sábado, 31 de agosto de 2013

Ciencia Ficción

La ciencia ficción no es para mí. Sus personajes siempre me han parecido estereotipados (científicos locos, criaturas monstruosas pero con buen corazón); sus tramas, que ni me fascinan ni me parecen verosímiles, en el peor de los casos acaban siendo incoherentes y rompen sus propias reglas; las "grandes ideas" detrás de los relatos (los límites de la experimentación, el fin y los medios, las leyes de la razón frente a los sentimientos), se me hacen superficiales y las dudas éticas que se plantean son "de cajón". ¿Prejuicios? Escepticismo, más bien. "Desde Frankenstein, está todo inventado", decía mi pequeño pedante interior. 

Ahora que estoy viendo Fringe - con el objetivo, entre otros, de romper mis propios esquemas y adentrarme aunque sea solo un poco en el género -, sigo manteniendo las distancias y está claro que la ciencia ficción nunca llegará a cautivarme. Pero también he bajado la guardia, he intentado ver la serie como si fuera la primera vez que oigo la historia y, sin mucho esfuerzo, he conseguido encariñarme con los personajes y entrar en el juego de las tramas que se complican y se retuercen, con mutantes y teorías de la conspiración de por medio.   


Pero no estoy aquí para analizar la serie que, además, no he terminado. Para eso, ya están los expertos. En realidad, el capítulo que más me ha impactado y que, espero, sea el que encarrile el resto de la serie es el 2x15: "Jacksonville". No os lo voy a destrozar demasiado, solo un poco. 

En este episodio, Olivia, la agente del FBI que está investigando casos extremos al límite de la ciencia, necesita suministrarse una droga para conseguir ver algo que una vez, en su infancia, vio y puede ser la clave para resolver el caso que tiene delante. Este es un resumen algo impreciso, pero me sirve. Olivia Dunham necesita volver a su infancia; concretamente, necesita volver a sentir como sintió entonces. Y durante su niñez, la emoción que definía su identidad era la del miedo. Sin embargo, la agente Dunham, que ha perdido casi todo en la vida, ya no tiene miedo a nada. Esta, que podría ser su gran virtud, acaba siendo un impedimento para hacer bien su trabajo. Le incapacita para ver lo que otros no ven. Podría decirse que su seguridad, su fuerza, ha terminado por matar su don.

Me parece que aquí sí que hay chicha, y de la buena. Primero, porque la única forma de darle fuerza a una historia de ciencia ficción es vinculando los casos con la psicología de los personajes (o, al menos, reconozco que es la única forma de que a mí me interese un poco). Segundo, porque el asunto que plantea Abrams de la relación entre el miedo y el trabajo vocacional, es muy sugerente.
No tengo unas conclusiones cerradas, pero me ha hecho pensar. Como decía al principio, las ideas de fondo de la ciencia ficción suelen tratar cuestiones éticas, sobre los límites y sobre por qué algo queda justificado o no. En realidad, el eje sobre el que gira todo es el de el peso. ¿Este motivo, este fin, es suficiente para que se sacrifique esto otro?, ¿queda equilibrado con las consecuencias?, ¿es este el único medio para alcanzar ese fin suficiente?  

Tal y como interpreto este episodio de Fringe, extrapolando la experiencia de Olivia a un nivel más amplio (haciendo un triple salto mortal) quizá Abrams propone lo siguiente: tener miedo puede ayudar a tomar "la buena decisión" porque somos conscientes de todo lo que podemos perder. Tener miedo hace que reconozcamos nuestra limitación y no olvidemos que el riesgo es real. Y hay riesgo porque hay unas opciones mejores que otras. Frente al relativismo, el guionista presenta una escala en las decisiones. Puede que las consecuencias sean mayores o peores, pero al elegir estamos dirigiendo el barco (nuestro y de la sociedad) en una dirección u otra, mejor o peor. Por tanto, la cuestión ética no es un extra o un añadido a nuestro trabajo, a nuestra razón. Más bien es la entraña, tal y como el no saber si que alguien siempre va a estar siempre ahí, es la entraña de las relaciones sociales y afectivas. No es algo que pongamos o quitemos, no es un propósito, es algo inherente.

(Recuerdo que voy en la segunda temporada. Podéis llamarme "bocachancla" por lanzarme a juzgar sin saber. Mea culpa.)

Abrams parece concluir que solo somos conscientes de nuestras limitaciones si admitimos la existencia de un ser superior. Por eso, en el capítulo 16, la objeción que su ayudante pone al científico Walter Bishop, cuando este amenaza con ir contra las leyes de la naturaleza (valga el tópico), es recordarle que hay cosas que están en manos de Dios. Bishop responde que solo hay un dios en ese laboratorio: él. La seguridad con la que habla, la firmeza de sus convicciones, el hecho de que apenas dude... Podría parecer un excelente profesional, cuando es justamente lo contrario. 

Aquí es donde me parece que la teoría de Abrams desbarra un poco. Admito que ser conscientes de nuestra limitación pueda ser un fundamento para la ética pero, hoy por hoy, no estoy de acuerdo en que reconocer esos límites implique necesariamente admitir que hay un ser supremo. Porque entonces. al ponerle barreras, la fe sería la base de la ética. Es coherente, de nuevo, si entramos en el juego del pensamiento de Abrams o de un creyente, pero no lo es fuera de ahí (también porque un creyente tiene dudas; si no, no necesitaría la fe), y por eso no me convence.
Pero me gusta el giro que toma en este episodio y cómo plantea las cuestiones, dejando espacio para que el espectador piense.

Realidad y ficción. Razón y creencias. Vida personal y trabajo profesional. Verdad y mentira. Bien y mal. Amor y egoísmo. Política y ética. Miedo y seguridad
Hoy nos despertamos con Siria y Estados Unidos, las armas nucleares y la justificación de la guerra.
Las fronteras.
Los temas de siempre.
Desde Frankenstein, seguimos dando vueltas.

jueves, 8 de agosto de 2013

Al Faro

Cuando estaba allá por Manchester hace unos meses que parecen años, escribí una entrada sobre lo que me estaba costando leer Al Faro (To the Lighthouse) de Virginia Woolf y cómo ver el mar de Blackpool me ayudó a sumergirme en el libro. Si no sabes de qué estoy hablando, pincha aquí.
Pero no conseguí terminarlo y me quedé en la página 70, más perdida que Wally en sanfermines.
Lo retomé hace dos semanas, vuelta a empezar, diciéndome que esta vez sí, que el truco está en leer un número de páginas fijo (10, 20, 30... las que sean) todos los días. 
Funcionó. 
A veces una tiene que forzarse un poco, a veces hay que esperar al momento oportuno y otras, hay que hacer las dos cosas. 
Justo de eso trata este post: de lo que se repite, del tedio, de lo que va y vuelve, de los recuerdos y de los sueños, de la forma y el fondo. De Al Faro.

En concreto, de una forma que utiliza Virginia Woolf con bastante frecuencia:

Attended with the creaking of hinges and the screeching of bolts, the slamming and banging of damp-swollen woodwork, some rusty laborious birth seemed to be taking place, as the women, stooping, rising, groaning, singing, slapped and slammed, upstairs now now down in the cellars.

Toda la frase tiene un ritmo que se aprecia incluso aunque no se conozca el lenguaje, por las comas, por los tiempos verbales (stooping, rising, groaning, singing // slapped, slammed), introduce una sonoridad en el texto casi de poesía. Y al final incluye esa expresión que se desdobla incluso "físicamente": upstairs now / now down. Si mis conocimientos de retórica no me fallan, diría que nos encontramos, pedantes amigos míos, ante una concatenación. 
Concatenar es encadenar. 
Y eso es precisamente lo que hace la autora durante todo el libro: ir encadenando paisajes, palabras dichas en voz alta, pensamientos (unos conscientes y otros inconscientes), percepciones.
La sensación al acabar el libro es de haber flotado sobre el mar de las emociones de los personajes, donde no hay respuestas seguras ni tipologías claras, el protagonismo varía y el tiempo se ralentiza, la vida es un ir y venir a ningún sitio y el sueño de viajar al faro no es más que una excusa para seguir adelante. 
Concatenar es también contrastar (upstairs - down). Un contraste que se produce al mismo tiempo: now. Lo que sentimos, lo que pensamos, no es una única cosa en un momento concreto: somos varios en un mismo cuerpo que se enfrentan a los otros cuerpos y sus diversas personalidades. 

... two opposite things at the same time; that's what you feel, was one; that's what I feel was the other, and then they fought together in her mind

Concatenar es una de las expresiones más simples del pensamiento. Es crear una secuencia, es relacionar, es un juego de palabras. Pero posee toda la complejidad del psicoanálisis con la fuerza de la poesía. 
El fondo y la forma, en Virginia Woolf como en cualquier artista, no pueden darse por separado. La experimentación técnica tiene una razón de ser. La habilidad en la escritura, la intuición en la selección de las palabras, la lírica en la descripción, es inseparable de los temas que trata. 
Un último apunte: la concatenación se hace sin coma intermedia. Podría ser: upstairs now, now down. 
No sé si la ausencia del signo ortográfico es normal en inglés; prefiero pensar que es un reflejo también de la ausencia. 
Enfermedad de los meláncolicos, de los que miran al mar, de los que siempre sienten que faltan palabras por escribir, por decir o a quien decirlas, escribirlas.