domingo, 23 de junio de 2013

Todo a un ebro

Si hay algo que un mirandés echa de menos cuando se encuentra en la gran urbe, además de las fiestas de San Juan del Monte y la droga siempre a mano, es el mercadillo. Ese lugar en el que todo cuesta entre 1 y 10 euros, en el que los gitanos cuelgan sus carteles de "calzonziyos 5x3€ Jesús ha resucitado" y donde cada cinco minutos te encontrarás con una señora (¿cómo no la conoces, hija? ¡si es Pili/Toñi/Mari/Feli de toda la vida!) que dirá "ay que ver, yo te conocí cuando eras así" y poniendo la mano a la altura de la rodilla, esa rodilla que le da tanta guerra, repetirá: "así de alta eras".
Sí, hay días en que esas cosas se echan de menos. Especialmente lo de encontrar zapatos baratos. Así que, siendo sábado por la mañana, como manda la tradición, fui al Mercat Dels Encants.







Sin despreciar el mercadillo mirandés, puedo decir que este sitio es increíble: montañas de libros por 1€, discos de vinilo para los que usan Spotify pero quieren aparentar, muebles (en buen estado), ropa, bolsos, álbumes, máquinas de todo tipo (fotografía, vídeo, aparatos científicos a los que los de letras conocemos por su genérico "microscopio o algo así")... todo está en venta. Incluso diría que, por un par de duros, puedes llevarte alguno de esos hombres viejos de barba blanca, aborígenes de los mercadillos, para hacer que tu salón sea cien por cien vintage.
También ayer, leí un cuento de Jorge Luis Borges que se titula La otra muerte. Cuenta cómo un tipo intenta descubrir cómo murió un tal Pedro Damián durante la guerra, si como héroe o como cobarde. En su labor de reconstruir la historia acude a quienes lo conocieron. En realidad, es un relato sobre la memoria, la búsqueda de la verdad, lo que sabemos y lo que creemos saber. En un momento dado, uno de los compañeros de Pedro Damián cuenta sus recuerdos sobre él. Y el autor escribe: "Lo hizo (hablar de lo que pasó) con períodos tan cabales y de un modo tan vívido que comprendí que muchas veces había referido esas mismas cosas, y temí que detrás de sus palabras casi no quedaran recuerdos."
Me sorprende esta frase, me fascina, porque refleja esa sensación frustrante de cómo las historias, que parecen el mejor arma para retener la vida, pueden también asesinarla: a veces contamos algo tantas veces que los recuerdos se convierten en un vacío, un hueco, entre nuestras palabras y la realidad. Si siempre utilizamos las mismas palabras para contar las mismas cosas, especialmente aquellas importantes, podemos acabar haciendo ficción de nuestra propia existencia. Y esto lo saben bien quienes escriben. Es el peligro de, al empaquetar memorias y congelar lo sucedido, no atrevernos a recrear el pasado y así volver a la esencia de los recuerdos. Nos quedamos en la superficie de las palabras y hacemos que estas solo remitan al vacío.
Escribió el cineasta Pier Paolo Pasolini: "... lo que sobre todo cuenta es la lucidez crítica que echa abajo las palabras y las convenciones, y va hasta el fondo de las cosas, hasta su secreta e inalienable verdad." A veces, la labor más creativa, y más difícil, es la de contar nuestra propia historia.
Por eso, cuando una pasea por un mercadillo como el de Encants, ve la superficie de los recuerdos, sin saber a qué se refieren. Cada objeto se transforma en una palabra. Una palabra detenida por el tiempo, abandonada en un momento de su existencia, cuyo significado desconocemos y a la que, por tanto, podemos atribuir nuestros propios recuerdos, dotándola de un nuevo sentido. 
Una palabra sin historia. Una palabra, diría Borges, detrás de la que casi no quedan recuerdos.

Una palabra que puede comprarse por solo un ebro, señora. Y si se lleva dos, se lo dejo a la mitad, que estamos tirando la casa por la ventana.

domingo, 9 de junio de 2013

Decadencia

Hoy he terminado de leer Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán. Es una novela ambientada en Galicia y cuenta la historia de una familia aristocrática a través del punto de vista de Julián, un joven sacerdote a quien se le asigna la tarea de atender la casa donde vive el marqués de Ulloa. Julián se traslada de la ciudad de Santiago a los Pazos, donde vivirá en una casa aislada, en mitad del campo, y se tropezará por primera vez con personajes carentes de toda aspiración noble, intelectual o religiosa. Por su condición de sacerdote y alertado por su particular sensibilidad, se verá en la obligación moral de hacer que la decencia vuelva al marquesado. Sin embargo, el carácter débil y melancólico del personaje, incapaz de tomar la iniciativa, hace que poco a poco, al no haber pisoteado las semillas de cizaña desde un principio, esta vaya creciendo inexorablemente arruinando todo signo de respeto, reparación moral o buenos sentimientos.
La novela no solo se centra en la descripción psicológica de los personajes; también retrata la situación política y, en cierto modo, a la vez que se apoya en el mito de "las dos Españas", Pardo Bazán - inteligentísima - hace ver que en realidad, todo es lo mismo: intrigas, lucha por el poder, ausencia de ideales, pasiones irracionales y caciquismo. El debate entre la monarquía absoluta y la constitucional se reduce, en los Pazos de Ulloa a una lucha por el poder entre dos señores feudales que están dispuestos a cualquier cosa - cualquiera - por ser, simplemente, el que manda.

Emilia Pardo Bazán
Me ha llevado varias semanas leer la novela y, en este tiempo, vi la película de El Gatopardo, esa historia en la que aparece la máxima política "si queremos que todo siga como está es necesario que todo cambie". En este caso, la decadencia de la aristocracia está unida al triunfo de la burguesía. La lucha ya no es tanto por el poder feudal sino por el político. El absolutismo deja paso a otro tipo de forma de poder: las amistades interesadas, el disfraz de ideales políticos, la hipocresía, el cambio de chaqueta como principio moral. En esta película, adaptación de la novela de Guiseppe Tomasi di Lampedusa, Fabrizio intenta manter su posición y la de su familia en medio de las revueltas que trajo la unificación de Italia. Al principio de la película su sobrino y sucesor, Tancredi, se alía con Garibaldi, aparentemente convencido de los cambios sociales que éste propone. El mismo personaje, al final de la película acaba dando orden de ejecutar a un grupo de sus antiguos camaradas. Ese "todo" que ha de cambiar para que las cosas sigan como están es, en primer lugar, su conciencia y su sentimiento político.
Creo que hoy nos encontramos ante una situación similar a las anteriores. Quizá la revolución no parezca tan evidente, tan cruda, como la que se presenta en las novelas, pero está claro que existe un descontento social y un profundo deseo de cambio y renovación del país. La política, como lo estuvo el poder feudal, se encuentra en decadencia. Parece que es la economía - el dinero, la avaricia - la que ha tomado el relevo. Un fajo de billetes compra la legalidad y, con ella, la absolución en la conciencia de quien los paga. De nuevo nos topamos con la ausencia de ideales nobles y la utilización de la política, o la justicia, para disimular lo inmoral.

Es necesario profundizar más en las causas que llevan a una sociedad a la decadencia, y estos dos relatos aportan una pista fundamental. Encuentro un factor común entre la decadencia de los Ulloa y la de la familia de Salina: la lujuria, como representación de la incapacidad de dominar las pasiones y de la infidelidad. 

El marqués de Ulloa tiene un hijo bastardo; lo primero que hace el príncipe de Salina al conocer que ha estallado la revolución es ir a un prostíbulo; Tancredi no duda un segundo en abandonar a Concetta por la sensual y frívola Angélica; la marcha de Julián se produce al ser injustamente calumniado de faltar a sus votos sacerdotales. Los autores, intelectuales y analistas de su propia historia, parecen decir que los ideales puros están unidos a los sentimientos puros.
Cuando los ciudadanos estamos viendo la peor cara del poder económico, nos revelamos contra el consumismo, al que muchos identifican con el capitalismo, por la forma de entender el crecimiento que se deriva de este sistema. Sin embargo, deberíamos evitar caer en simplificaciones, superar ese mito que superó ya Pardo Bazán. Entiendo el afán de tener más, más, más, más como el síntoma de una sociedad que, en un momento de cambio y revolución, sigue incapaz de renunciar. Quizá la máxima de nuestros días sería "si queremos tenerlo todo es necesario no renunciar a nada". ¿Qué es ese "todo"? Es, otra vez, todo menos la conciencia, a la que se sacrifica por no sacrificar otras cosas.
Poder, política y dinero. Unas motivaciones pueden haber sido más fuertes que otras a lo largo de la historia, pero lo que nunca ha fallado y lo que nunca se ha criticado con suficiente firmeza son los líos de faldas, la frivolidad. Incluso hay quienes lo admiran. Pero son muestras de falta de honradez en lo más elemental. De Los Pazos de Ulloa y El Gatopardo se puede deducir que la decadencia social deriva de la decadencia moral, y esta se produce cuando se traicionan los grandes ideales, y creo que no hay un ideal más grande que sacrificarse por otro (persona, ideal religioso, ideal político).
Di Lampedusa pensando "esto no puede seguir así" (probablemente)
Si se estableciera una oposición entre la actitud del marqués de los Pazos y Julián en el tema del amor, se vería que este último, a pesar de su falta de liderazgo, se mantiene siempre leal a la forma de vida que ha elegido. Esto hace que el lector escuche su criterio al juzgar a los habitantes de la casa, aunque el del marqués sea un personaje más atractivo. En El Gatopardo, el sacrificio y la pureza aparecen a través del personaje de Concetta, enamorada verdaderamente de Tancredi. Ella es la única que se atreve y tiene autoridad moral para recriminarle su egoísmo, y el espectador vuelve a ponerse de su parte.

Ambas son historias clásicas y las ideas que subyacen en ellas hoy pueden parecer anacrónicas, rancias, moralistas-religiosas pero:
- no debe identificarse clasicismo con lo maniqueo o reduccionista. Los personajes de Julián y Concetta no son héroes fuertes, valientes y perfectos; más bien pusilánimes y algo irritantes, nada seductores.
- el debate moral se da únicamente en la conciencia de los personajes, no se identifica en ningún caso exclusivamente con la religión. Está claro que al ser historias ambientadas en España e Italia está el fondo católico, pero ciertos sectores de la Iglesia reciben críticas despiadadas por parte de los dos autores.
- lo clásico es clásico porque siempre está de actualidad