martes, 24 de diciembre de 2013

Feliz Navidad

Nada hay más rutinario que la Navidad.
Nochebuena siempre es el mismo día.
En Nochevieja siempre suenan las campanadas.
Año Nuevo siempre nos pilla desayunando a la hora de comer.
Quizá este año cambie el turrón, o haya un regalo inesperado.
Pero sabemos a lo que vamos.
Nos esperan las visitas, las llamadas, las postales de compromiso.
Comprar los regalos a última hora.
La discusión sobre si se deberían pelar las uvas.
Las partidas de cartas que duran horas.
Veinticinco de diciembre, fun, fun, fun. 
Beben y vuelven a beber.
Decir próspero. 

La única diferencia entre la rutina del día a día y la navideña es que la segunda se llama tradición.
Pese a lo que digan los anunciantes, la Navidad no tiene ninguna sorpresa.
Somos tan aficionados a lo nuevo, que la Navidad - inmóvil, puntual, esperando - nos sosiega.
Es una rutina sin tedio. Los compromisos son la forma de volver a hablar con los amigos de toda la vida, son excusas para resumir tu año en una conversación de café. En los viajes de vuelta a casa, proyectamos todo eso que sabemos que va a pasar, no como un destino inevitable sino como una promesa que se va a cumplir. En Navidad volvemos a la familia, las raíces, el origen, y encontramos paz.

Por eso, os deseo una Navidad sin sorpresas, sin grandes expectativas, sin ruido. Os deseo una Navidad en la que pase todo eso que siempre pasa. Incluidos los kilos de más. 
Hay que coger provisiones para el año que empieza.


domingo, 15 de diciembre de 2013

Relato

1.
Al despertar solo hay pájaros. Aún no ha amanecido y el pueblo abandonado, de calles mudas, sigue dormido. Abro las ventanas y salgo al balcón. Me siento en aquella silla en aquella esquina. Con la bata vieja raída que ya no abriga, miro al árbol solitario. La encina aislada en mitad del monte, rodeada de vacío. Por qué no creció a su alrededor ninguna planta. El árbol calla. Por qué esa distancia, esa ausencia. Se aleja un poco. Quizá no lo sabía. Quizá fui yo quien, con preguntas impertinentes, se lo dijo. Que era árbol y estaba solo.

2.
A media tarde las señoras se reúnen en la plaza. No hablan, cotorrean. Es el único sonido, en verano, junto al zumbido de las moscas. Rompen las señoras el largo silencio de otoño, primavera, invierno, de los pueblos abandonados. Hablan del pasado. Cuentan sus recuerdos en voz alta. No se escuchan unas a otras, se oyen solo a sí mismas diciendo cosas que ya saben. Como si repetir palabras resucitara el tiempo pretérito. Son las voces de las mujeres en verano como el rumor del agua de las fuentes, que fluye y no vuelve.

3.
Juegan los niños. Inocentes, curiosos. Les atraen los escondrijos, los huecos oscuros donde refugiarse y no ser encontrados. Los niños del pueblo descubren casetas de pastores, agujeros, madrigueras de conejos. Allí cuentan leyendas pero callan cuando pasan junto al cementerio. Tan enterrados, tan misteriosos y tan profundos son los corazones de los niños de los pueblos.

4.
En la noche, el árbol solitario arde. Junto a la hoguera, asan patatas y se tapan con mantas. Las dulces llamas naranjas abrazan los sueños de los que duermen. Las brasas encienden la mirada de los que aman. Y el árbol solitario se consume, como los días, como los niños, como los pueblos. Sin entender qué es el tiempo ni qué el recuerdo.