sábado, 23 de marzo de 2013

Vacaciones

Después de Manchester, vino Pamplona y el Punto de Vista; después, Barcelona y la UIC.
Ahora, voy a tomarme unas vacaciones que saben a verano.
Y cuando pienso en vacaciones, se me viene esta imagen de Roleaniz a la cabeza

Así estaré en unas horitas, sumergida en el Ebro, ja. Pero antes me espera un largo trayecto hasta casa.
Y ya sabéis que no cuento los viajes ni en kilómetros ni en horas, sino en pasajeros-genesdelasciudades y librosleídos. 
Y uno muy cortito sobre el estructuralismo. Pero en el fondo de la maleta. 
Porque el único peso de la realidad que tengo fuerzas de cargar ahora es el de la ficción, y las teorías son más densas que la realidad misma, así que este lo dejo para la vuelta.
A no ser que aparezca un mendigo de barba larga y blanca, pipa en boca, que me tenga hipnotizada todo el viaje y consiga que no lea absolutamente nada. Todo puede ser.

Disfruten de las vacaciones, señores. Disfruten.

lunes, 11 de marzo de 2013

Chejov, cuentos, mujeres y metros

Acabo de terminar de leer El reino de las mujeres, de Antón Chéjov
Lo reconozco. Lo he cogido porque estaba en la estantería al alcance de la mano, es un libro fino, cabe en el bolso y, el argumento que más peso ha tenido al tomar la decisión, he asociado Chéjov-cuentos-breve-entretenido. Es que no tenía nada para leer en el metro. Digamos que reunía todas las características que buscaba en ese momento.


Lo he terminado en menos de una hora. Una mitad en el metro y la otra mitad en casa.
Me ha gustado mucho. Bastante. Me ha sorprendido. No sé. Aún lo estoy digiriendo. Es una lectura ligera, en el sentido de que es fácil de seguir, no se detiene en demasiadas descripciones ni se entretiene analizando a los personajes. En una, dos o - como mucho - tres frases, el autor describe una estancia, a una persona, una situación concreta. Supongo que su capacidad de síntesis es lo que hace que Chéjov sea admirado y reconocido por sus relatos; supongo que la profundidad que une a esa medición de las palabras, la capacidad de dotar de significado a las pausas y los ritmos, es lo que hace su escritura tan influyente.

Esto vuelve a reafirmarme en tres ideas:
1. Entretenimiento y calidad deben/pueden/van unidos. 
2. El mejor/único argumento para leer un libro es porque te apetece. Disfrutar.
3. Las apetencias dependen de mil circunstancias y es crucial saber qué quieres leer en qué momento.
4. Hay que huir de los encasillamientos y etiquetas ya formadas, tipo "los rusos son un tostón", "no conozco nada del libro". Aunque recomendaría siempre tener un mínimo de información, la espontaneidad y el riesgo pueden abrirnos a un panorama que quizá, de repente, nos apasione. O no. Pero igual sí.
5. Para cumplir el punto 4 es imprescindible no ser un cuadriculado y pensar "ha dicho tres ideas". Dejadme en paz, que este es mi blog.

Voy al libro.
Anna Akimovna tiene veinticinco años, es atractiva, inteligente, de clase alta y muy, muy buena, pero aún no está casada. Es, como uno de los protagonistas afirma en el relato, una mujer de fin de siècle, de fin de siglo, y está totalmente desorientada. Los pobres le parecen unos hipócritas borrachos y los ricos, unos frívolos libertinos. Solo Pímenov parece distinto a todos.


Resumir un cuento es como no decir nada.
Porque, si ya en la novela el cómo se cuenta es fundamental, en un género en el que la historia quizá cobra menos importancia, la forma lo es todo. Así que, en una reducción total, solo me fijaría en dos cosas de este cuento: el tiempo y el espacio.

El tiempo
El relato empieza la víspera de Navidad cuando Anna Akimovna va a casa de uno de sus trabajadores. Se le ha ocurrido una idea brillante, una idea que traerá algo de felicidad a una pobre familia: regalarles mil quinientos rublos. El siguiente capítulo se titula "La mañana", y describe la mañana de Navidad; luego, el almuerzo y, por último, la noche. Es un día. Y en ese día, en las 90 páginas del relato, las emociones de Anna Akimovna cambian vertiginosamente: se siente una vieja, rejuvenece, se llena de tristeza, juega, aborrece a los pobres, critica a los ricos, se aburre, se divierte, se enamora, se ilusiona, se vuelve escéptica, se ríe y se enfada. Sin embargo, todo está tan medido, el personaje posee matices tan ricos y sutiles, que no transmite la sensación de estar en un parque de aventuras de las emociones (como sucede con ciertas historias actuales, o con escritores no tan buenos). El lector comprende perfectamente los cambios de Anna Akimovna y, cuando cierra el libro, tiene la sensación de que acaba de reencontrarse con alguien que conoció hace tiempo. Quizá uno mismo hace no tanto.

El espacio
El relato transcurre especialmente en dos lugares, descritos con gran viveza: la casa del pobre Chalikov y la casa de Anna Akimovna, a la cual acuden todos sus conocidos en el día de Navidad. A través de los espacios, Chéjov describe a los personajes, los utiliza como elemento que resalta las diferencias sociales que permanecían en la Rusia industrializada y sirven para seguir mostrando esa dualidad del personaje protagonista y su desorientación. Cuando Anna Akimovna va a la casa de Chalikov, recuerda su infancia con ternura y, al mismo tiempo, le resulta desagradable. Cuando Anna Akimovna está en su casa, "deambuló por todas las habitaciones canturreando y mirando por las ventanas", sola y aburrida. Como si fuera precisamente la indolencia la que le lleva a soñar con el matrimonio. Al mismo tiempo, en la cena con sus compañeros de la fábrica, Anna Akimovna se expresa con madurez y auténtica pasión al explicar por qué quiere formar una familia. El espacio en El reino de las mujeres, representado en esos dos lugares opuestos, o el mismo lugar interpretado de dos formas distintas, queda unido por Anna, que también posee emociones opuestas, o las mismas emociones que aparecen reinterpretadas una y otra vez, teñidas por la nostalgia, por la ilusión o la soledad.

Me ha recordado, en algo, a Gritos y Susurros, de Bergman. Supongo que por la casa, el aire teatral, la descripción de las mujeres y lo medido que está todo. Medido con un metro.