas no son suficientes.

No quiero añadir más tragedia a la tragedia. No quiero cambiar el foco de la noticia, que es la urgentísima necesidad de ayudas

Solo me llama la atención la poca repercusión que está habiendo en las redes sociales e incluso en las conversaciones del día a día. Es decir, qué poco nos preocupa.

Fijémonos en un dato: como consecuencia del impacto del huracán Katrina murieron 1.833 personas. Sin embargo, el "ruido mediático" fue muchísimo mayor que en este caso, en el que esta cifra se ha multiplicado por diez.

Se puede alegar que sobre Filipinas conocemos muy poco, se puede argumentar que es culpa de los políticos que no prestan atención a los países en vías de desarrollo, se puede buscar cualquier vuelta y excusa. Y todo lo que digamos será verdad. Pero con la facilidad de acceso a la información que tenemos hoy, solo se me ocurre una razón para este silencio: no nos preocupa. 

Preocuparse, en el mejor de los casos, es hacer una donación económica o de tiempo. Pero a veces significa simplemente informarse. Dedicar un rato a leer, de verdad, el periódico. Escribir una entrada de facebook sobre un tema sobre el que ninguno de tus contactos esté hablando. Tomar un café con un amigo y contarle lo que has leído, lo que has visto, lo que piensas y qué soluciones se te ocurren.
- ¿Cómo? ¿Hay que vivir siempre preocupado?
- Sí. Preocupado, que no angustiado. Preocupado, que se parece mucho a preparado.

Esto no cambiará el mundo. Pero al menos estarás en la línea de salida, agachado y a punto de salir corriendo, por si de pronto surge la oportunidad. La oportunidad de cambiar el mundo, me refiero.



Desde la ONG Zabalketa pensaron soluciones y ahora trabajan para que Filipinas salga adelante.
Después de aquel mes grabando sus proyectos yo decidí preocuparme por preocuparme.
Quizá algún día tenga soluciones y pueda también trabajar en ellas.
De momento, solo puedo gritar: informémonos, pensemos.
Y a quien su conciencia le pida actuar, que actúe.

Actualización: El Filipino que nos advirtió hace un año

domingo, 27 de octubre de 2013

Sagrada Familia

Algunas notas y algunas fotografías en la Sagrada Familia

Arte, naturaleza y espíritu.
Armonía en lo múltiple.
La densidad del mundo, la ligereza de la fe.
Un templo abierto; la luz ilumina las sombras del interior.
Fantasía y sobriedad.

Gaudí recoge en su obra la riqueza de los matices, plasma la dualidad del corazón del hombre.
Esculpe, imagina con detalle cada piedra, cada forma.
Por pequeña que sea.
Como si cada uno fuera todo.
Al crear seres únicos, surge una obra única.
Una obra que limita la nada,
una obra donde habita el todo.

































miércoles, 2 de octubre de 2013

Jean Vigo

Jean Vigo - Taris, ou la natation (1931)

Cuando la cámara graba la magia y la inocencia nos hacemos más ligeros.
La luz proyecta sombras que no dan miedo.
Aunque la realidad siga pesando, podemos jugar con ella.
Como niños debajo del agua.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Distinguir

Aprendiendo a distinguir.

1. Leo:
"Si una persona enjuicia favorablemente determinada obra de arte porque encierra edificación moral o porque "defiende una causa justa", está confundiendo la moral con la estética."  

2. Pienso:
Si una persona enjuicia favorablemente determinada obra de arte porque la considera estéticamente valiosa, ¿está confundiendo la moral con la estética?

3. Opino:
Hoy parece imposible hacer un juicio estético sin que alguien salte "es cuestión de gusto" o un juicio moral sin que alguien reivindique "cada uno hace lo que quiere". Sin embargo, la realidad sigue estando ahí. Por una parte, no todos los juicios son válidos; y por otra parte, no se pueden jerarquizar los saberes, como si la estética fuera "superior" a la ética, o a la inversa.

4. Termino.
El cuadro me mira.

No termino.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Gadamer

YO: ¡Hombre, Gadamer! Dialoguemos, dialoguemos, ¿qué te preocupa?

GADAMER: un diálogo es algo en lo que uno entra, en lo que uno se implica, algo de lo que no sabe de antemano que "saldrá" y algo que tampoco se corta sin violencia, puesto que siempre queda algo por decir.

YO: ajá. Entonces, el arte... y la vida, ¿no son también diálogo?

GADAMER: en cierto sentido... eso es lo que trato de demostrar. Es el fundamento de mi filosofía, el giro de la hermenéutica, la clave de todo, el sentido de la vida, estoy a punto de definirlo en una frase. 
Vaya, qué tarde se me ha hecho, me tengo que ir.

YO: ....
.......

GADAMER (desde arriba): je je. Vaya marrón os he dejado.

YO: (levantando el puño al cielo) Cagüen... Los filósofos sois todos iguales.






Dedicado a Isa M.

sábado, 31 de agosto de 2013

Ciencia Ficción

La ciencia ficción no es para mí. Sus personajes siempre me han parecido estereotipados (científicos locos, criaturas monstruosas pero con buen corazón); sus tramas, que ni me fascinan ni me parecen verosímiles, en el peor de los casos acaban siendo incoherentes y rompen sus propias reglas; las "grandes ideas" detrás de los relatos (los límites de la experimentación, el fin y los medios, las leyes de la razón frente a los sentimientos), se me hacen superficiales y las dudas éticas que se plantean son "de cajón". ¿Prejuicios? Escepticismo, más bien. "Desde Frankenstein, está todo inventado", decía mi pequeño pedante interior. 

Ahora que estoy viendo Fringe - con el objetivo, entre otros, de romper mis propios esquemas y adentrarme aunque sea solo un poco en el género -, sigo manteniendo las distancias y está claro que la ciencia ficción nunca llegará a cautivarme. Pero también he bajado la guardia, he intentado ver la serie como si fuera la primera vez que oigo la historia y, sin mucho esfuerzo, he conseguido encariñarme con los personajes y entrar en el juego de las tramas que se complican y se retuercen, con mutantes y teorías de la conspiración de por medio.   


Pero no estoy aquí para analizar la serie que, además, no he terminado. Para eso, ya están los expertos. En realidad, el capítulo que más me ha impactado y que, espero, sea el que encarrile el resto de la serie es el 2x15: "Jacksonville". No os lo voy a destrozar demasiado, solo un poco. 

En este episodio, Olivia, la agente del FBI que está investigando casos extremos al límite de la ciencia, necesita suministrarse una droga para conseguir ver algo que una vez, en su infancia, vio y puede ser la clave para resolver el caso que tiene delante. Este es un resumen algo impreciso, pero me sirve. Olivia Dunham necesita volver a su infancia; concretamente, necesita volver a sentir como sintió entonces. Y durante su niñez, la emoción que definía su identidad era la del miedo. Sin embargo, la agente Dunham, que ha perdido casi todo en la vida, ya no tiene miedo a nada. Esta, que podría ser su gran virtud, acaba siendo un impedimento para hacer bien su trabajo. Le incapacita para ver lo que otros no ven. Podría decirse que su seguridad, su fuerza, ha terminado por matar su don.

Me parece que aquí sí que hay chicha, y de la buena. Primero, porque la única forma de darle fuerza a una historia de ciencia ficción es vinculando los casos con la psicología de los personajes (o, al menos, reconozco que es la única forma de que a mí me interese un poco). Segundo, porque el asunto que plantea Abrams de la relación entre el miedo y el trabajo vocacional, es muy sugerente.
No tengo unas conclusiones cerradas, pero me ha hecho pensar. Como decía al principio, las ideas de fondo de la ciencia ficción suelen tratar cuestiones éticas, sobre los límites y sobre por qué algo queda justificado o no. En realidad, el eje sobre el que gira todo es el de el peso. ¿Este motivo, este fin, es suficiente para que se sacrifique esto otro?, ¿queda equilibrado con las consecuencias?, ¿es este el único medio para alcanzar ese fin suficiente?  

Tal y como interpreto este episodio de Fringe, extrapolando la experiencia de Olivia a un nivel más amplio (haciendo un triple salto mortal) quizá Abrams propone lo siguiente: tener miedo puede ayudar a tomar "la buena decisión" porque somos conscientes de todo lo que podemos perder. Tener miedo hace que reconozcamos nuestra limitación y no olvidemos que el riesgo es real. Y hay riesgo porque hay unas opciones mejores que otras. Frente al relativismo, el guionista presenta una escala en las decisiones. Puede que las consecuencias sean mayores o peores, pero al elegir estamos dirigiendo el barco (nuestro y de la sociedad) en una dirección u otra, mejor o peor. Por tanto, la cuestión ética no es un extra o un añadido a nuestro trabajo, a nuestra razón. Más bien es la entraña, tal y como el no saber si que alguien siempre va a estar siempre ahí, es la entraña de las relaciones sociales y afectivas. No es algo que pongamos o quitemos, no es un propósito, es algo inherente.

(Recuerdo que voy en la segunda temporada. Podéis llamarme "bocachancla" por lanzarme a juzgar sin saber. Mea culpa.)

Abrams parece concluir que solo somos conscientes de nuestras limitaciones si admitimos la existencia de un ser superior. Por eso, en el capítulo 16, la objeción que su ayudante pone al científico Walter Bishop, cuando este amenaza con ir contra las leyes de la naturaleza (valga el tópico), es recordarle que hay cosas que están en manos de Dios. Bishop responde que solo hay un dios en ese laboratorio: él. La seguridad con la que habla, la firmeza de sus convicciones, el hecho de que apenas dude... Podría parecer un excelente profesional, cuando es justamente lo contrario. 

Aquí es donde me parece que la teoría de Abrams desbarra un poco. Admito que ser conscientes de nuestra limitación pueda ser un fundamento para la ética pero, hoy por hoy, no estoy de acuerdo en que reconocer esos límites implique necesariamente admitir que hay un ser supremo. Porque entonces. al ponerle barreras, la fe sería la base de la ética. Es coherente, de nuevo, si entramos en el juego del pensamiento de Abrams o de un creyente, pero no lo es fuera de ahí (también porque un creyente tiene dudas; si no, no necesitaría la fe), y por eso no me convence.
Pero me gusta el giro que toma en este episodio y cómo plantea las cuestiones, dejando espacio para que el espectador piense.

Realidad y ficción. Razón y creencias. Vida personal y trabajo profesional. Verdad y mentira. Bien y mal. Amor y egoísmo. Política y ética. Miedo y seguridad
Hoy nos despertamos con Siria y Estados Unidos, las armas nucleares y la justificación de la guerra.
Las fronteras.
Los temas de siempre.
Desde Frankenstein, seguimos dando vueltas.

jueves, 8 de agosto de 2013

Al Faro

Cuando estaba allá por Manchester hace unos meses que parecen años, escribí una entrada sobre lo que me estaba costando leer Al Faro (To the Lighthouse) de Virginia Woolf y cómo ver el mar de Blackpool me ayudó a sumergirme en el libro. Si no sabes de qué estoy hablando, pincha aquí.
Pero no conseguí terminarlo y me quedé en la página 70, más perdida que Wally en sanfermines.
Lo retomé hace dos semanas, vuelta a empezar, diciéndome que esta vez sí, que el truco está en leer un número de páginas fijo (10, 20, 30... las que sean) todos los días. 
Funcionó. 
A veces una tiene que forzarse un poco, a veces hay que esperar al momento oportuno y otras, hay que hacer las dos cosas. 
Justo de eso trata este post: de lo que se repite, del tedio, de lo que va y vuelve, de los recuerdos y de los sueños, de la forma y el fondo. De Al Faro.

En concreto, de una forma que utiliza Virginia Woolf con bastante frecuencia:

Attended with the creaking of hinges and the screeching of bolts, the slamming and banging of damp-swollen woodwork, some rusty laborious birth seemed to be taking place, as the women, stooping, rising, groaning, singing, slapped and slammed, upstairs now now down in the cellars.

Toda la frase tiene un ritmo que se aprecia incluso aunque no se conozca el lenguaje, por las comas, por los tiempos verbales (stooping, rising, groaning, singing // slapped, slammed), introduce una sonoridad en el texto casi de poesía. Y al final incluye esa expresión que se desdobla incluso "físicamente": upstairs now / now down. Si mis conocimientos de retórica no me fallan, diría que nos encontramos, pedantes amigos míos, ante una concatenación. 
Concatenar es encadenar. 
Y eso es precisamente lo que hace la autora durante todo el libro: ir encadenando paisajes, palabras dichas en voz alta, pensamientos (unos conscientes y otros inconscientes), percepciones.
La sensación al acabar el libro es de haber flotado sobre el mar de las emociones de los personajes, donde no hay respuestas seguras ni tipologías claras, el protagonismo varía y el tiempo se ralentiza, la vida es un ir y venir a ningún sitio y el sueño de viajar al faro no es más que una excusa para seguir adelante. 
Concatenar es también contrastar (upstairs - down). Un contraste que se produce al mismo tiempo: now. Lo que sentimos, lo que pensamos, no es una única cosa en un momento concreto: somos varios en un mismo cuerpo que se enfrentan a los otros cuerpos y sus diversas personalidades. 

... two opposite things at the same time; that's what you feel, was one; that's what I feel was the other, and then they fought together in her mind

Concatenar es una de las expresiones más simples del pensamiento. Es crear una secuencia, es relacionar, es un juego de palabras. Pero posee toda la complejidad del psicoanálisis con la fuerza de la poesía. 
El fondo y la forma, en Virginia Woolf como en cualquier artista, no pueden darse por separado. La experimentación técnica tiene una razón de ser. La habilidad en la escritura, la intuición en la selección de las palabras, la lírica en la descripción, es inseparable de los temas que trata. 
Un último apunte: la concatenación se hace sin coma intermedia. Podría ser: upstairs now, now down. 
No sé si la ausencia del signo ortográfico es normal en inglés; prefiero pensar que es un reflejo también de la ausencia. 
Enfermedad de los meláncolicos, de los que miran al mar, de los que siempre sienten que faltan palabras por escribir, por decir o a quien decirlas, escribirlas.


lunes, 29 de julio de 2013

Adolescentes

Me gustaron muchos cantantes y actores. Incluso algún futbolista. Adoraba a Jane Austen y sus novelas ñoñas, tenía un par de fotos de Brad Pitt en las paredes de la habitación, me compré cedés de Alejandro Sanz, Avril Lavigne y Laura Pausini con mis ahorros, veía O.T., fui a un concierto de Andy y Lucas, vi mil veces Tú a Londres y yo a California aunque la confundía con Dos por el precio de una, y un día esperé a la salida del entrenamiento del Mirándes para que los jugadores me firmaran autógrafos.
De algunas cosas me arrepiento más que de otras.
Pero hay algo que nunca hice y que marca una diferencia sustancial: considerar a estos personajes públicos como a seres extraordinarios, dioses encarnados o ejemplos que imitar. Nunca lloré al verles, no se me ocurría (ni se me permitiría) perder clase para ir a sus conciertos, jamás empapelé la habitación ni el material escolar con merchandising, apenas me interesaba su vida personal y no cambié mi forma de vestir por la suya.
Lo que sí hacía era: escuchar las canciones hasta aprendérmelas de memoria (desgraciadamente, algunas aún siguen ahí. Los ríos de España no, pero el Tanto la quería de Andy y Lucas lo tengo pegado al cerebro sin remedio), grabar las películas de la televisión para verlas una y otra vez (oh, los VHS), leer la revista de la tele que venía con el periódico y discutir durante horas con mis amigas quién era el más guapo de los Backstreet Boys.
El "fenómeno adolescente" de obsesionarse con ciertos famosos, películas o libros es normal y necesario. Al menos significa que tienes aficiones, que conectas con la cultura de tu entorno y demuestra cierta capacidad de integración social. Lo ideal es que para los diecisiéis años haya desaparecido completamente.
Ahora bien, lo de las fans de Justin Bieber y Selena Gómez es otra historia.

¿Por qué nos torturas con estos temas, Marina? ¿No tenemos suficiente con twitter?

Porque me parece importante.
Me parece importante que nos demos cuenta de que la diferencia está en el marketing y en las grandes empresas que explotan el "fenómeno" hasta llevarlo a su extremo. Disney, la multinacional que llevó a la fama a Selena Gómez tiene: productoras, sellos musicales, distribuidoras, empresas de marketing, publicidad y merchandising, parques de atracciones, canales de televisión, teatros. Vivendi, dueña del sello musical Universal, productor del primer disco de Bieber, tiene: un canal de televisión, una productora y distribuidora de cine (Canal + Group), una productora de videojuegos y varias compañías móviles, además del mencionado sello musical.
Me parece importante que nos demos cuenta de que detrás de este control de la industria mediática hay un control cultural: editoriales, productoras, distribuidoras y sellos musicales no son otra cosa que libros, películas y música, que no son otra cosa que escritores, directores y cantantes, que no son otra cosa que personas con ideas y talento (cuestionable, de acuerdo, pero algo, algo, tiene que haber). Y detrás de este mercado de las ideas está el mercado de las personas.
Porque al final, a quien vemos, de quien nos reímos es de Selena Gómez y Justin Bieber. Como lo hicimos con las gemelas Olsen o Lindsey Lohan, que son hoy drogadictas, anoréxicas, alcohólicas y multimillonarias, que se alimentan de adolescentes que se alimentan de los medios que se alimentan de la drogadicción, de las adolescentes, del talento, de las ideas, de los grupos empresariales y de absolutamente todo lo que se ponga a tiro. 

Sí, siempre han existido los fans histéricos, el poder mediático, la obsesión por la pasta y la tontería en general.
Pero, comparando la situación actual con la de hace diez años, creo que:
Los adolescentes consumen demasiados medios, 
Los medios tienen demasiado poder,
Las estrellas adolescentes son absorbidas por los medios a una edad demasiado joven (los triunfitos al menos eran mayores de edad)
Los más perjudicados en todo esto son los famosos (carne de los medios) y la cultura (es decir, a la larga, todos).
El producto de intercambio en todo este drama son personas que representan ideas superficiales sobre el triunfo fácil, el sentimiento por encima de todo, el éxito asociado al dinero y a la fama, los cánones de belleza, el consumo como forma de vida y el sueño de vivir en una adolescencia perpetua. ¿Os suena de algo?
A mí sí. A mi me suena a revista de chicas, a serie de sobremesa y a comedia romántica americana. 
Sí, la mujer es el público objetivo de todo este engranaje maligno, pero de eso hablaremos en otro momento.
Os dejo con J.Lo

Sucedió en Manhattan, producida por Sony Pictures. 
Si quieres saber todo lo que tiene Sony Pictures, pincha, pincha.

PD: nunca imité a las Spice Girls en el patio del cole, que conste. Puro orgullo.

lunes, 15 de julio de 2013

Pueblo 5

Ya está.
Ya lo he hecho.
Me he pateado Barcelona. 
Aún me quedan zonas por ver, claro, pero lo fundamental está visto, caminado, olido y tocado.
Solo me apetece dormir. Estoy cansada. 
Pero quiero escribir cansada, y me gustaría que se notara.
Porque he caminado durante horas con un calor del demonio y porque hacía mucho que no andaba. 
A veces una se harta del metro, del bus y del ferrocarril.
Se harta de ver ciudades a través del cristal de una ventana.
Y quiere meterse de una vez en ellas, de espectadora a protagonista.
Digo protagonista pero pienso en figurante. Uno de esos que pasaba por allí y luego pasa por el otro lado y luego vuelve a aparecer en otra escena. Uno de los que está en todos sitios pero solo le ves si te fijas mucho. Uno de esos que, en las obras de teatro del cole, gritaba "¡viva el Rey!" o simplemente hacía ruido, o bulto. En mi casa, le llamábamos "pueblo cinco" o "árbol siete". Pues me gustaría ser figurante en las ciudades, sentirme anónima y hormiga que sube y baja por las calles. Eso sí, un pueblo cinco algo particular, que se despista de vez en cuando, se olvida del papel y le da por salirse del guion.
Salirse del guion es salir de casa, del coche, del barrrio y del terreno conocido.
Salirse del guion es no saber dónde vas a ir y torcer en una calle porque sí.
No es una aventura, no es Indiana Jones, no es nada exótico.
Es descubrir el lugar donde vives, es crear tus propios itinerarios.
No es vivir en una ciudad, es vivir una ciudad.
Coolfeed
Últimamente encuentro mucha gente que admira la creación: el bosque, los ríos, las aves, la montaña. Busca volver como a ese "estado natural" para entrar en contacto con las raíces, lo puramente humano, como si estuviéramos hechos para un hábitat salvaje.
Yo soy animal de asfalto.
Creo que disfrutamos tanto de la naturaleza porque hacemos un esfuerzo por llegar a ella: yendo de excursión a la playa (o de mudanza, según lo que se ve en algunos maleteros), subiendo a un pico, nadando un lago. Salimos, nos agotamos, disfrutamos. Y decimos: oh, oh, qué belleza, exultantes, viendo todo como por primera vez.
Es cierto que contemplar la naturaleza es una experiencia reconfortante, agradable.
Pero no creo que lo sea más que contemplar las ciudades.
Solo que como nos hemos acostumbrado a la creación del hombre - no creo que haya nada más humano que una ciudad - , damos por hecho que tal calle o tal edificio va a estar siempre ahí y no pensamos que haya que esforzarse por admirarlo y no tiene sentido andar si puedes tomar un medio de transporte.  
Lo que pasa es que, sin esfuerzo, no hay contemplación.
Quizá objete alguien que contemplar es fácil. Es solo sentarse y mirar.
Casi como ver una película o un cuadro o leer un libro.
Ya.
Sí.
Aunque...
Hay que saber dónde sentarse.
Hay que saber cómo mirar.
Hay que descubrir el lugar del que nadie te había hablado.
Hay que jugar con el azar.
Hay que no pensar.
Hay que no saber dónde ir.
Hay que no preguntar.
Hay que estar en medio de la nada.
Hay que sentirse figurante.
Y eso, necesita esfuerzo, necesita horas, necesita un paso detrás de otro sintiendo que te sudan los párpados y que quieres darte un baño y que te duelen los pies y que no sabes exactamente dónde vas a parar. Hasta que de tanto caminar ya tus pies van solos y no piensas en nada de esto, y mira esa fachada, y esta plaza, voy a detenerme un rato delante de este edificio con vidrieras de colores, esa cafetería, esa mujer del vestido de flores, esa niña comiendo un plátano, una tienda de los indios navajos, una librería con libros de hace siglos y una tetera, una exposición gratuita, un chico dibujando en un cuaderno y un grupo de gente bailando swing en la calle. 
De pronto, lo importante es lo que pasa fuera.
Estás en la película pero se te olvida. Que hay película y que estás dentro.
Y eres el mejor pueblo cinco de la historia. 
Estás reventado.
Pero merece la pena.
Porque estás viviendo.   

domingo, 23 de junio de 2013

Todo a un ebro

Si hay algo que un mirandés echa de menos cuando se encuentra en la gran urbe, además de las fiestas de San Juan del Monte y la droga siempre a mano, es el mercadillo. Ese lugar en el que todo cuesta entre 1 y 10 euros, en el que los gitanos cuelgan sus carteles de "calzonziyos 5x3€ Jesús ha resucitado" y donde cada cinco minutos te encontrarás con una señora (¿cómo no la conoces, hija? ¡si es Pili/Toñi/Mari/Feli de toda la vida!) que dirá "ay que ver, yo te conocí cuando eras así" y poniendo la mano a la altura de la rodilla, esa rodilla que le da tanta guerra, repetirá: "así de alta eras".
Sí, hay días en que esas cosas se echan de menos. Especialmente lo de encontrar zapatos baratos. Así que, siendo sábado por la mañana, como manda la tradición, fui al Mercat Dels Encants.







Sin despreciar el mercadillo mirandés, puedo decir que este sitio es increíble: montañas de libros por 1€, discos de vinilo para los que usan Spotify pero quieren aparentar, muebles (en buen estado), ropa, bolsos, álbumes, máquinas de todo tipo (fotografía, vídeo, aparatos científicos a los que los de letras conocemos por su genérico "microscopio o algo así")... todo está en venta. Incluso diría que, por un par de duros, puedes llevarte alguno de esos hombres viejos de barba blanca, aborígenes de los mercadillos, para hacer que tu salón sea cien por cien vintage.
También ayer, leí un cuento de Jorge Luis Borges que se titula La otra muerte. Cuenta cómo un tipo intenta descubrir cómo murió un tal Pedro Damián durante la guerra, si como héroe o como cobarde. En su labor de reconstruir la historia acude a quienes lo conocieron. En realidad, es un relato sobre la memoria, la búsqueda de la verdad, lo que sabemos y lo que creemos saber. En un momento dado, uno de los compañeros de Pedro Damián cuenta sus recuerdos sobre él. Y el autor escribe: "Lo hizo (hablar de lo que pasó) con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos."
Me sorprende esta frase, me fascina, porque refleja esa sensación frustrante de cómo las historias, que parecen el mejor arma para retener la vida, pueden también asesinarla: a veces contamos algo tantas veces que los recuerdos se convierten en un vacío, un hueco, entre nuestras palabras y la realidad. Si siempre utilizamos las mismas palabras para contar las mismas cosas, especialmente aquellas importantes, podemos acabar haciendo ficción de nuestra propia existencia. Y esto lo saben bien quienes escriben. Es el peligro de, al empaquetar memorias y congelar lo sucedido, no atrevernos a recrear el pasado y así volver a la esencia de los recuerdos. Nos quedamos en la superficie de las palabras y hacemos que estas solo remitan al vacío.
Escribió el cineasta Pier Paolo Pasolini: "... lo que sobre todo cuenta es la lucidez crítica que echa abajo las palabras y las convenciones, y va hasta el fondo de las cosas, hasta su secreta e inalienable verdad." A veces, la labor más creativa, y más difícil, es la de contar nuestra propia historia.
Por eso, cuando una pasea por un mercadillo como el de Encants, ve la superficie de los recuerdos, sin saber a qué se refieren. Cada objeto se transforma en una palabra. Una palabra detenida por el tiempo, abandonada en un momento de su existencia, cuyo significado desconocemos y a la que, por tanto, podemos atribuir nuestros propios recuerdos, dotándola de un nuevo sentido. 
Una palabra sin historia. Una palabra, diría Borges, detrás de la que casi no quedan recuerdos.

Una palabra que puede comprarse por solo un ebro, señora. Y si se lleva dos, se lo dejo a la mitad, que estamos tirando la casa por la ventana.

domingo, 9 de junio de 2013

Decadencia

Hoy he terminado de leer Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán. Es una novela ambientada en Galicia y cuenta la historia de una familia aristocrática a través del punto de vista de Julián, un joven sacerdote a quien se le asigna la tarea de atender la casa donde vive el marqués de Ulloa. Julián se traslada de la ciudad de Santiago a los Pazos, donde vivirá en una casa aislada, en mitad del campo, y se tropezará por primera vez con personajes carentes de toda aspiración noble, intelectual o religiosa. Por su condición de sacerdote y alertado por su particular sensibilidad, se verá en la obligación moral de hacer que la decencia vuelva al marquesado. Sin embargo, el carácter débil y melancólico del personaje, incapaz de tomar la iniciativa, hace que poco a poco, al no haber pisoteado las semillas de cizaña desde un principio, esta vaya creciendo inexorablemente arruinando todo signo de respeto, reparación moral o buenos sentimientos.
La novela no solo se centra en la descripción psicológica de los personajes; también retrata la situación política y, en cierto modo, a la vez que se apoya en el mito de "las dos Españas", Pardo Bazán - inteligentísima - hace ver que en realidad, todo es lo mismo: intrigas, lucha por el poder, ausencia de ideales, pasiones irracionales y caciquismo. El debate entre la monarquía absoluta y la constitucional se reduce, en los Pazos de Ulloa a una lucha por el poder entre dos señores feudales que están dispuestos a cualquier cosa - cualquiera - por ser, simplemente, el que manda.

Emilia Pardo Bazán
Me ha llevado varias semanas leer la novela y, en este tiempo, vi la película de El Gatopardo, esa historia en la que aparece la máxima política "si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie". En este caso, la decadencia de la aristocracia está unida al triunfo de la burguesía. La lucha ya no es tanto por el poder feudal sino por el político. El absolutismo deja paso a otro tipo de forma de poder: las amistades interesadas, el disfraz de ideales políticos, la hipocresía, el cambio de chaqueta como principio moral. En esta película, adaptación de la novela de Guiseppe Tomasi di Lampedusa, Fabrizio intenta manter su posición y la de su familia en medio de las revueltas que trajo la unificación de Italia. Al principio de la película su sobrino y sucesor, Tancredi, se alía con Garibaldi, aparentemente convencido de los cambios sociales que éste propone. El mismo personaje, al final de la película acaba dando orden de ejecutar a un grupo de sus antiguos camaradas. Ese "todo" que ha de cambiar para que las cosas sigan como están es, en primer lugar, su conciencia y su sentimiento político.
Creo que hoy nos encontramos ante una situación similar a las anteriores. Quizá la revolución no parezca tan evidente, tan cruda, como la que se presenta en las novelas, pero está claro que existe un descontento social y un profundo deseo de cambio y renovación del país. La política, como lo estuvo el poder feudal, se encuentra en decadencia. Parece que es la economía - el dinero, la avaricia - la que ha tomado el relevo. Un fajo de billetes compra la legalidad y, con ella, la absolución en la conciencia de quien los paga. De nuevo nos topamos con la ausencia de ideales nobles y la utilización de la política, o la justicia, para disimular lo inmoral.

Es necesario profundizar más en las causas que llevan a una sociedad a la decadencia, y estos dos relatos aportan una pista fundamental. Encuentro un factor común entre la decadencia de los Ulloa y la de la familia de Salina: la lujuria, como representación de la incapacidad de dominar las pasiones y de la infidelidad. 

El marqués de Ulloa tiene un hijo bastardo; lo primero que hace el príncipe de Salina al conocer que ha estallado la revolución es ir a un prostíbulo; Tancredi no duda un segundo en abandonar a Concetta por la sensual y frívola Angélica; la marcha de Julián se produce al ser injustamente calumniado de faltar a sus votos sacerdotales. Los autores, intelectuales y analistas de su propia historia, parecen decir que los ideales puros están unidos a los sentimientos puros.
Cuando los ciudadanos estamos viendo la peor cara del poder económico, nos revelamos contra el consumismo, al que muchos identifican con el capitalismo, por la forma de entender el crecimiento que se deriva de este sistema. Sin embargo, deberíamos evitar caer en simplificaciones, superar ese mito que superó ya Pardo Bazán. Entiendo el afán de tener más, más, más, más como el síntoma de una sociedad que, en un momento de cambio y revolución, sigue incapaz de renunciar. Quizá la máxima de nuestros días sería "si queremos tenerlo todo es necesario no renunciar a nada". ¿Qué es ese "todo"? Es, otra vez, todo menos la conciencia, a la que se sacrifica por no sacrificar otras cosas.
Poder, política y dinero. Unas motivaciones pueden haber sido más fuertes que otras a lo largo de la historia, pero lo que nunca ha fallado y lo que nunca se ha criticado con suficiente firmeza son los líos de faldas, la frivolidad. Incluso hay quienes lo admiran. Pero son muestras de falta de honradez en lo más elemental. De Los Pazos de Ulloa y El Gatopardo se puede deducir que la decadencia social deriva de la decadencia moral, y esta se produce cuando se traicionan los grandes ideales, y creo que no hay un ideal más grande que sacrificarse por otro (persona, ideal religioso, ideal político).
Di Lampedusa pensando "esto no puede seguir así" (probablemente)
Si se estableciera una oposición entre la actitud del marqués de los Pazos y Julián en el tema del amor, se vería que este último, a pesar de su falta de liderazgo, se mantiene siempre leal a la forma de vida que ha elegido. Esto hace que el lector escuche su criterio al juzgar a los habitantes de la casa, aunque el del marqués sea un personaje más atractivo. En El Gatopardo, el sacrificio y la pureza aparecen a través del personaje de Concetta, enamorada verdaderamente de Tancredi. Ella es la única que se atreve y tiene autoridad moral para recriminarle su egoísmo, y el espectador vuelve a ponerse de su parte.

Ambas son historias clásicas y las ideas que subyacen en ellas hoy pueden parecer anacrónicas, rancias, moralistas-religiosas pero:
- no debe identificarse clasicismo con lo maniqueo o reduccionista. Los personajes de Julián y Concetta no son héroes fuertes, valientes y perfectos; más bien pusilánimes y algo irritantes, nada seductores.
- el debate moral se da únicamente en la conciencia de los personajes, no se identifica en ningún caso exclusivamente con la religión. Está claro que al ser historias ambientadas en España e Italia está el fondo católico, pero ciertos sectores de la Iglesia reciben críticas despiadadas por parte de los dos autores.
- lo clásico es clásico porque siempre está de actualidad