lunes, 11 de febrero de 2013

Post-post

Diversas razones que no vienen al caso me han llevado a volver a la serie que empecé allá por el 2009 pero que dejé a medias por diversas razones que no vienen al caso tampoco, pero distintas de las anteriores.
La serie en cuestión se llama In Treatment (En Terapia para los hispano-lectores, no quiero que penséis que soy una de esas que como está en Manchester ya solo dice las cosas en inglés). El protagonista es Paul Weston, un terapeuta. La estructura de cada capítulo es muy básica: un diálogo con un paciente, uno cada día. En la primera temporada, los lunes le toca a Laura, que es el personaje que he seguido. En lugar de ver los episodios en orden cronológico, he saltado de lunes a lunes, porque me interesaba ver la evolución del personaje-paciente. 
Es interesante una reflexión que hace Laura en un momento dado, dice algo así como que "todos somos producto de nuestro pasado, ¿y qué?" Está harta de volver atrás una y otra vez, porque solo le hace daño, es una fuente de sufrimiento. Sin embargo, va quedando demostrado cómo contar su historia, hablar con el doctor Weston, es lo que puede curarla y hacer que toda esa carga vaya pesando menos.
Por otra parte, se ve que Paul también tiene sus problemas personales, "asuntos sin resolver". Por ejemplo, el hecho de que su padre, médico, dejara a su madre por una paciente mucho más joven que él. Está aterrado solo de pensar que la historia pueda repetirse, de convertirse en lo que odia. De que el pasado le gane la batalla. 
Esta serie es lo que se dice un drama. Un dramón. Pero muy contenido, nada de lágrima fácil ni sentimientos de plástico. Unos personajes tan bien construidos, tan bien interpretados, que cuesta hacerse a la idea de que estás viendo ficción.


Mi primera entrada en el blog está fechada en el 23 de octubre de 2007. A veces vuelvo a leer las entradas que he ido publicando. Suelo parar cuando me da vergüenza haber escrito semejantes horteradas o cuando me doy cuenta de que no estoy de acuerdo con mis propias ideas. Pero nunca he cambiado ni una sola palabra, es como un pacto personal.

Así, posts birriosos como este, que me valió una crítica de mi único lector de por aquel entonces, conservan cierto encanto y espontaneidad. Menos mal que es breve.

Revisitar entradas pasadas también me sirve para darme cuenta de que ciertas obsesiones siempre han estado ahí y no se marchan. Aunque sean las entradas menos populares y a nadie parezca interesarle.

De pronto, relaciono unas ideas con otras con otras

Y pienso que cuando intentamos controlar el futuro, en realidad lo que queremos es entender el pasado.
Lo que pasa es que tenemos muy poco que decir sobre casi nada, y menos sobre la vida.
Como en esta entrada de hoy.
A veces nuestras historias, de tan contadas, parecen oxidarse y perder el brillo. Parecen aburridas y feas.
Pero nunca contamos dos veces la misma historia. Nunca leemos dos veces el mismo libro. Nunca paseamos dos veces por la misma calle.
Por eso necesitamos hablar, escribir, pensar. Para recordarnos quienes somos. 
Y cuando decimos que las cosas cambian, queremos decir que cambian de sitio.
No es algo que podamos elegir.
El presente es una corriente de agua. El futuro es un lugar en el que ya has estado antes.

Os prometo que no he estado leyendo a Paulo Coelho.
Es solo que vuelvo a Barcelona