miércoles, 31 de diciembre de 2014

Zapatos

3 de noviembre
Al niño le ha dado por escuchar flamenco todo el día. Se pasa las horas dando palmas y gritando solo en su habitación. Ayer se compró varias camisas y pantalones negros, dice que a partir de ahora vestirá así. Ha pedido unos zapatos de flamenco, con tacón, para reyes. Su padre y yo estamos preocupados.

12 de noviembre
Cita con la profesora a las tres. Por lo visto el niño se sienta al fondo del aula y no hace otra cosa que fumar y garabatear en el cuaderno. No deja que nadie vea lo que escribe y llama "paya" y "prima" a la profesora. Igual le expulsan. He notado que las madres de sus amigos le empiezan a mirar raro. 

14 de noviembre
Discusión fuerte. Le he pedido que ponga la mesa y me ha gritado que "ya no puedo aguantarme y ni vivir de esta manera, porque yo no puedo, porque yo no quiero ni aunque Dios lo quiera". No entiendo a qué vienen estas reacciones desproporcionadas. Su padre le ha dado una colleja y le ha mandado a la cama sin cenar.

25 de noviembre
Al poner la lavadora he visto un papel que caía de uno bolsillos del pantalón. Era un billete de tren a Utrera para el próximo 20 de diciembre. Necesito hablar con él de una vez. En media hora llegará de sus clases de guitarra. Me he tomado una tila pero sigo de los nervios. Mi madre dice que son cosas de la adolescencia, que ya se le pasará. Este crío es un raro. 

26 de noviembre
Estuvimos hablando durante un buen rato en la cocina, le dejé que fumara. Se echó a llorar y me dijo que no le entendemos, que no tenemos sensibilidad y que su sitio está en Utrera. Le he contestado que quien no tiene sensibilidad es él, insultando a la gente y montando gresca, y que si no puede ni siquiera hacerse cargo de su habitación cómo se va a ir a vivir él solo. Me ha mirado con rabia y compasión, una mirada muy larga, muy tensa, muy de cantante de flamenco. Después ha susurrado que somos incapaces de ver la vida desde las heridas. Así, tal cual, a la cara, como escupiendo: "no podéis ver la vida desde las heridas, y yo vivo en la llaga". Me he quedado helada, sin saber qué responder.
Entonces se ha puesto a escribir como un loco en su cuaderno.  

29 de noviembre
Creo que la conversación ha ayudado mucho. Sonríe algo más y ayer volvió a peinarse con gomina, como suele hacer cuando está de buen humor. Le he dicho a su padre que, aunque nos cueste, hay que evitar reírse de él y dejarle un poco tranquilo. A ver.

30 de noviembre
Le he visto en la plaza de la mano con Macarena, su compañera de clase.
Vaya jaleo por una cosa así... era evidente desde tercero de primaria, ya podía habérmelo contado.
Nada de zapatos de tacón en reyes, ni hablar. 
Le regalamos un CD de Camarón y va que chuta.
Espero que se le pase pronto. Ya podía ser gótico o rastafari, como todo hijo de vecino, pero bueno. Caso cerrado.


viernes, 26 de diciembre de 2014

José

"José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió dejarla ocultamente. En esto pensaba, cuando en sueños se le apareció un ángel del Señor y le dijo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (...) Habiendo despertado José del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a su esposa."
En estas fechas me gusta leer el evangelio para ver si me aclaro un poco y consigo entender de qué va exactamente la Navidad, más allá del consumismo y el turrón.
Lo que me suele pasar es que nunca llego a comprenderlo del todo.
Pero siempre aprendo algo.

- Que José confió y acabó casándose con la chica de sus sueños, por ejemplo.
- Que Dios habla como quiere, también cuando estamos dormidos.
- Que en lo oculto, en la noche de la angustia, a veces llegan las respuestas a nuestras dudas.
- Que no tenemos ni idea, en definitiva, pero lo importante es escuchar, fiarse y seguir adelante.

Por eso, me parece que la Navidad cristiana es una época de esperanza, de ilusión, de amor renovado. Ahí entiendo la gratuidad de un regalo, el deseo de que el año próximo nuestros sueños se cumplan, los propósitos de intentar hacer que todo vaya mejor.

Como José en el evangelio, todo esto es solo un fragmento en una época del año. Supongo que, como él, durante el resto del tiempo estamos trabajando. Pero ahora que descansamos, que dormimos y soñamos, es el momento clave - quizá el único, no perdamos la oportunidad - para decir, sinceramente, deseo tu felicidad.

Fotograma de El evangelio según san Mateo, de Pasolini

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Interstellar

Interstellar es una película que te mantiene despierta, en guardia, porque la música te lleva y el guion gira en remolino imprevisible. No se pueden apartar los ojos de la pantalla, que hechiza. Es todo artificio, es ficción, espectáculo, experiencia cinematográfica. 

Las imágenes sublimes, la banda sonora arrolladora, la increíble actuación de Matthew McConaughey, no son un adorno. Es un cuidado envoltorio que cubre la más frágil de las emociones humanas: la esperanza. La película se presenta como un sistema perfecto, un cuerpo orgánico, que quiere esconder algo tan silencioso, constante y leve como el latido de un corazón.

Interstellar es desigual, hay algo entre el fondo y la forma que no acaba de encajar, quizá debería haber sido más larga o más corta, quizá sobra algún personaje o falla el cierre, no lo sé, soy incapaz de detectarlo. A pesar de sus diálogos reflexivos, de la jerga científica y los intentos de hacer ciertos apuntes filosóficos, hay un momento en que la fuerza de la película, la intensidad de la experiencia, anula todo intento de lógica y te arrastra, te hace más sentir que pensar. Creo que en lo emocional radica el poder de Interstellar. 

Igual debería verla otra vez. 

Mejor no. 

Dejaré fijada la huella de la primera impresión. 


jueves, 27 de noviembre de 2014

Por fin

Por fin voy a hablar sinceramente con toda la claridad que me sea posible, como si las palabras no fueran opacas sino transparentes hilos que tienden puentes. Voy a ser tan claro que no habrá dudas, que las cartas se pondrán boca arriba y los puntos sobre las íes y no hará falta refranes. Voy a sacarlo directamente del fondo de lo más hondo. Voy a escupirlo como surja, según venga, sin pensarlo siquiera. Voy a gritarlo, llorarlo, gemirlo, sacudirlo para que no siga quemando dentro, por fin. 

O, por fin, simplemente voy a decirlo. Voy por fin a decirlo. Voy a decirlo.

Voy a.




domingo, 23 de noviembre de 2014

Profe

Lo que pasa en tu cabeza antes de dar una clase:

Fase #1



Fase #2



Fase #3




Lo que pasa en realidad mientras das una clase:






Y lo que sigues esperando que pase:



sábado, 15 de noviembre de 2014

Kim Novak, por ejemplo

A veces cuando ordenas encuentras cosas que creías perdidas.
Perder no significa desaparecer sino estar en otro sitio. 

Encontrar es la coincidencia de espacio y tiempo, 
y la propia definición del verbo no se aclara con el significado
y dice:
1. Dar con alguien o algo que se busca.
2. Dar con alguien o algo sin buscarlo.
¡Como si fuera lo mismo
cuando es todo lo contrario!

Pero creo que si uno ordena de verdad, sin estrategia, sin prisa, simplemente ordenar por ordenar, acaba encontrando las dos acepciones: además de aquello que se perseguía, aparece algo que viene dado, ante lo que solo cabe el asombro y, quizá, el agradecimiento. 

En serio, ordenar es la mejor forma de buscar.

Igual...

No es querer perder sino saber perder.
No es saber buscar sino querer encontrar.




Ya está bien.
Hasta aquí hemos llegado.
Que manía con intentar describir el giro en la espiral del peinado de Kim Novak,
que manía con intentar explicar lo que no entiendo.
Alguien debería hacerme callar
decir: "chst"
o mejor en un susurro: "shhh"
o mejor en un largo silencio de miradas:                                                                         .

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Óptica

- Perdone, señorita, una última sugerencia
- Sí
- Hágaselo mirar
- Mirar el qué
- Lo de los ojos. No creo que comprar unas gafas nuevas sea suficiente
- Pero...
- Hay remedios más eficaces
- No entiendo a qué se refiere
- Mire, debería cambiar de ojos
- De ojos
- Ajá
- ....
- Se quita unos y se pone otros. Fin del problema
- Ya. No crea que no lo había pensado
- Se ha avanzado mucho en este tema, y veo en usted un caso claro de éxito
- La verdad es que me da reparo
- Por la operación, supongo
- Sí y no. No sé. Creo que es por mi abuela. Eran suyos
- Entiendo. Aun así...
- No le haría ninguna gracia que me los quitara ahora, después de tanto tiempo
- Tienen demasiados años y han visto demasiadas cosas
- Es cierto, a veces los noto cansados
- Perdone que insista, pero debería usted hacer la prueba. Después verá las cosas de otra manera
- Eso me preocupa un poco
- No tenga miedo, será un cambio para mejor
- Es que, no se crea, me ha costado bastante adaptarme a estos ojos. Hubo un tiempo en que tuve resentido el lacrimal
- Es normal. Ese lacrimal es de principios de siglo XX, uno de los prototipos de la postguerra
- Ah. Siempre pensé que mi abuela los heredó de su abuela
- Mmm. Es difícil de determinar pero lo dudo. Varias generaciones... no habría resistido el paso de los años. Es imposible sostener una mirada tanto tiempo sin que algo se resquebraje
- De hecho, sí, los párpados también, es como si hubieran perdido consistencia
- Se vuelven finos y escamosos
- Dejan que la luz entre y me haga daño en la córnea
- Voy a comprobar una cosa. Abra un momento. Cierre. Mire hacia arriba, hacia abajo. Bien. Hacia atrás, ajá... hacia delante ahora
- Me duele
- Lo imaginaba. Estos ojos no le permiten una visión completa, por eso tiene heridas
- Tengo unas gotas que...
- Se lo digo muy en serio, así no va a solucionar nada. Esto empeora
- Pero mi abuela...
- No se preocupe. Siempre puede guardar estos ojos como souvenir
- En una cajita sobre la mesilla
- Mirarlos de vez en cuando
- Contemplar los ojos de mi abuela como si ya no fueran míos.



jueves, 30 de octubre de 2014

Magical Girl - Carlos Vermut, 2014

Seréis como dioses significa "tendrás eso, serás ese"
Solo un fallo, un capricho, una carencia, un deseo que busca desesperadamente ser satisfecho.
Y todo se desarma.
La historia se repite.
Malditos, lanzados al destierro, somos a la vez víctima y verdugo.
Marcados como Caín, sus herederos.



domingo, 26 de octubre de 2014

Qué difícil

    Qué difícil encontrar un lugar tranquilo en un día de lluvia en Barcelona donde tomar un café en la esquina de un bar pequeño y discreto en una mesa individual con una silla que no chirríe ni llame la atención. Qué difícil pasar desapercibido y al mismo tiempo captar la atención del camarero para poder empezar a escribir con calma. Qué extraño se hace ver a una persona joven y sola en una cafetería observando y escribiendo y qué confortable resulta, en cambio, cuando a esa misma imagen añadimos una taza de café sobre la mesa. Qué miedo la gente solitaria y cómo intentamos sacarles de su aislamiento, integrarles de cualquier forma, aunque sea con la triste compañía de un expresso caliente.
    Entonces con la taza en la mesa -demasiado grande por cierto-, a pesar de la incomodidad del ruido (ese murmullo de conversación, algún niño, los cubiertos chocando contra la loza de los platos), entonces, habiendo hecho las debidas concesiones al mundo, habiendo cedido una vez más El Artista que solo quería una mesa y una silla y una esquina donde ponerse a escribir, sabiendo que ese ceder crea una violencia consigo mismo, una violencia asumible e incluso necesaria, que llega al borde de la irritación sin explotar en ira o angustia sino que coloca el ánimo en la perfecta disposición para tomar el bolígrafo (iba a decir la pluma, qué pedantería), entonces se dispone a comenzar la escritura. Nota las miradas de un par de clientes, la pupila calculadora del camarero que se pasea por la estancia y se detiene unas milésimas de segundo sobre su persona. Es el código. Sabe que debe hacer algo: echar el azúcar, remover el café, beber un trago, restablecer el orden, para no asustar a los clientes. No se puede pedir y no consumir y escribir cosas que nadie lee, no se puede ir así por la vida, no se puede angustiar así a los consumidores ¡pobrecitos! que hablan del precio del menú, del horror de la lluvia en Barcelona, de las vidas ajenas, no se puede ser raro, no Señor. Al menos, Artista, beba café como todo el mundo.
    Bebe e intenta escribir de nuevo, ahora que los demás parecen haberse acostumbrado a su presencia y el murmullo suena de fondo sin interrumpir sus propios pensamientos y los críos se han largado. Busca una primera frase, con fuerza, ritmo, poética pero sencilla, directa, que brote del fondo de una emoción, del brillo de una imagen grabada en la memoria, y levanta la cabeza para recordar y olvidarse del papel en blanco y sumergirse en el recuerdo, en el recuerdo imaginado, por supuesto. Busca un punto de fuga, desde su esquina estratégica - no le molesta el extintor - para iniciar el ritual de retroceso al pasado, de observación virtual del tiempo pretérito. Busca ansiosamente el punto de fuga, su espíritu está preparado. La silla de madera blanca, no, las manos del camarero secando cubiertos, ¿la magdalena?, ja, la enredadera. La enredadera que recorre toda la pared con hojas verdes y hojas secas dejando al descubierto parte del muro desgastado, húmedo y gris. Magnífica enredadera en la que bucear y... una voz. Una voz nueva sobresale de entre los murmullos.

Ernest Descals
    Es grave, con el acento suave de un país exótico, las oes alargadas, las jotas aspiradas, las eses se deshacen en el aire, en un tono melancólico y subversivo. Habla de desengaño político, de identidad desgarrada, de orgullo y súplica, de un país profundamente amado, de exilio. La voz golpea al Artista, le reclama, le urge, le hace olvidar la enredadera y los recuerdos ahora parecen tan superfluos, teniendo cerca esa voz apremiante y apasionada. Despierta y vuelve temblando a la página blanca, empuña el bolígrafo preguntándose para qué todo, preguntándose si debería seguir escuchando esa voz agitadora, si debería gritar silencio para poder volver al recuerdo interrumpido o quizá entrar en la discusión enardecida de la voz apátrida o quizá olvidar el cuaderno, el punto de fuga, la mirada de los clientes, para hacer callar al mundo, la voz, con sus labios.
    Sorbe el café, ya tibio, y se relaja en su asiento. Tiene el ánimo cansado, cualquier palabra parece una cáscara vacía, y no sabe si pertenece a una emoción muerta o si es que en verdad nunca la hubo. Escribe y tacha, tacha frases enteras de las que no puede rescatar una palabra, y en esa tibieza que presagia el fin, los sentidos se desperezan. Escucha el hilo musical de la radio en el bar: un grupo pop de moda, esa canción tan pegadiza; huele el aroma del salmón que ha pedido la señora de la mesa de al lado, que lleva uñas rojas y come con la boca abierta; nota el bochorno en su piel y observa las gotas del día de lluvia en Barcelona golpeando los cristales. Saborea el último trago del café, frío, desagradable, mezcla de posos y azúcar, un café que no lo es, un intento de alargar la sensación de que, esta vez sí, será posible escribir algo. Quizá mañana. Quizá mañana pueda encontrar un lugar tranquilo donde pasar desapercibido y poder escribir aunque sea unas líneas en una esquina de un café. Ahora solo queda pagar la cuenta. Ellos ganan una vez más. Qué difícil ser artista.  

miércoles, 15 de octubre de 2014

El patio

    La paloma apareció en mitad del patio con un agujero que le atravesaba el cuello. "Una pedrada de esos malditos bestias" pensó mientras barría el cadáver y lo tiraba al cubo de basura, junto al confeti sucio y los farolillos rotos que ayer adornaban las fachadas del patio.
   Se secó el sudor del cuello con un trapo y lo guardó en el bolsillo derecho. Notó una gota que le recorría la espalda debajo del mono, y otra y otra y otra, una lluvia incesante, como si la prenda de ropa hubiera creado un invernadero en su propio cuerpo que solo generaba más calor y humedad. Caminaba despacio por el patio.
    Detrás de un árbol seco encontró un ratón del tamaño de su pulgar, con el cráneo aplastado y la cola estirada. Pisó con fuerza los gusanos que ansiosamente se acercaban al pobre animalillo. "Dejadle tranquilo". Había algo amenazante en su cariñoso susurro.
Tenía sed. Un rayo de sol se le clavaba directamente en la nuca y le perseguía mientras barría. Los arbustos estaban secos, la tierra agrietada y en las comisuras de sus labios se acumulaba una baba espesa y blanca. Se acercó a la fuente vacía en medio del patio. Entre las grietas de la fuente asomaba el musgo que la falta de humedad había vuelto marrón y quebradizo. Escupió un salivazo denso, directo a una hormiga que escalaba por la piedra. La saliva resbaló muy lentamente y cayó en un agujero en la tierra. El agujero tenía un centímetro de diámetro y cierta profundidad, parecía un nido de serpiente.
    El barrendero hurgó con el palo de recoger hojas. Efectivamente, una culebra salió disparada y en cuestión de segundos se le metió por el pantalón. La culebra subía como loca por la pierna izquierda. Sintió la piel escamada del reptil trepar por su rodilla y trató inútilmente aplastarla con la mano, a través de la tela del pantalón. Si le picaba, estaba perdido. Metió la mano por la entrepierna, agarró al bicho por la cabeza, lo estrujó y, una vez fuera, comenzó a golpearlo, varias veces, contra la piedra de la fuente donde antes había escupido. Golpeaba con la fuerza del pánico y de la ira. Luego la lanzó lejos. Oyó su cuerpo chocar contra el muro que cercaba el patio.
   Volvió a remover la tierra del agujero con el palo. Dentro había un pequeño huevo gris con motas pardas. Levantó las cejas y sonrió torcidamente, como diciendo "lo sabía" pero sin abrir la boca, para no distraerse de su nuevo objetivo. Se agachó y cogió el huevecillo con dos dedos. Lo puso en la palma de la mano y cerró el puño. Fueron diez segundos. Cuando rompió aquella fina membrana que dentro del huevo cubría al feto, notó cómo el líquido amniótico resbalaba entre sus dedos. Recordó una sensación similar, cálida y protectora, de seguridad e inocencia plena... aquel agua templada abrazando su cuerpo de niño en los baños de los domingos de verano. Volvió a abrir la palma de la mano y, con los ojos llenos de lágrimas, se detuvo a contemplar el pequeño embrión de culebra sin vida.
    Dejó que el animal cayera al suelo del patio, de aquel patio del infierno en el que la ternura y la crueldad eran inseparables, en el que se odiaban y se amaban porque era lo único que tenían, en el que el hombre luchaba hasta la muerte para luego renacer, y así constantemente.

Imagen de flickr

jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Novela romántica! ¿Qué esperabas?

¡Melisande!¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin es una novela de amor que recuerda a Salinger. Hacía tiempo que no leía un libro romántico, creo que desde las Brontë y Jane Austen, allá en la adolescencia, y me alegro de haber vuelto a este tema con un libro tan original, inesperado, no tanto por lo que cuenta sino por la forma en que lo hace. Está escrito con estilo, con cierta sofisticación.

Los personajes principales son Melisande (la chica en cuestión) y el narrador, Hoo. Su historia de empieza en los años de instituto, cuando comparten su pasión por el conocimiento, la poesía y la búsqueda espiritual. La novela recorre las memorias del narrador desde aquella época hasta la actualidad, décadas después. Es una mirada nostálgica sobre el descubrimiento del otro, de uno mismo y, en cierta manera, Halkin presenta una visión del amor como aprendizaje.



Aparece ya en el título: el amor es primero una exclamación, un nombre ajeno que nos apela y golpea, despertándonos a algo totalmente nuevo, irracional. Es un caer en la cuenta, la fracción de segundo en la que abrimos los ojos al otro. Después del asombro, del descubrimiento, llega la interrogación que, de nuevo, se dirige  hacia el exterior y también hacia uno mismo. Es una duda - qué son los sueños - a veces melancólica, irritada o esperanzada, a veces susurrada al oído y a veces gritada desde la inconsciencia, pero que exige respuesta.

Como muestra el final de libro, es una cuestión que no se contesta desde la literatura misma, sino desde la vida - como sucede, es lógico, con todas aquellas preguntas que comprometen la existencia. Aprender a amar, en el fondo, es aprender a vivir y bajo ese prisma, Hillel Halkin une ternura, cotidianidad, equivocaciones... con conversaciones filosóficas y consideraciones religiosas. Es una obra que sorprende, que se disfruta leyendo y cuyos personajes, sin tener tanta personalidad como los de Salinger, dejan aquella fantástica sensación de algo así como: "quisiera poder abrir una ventana y ver tu vida de vez en cuando, simplemente para saber cómo va todo."

martes, 2 de septiembre de 2014

Arenas movedizas

Hace poco escuché una frase que no puedo recordar de quién es: "las excusas matan el arrepentimiento".

Todos los personajes de La hoguera de las vanidades caminan en el filo de la conciencia y asfixian su capacidad de arrepentimiento con una avalancha de excusas.

El autor, Tom Wolfe, dibuja unos perfiles tan realistas que parece haber creado personas libres, independientes del narrador, con personalidad propia. Bastan un par de detalles y unos adjetivos perfectamente seleccionados para introducir al lector en la psicología de los protagonistas y hacerle partícipe de sus debates internos. La retórica, los eufemismos y las justificaciones se dan, primero, en el pensamiento de los personajes y, luego, en sus acciones. Las palabras que eligen para auto-relatarse las situaciones determinan las decisiones que toman.
Estas decisiones, grandes y pequeñas, poco a poco, a lo largo de las seiscientas páginas, se entretejen con las excusas, que orientan las nuevas decisiones... y así, caminando por las arenas movedizas de la corrupción y el egoísmo, van cayendo sepultados todos los personajes. Solo la sátira magistral de Wolfe logra crear una distancia respecto a la narración y ver a los protagonistas como verdaderamente son: torcidos hipócritas demasiado cobardes para enfrentarse a sus miserias cara a cara llamándolas por su nombre.

Seres humanos, en definitiva.

Tom Wolfe - The New York Times.
El ejemplo más claro es el millonario Sherman McCoy, protagonista de la novela. Cada vez que se acerca al arrepentimiento o cuando se le presenta la oportunidad de expresar un sentimiento sincero, se llena de pánico, vergüenza y soberbia, para acabar huyendo de la verdad. Wolfe radiografía continuamente esta doblez moral, entre lo que piensa o siente el personaje y lo que dice: "-Gracias -dijo Sherman. Era horrible. Le estaba sinceramente agradecido." 

Otro ejemplo. Cuando parece que McCoy no puede caer más bajo, ni moral ni socialmente, decide traicionar a su amante (con la que ya traicionaba habitualmente a su mujer), grabando una conversación privada. En estas circunstancias, se da el siguiente diálogo con su abogado:



- Vale - dijo Killian-. Ahora estudiaremos lo que tienes que decir. De hecho, sólo necesitamos de ella un par de declaraciones, pero has de saber exactamente cómo lograr que las haga. ¿Vale? Empecemos.
Le señaló la silla de plástico, y Sherman se sentó, dispuesto a aprender el varonil arte del engaño. "Nada de engaños -se dijo a sí mismo-. Se trata de la verdad."

Wolfe es certero en las descripción psicológica de los personajes, no tiene piedad de ellos pero muestra sus matices y, presentando la inmoralidad, apela a la búsqueda de la verdad en la propia conciencia. Además, el libro tiene frases brillantes en cada página.
Mi favorita: "De repente salía a la superficie el cabrón que llevaba dentro." 
Sé que algún día esta frase me será útil.

lunes, 11 de agosto de 2014

Cómo leer

En Cómo hablar de los libros que no se han leído, Pierre Bayard provoca la reflexión del lector sobre el acto de leer y, por extensión, sobre nuestra relación con la cultura: ¿cómo leemos?, ¿qué pretendemos cuando queremos saber más? e incide en los huecos de nuestro conocimiento haciendo que nos preguntemos cómo nos enfrentamos ante lo que no sabemos, ante aquella ignorancia de la que somos conscientes y puede llegar a avergonzarnos. 

Es un libro ameno que quizá interese especialmente a profesores de literatura y a escritores. Bayard pretende destruir nuestros complejos para aproximarnos a los libros; desmontar la hipocresía que rodea no solo las conversaciones de sobremesa, sino las reuniones de profesores universitarios; buscar, en definitiva, una experiencia de lectura real. No importa que ésta sea incompleta, siempre y cuando fomente la imaginación y la proyección personal sobre los libros, de tal forma que: 
Lo que nos resulta posible decir de nuestra relación privada con el libro obtendrá tanta más fuerza cuanto menos reflexionemos y dejemos que el inconsciente se exprese en nosotros y evoque, en ese tiempo privilegiado de apertura del lenguaje, los vínculos secretos que nos unen al libro y, a través de éste, a nosotros mismos. (p.174)
fotografía tomada de flickr

Estoy de acuerdo con esta tesis de Bayard y me reconozco en algunas de las situaciones o actitudes que describe en su libro. Sin embargo, considero que, si bien esta lectura creativa es imprescindible para establecer un canon personal, por ejemplo, o para buscar la propia originalidad de escritura, no resulta apropiada en todos los ámbitos. Pienso en concreto en el entorno universitario o científico, donde el rigor no se encuentra únicamente en la capacidad asociativa o relacional, sino en la demostración de las hipótesis de acuerdo a un texto externo a la subjetividad del investigador. En cualquier caso, suscribo estas palabras de Bayard en la conclusión de su libro:
¿Acaso podemos ofrecer a un estudiante un obsequio mejor que el de volverlo sensible a las artes de la invención, es decir, a la invención de sí? Toda enseñanza debería tender a ayudar a quienes la reciben a adquirir la libertad suficiente en relación con los libros como para que ellos mismos puedan convertirse en escritores o artistas. (p.194)

lunes, 28 de julio de 2014

Agüita




Me he vuelto a mojar
otra vez.

El pelo pegado
los pies empapados
la piel sudada;
la lluvia
y el viento.

Y pienso:
"tengo el agua al cuello"
y repienso
para darme cuenta
de que estar así, con el agua al cuello,
es la única forma de aprender a nadar.

Quien no se moja hasta el cuello, 
no nada.
Y quien no nada, nada.




Nota para los escépticos: la lluvia es agua de mar.

domingo, 20 de julio de 2014

Colección

Tenía una colección de sus miradas cronológicamente ordenadas. Las tenía expuestas en los pasillos de la memoria, estáticas como los cuadros de los pintores flamencos que vio en El Prado el día que se despidieron. Recorriéndolas una y otra vez, arriba y abajo, mirando las miradas, se preguntaba ahora qué hago con ellas.

Pietà - Diego de la Cruz

sábado, 28 de junio de 2014

Tres microrrelatos

TUPÉ
Llevaba un tupé de los años 50, estilo Elvis. Un tupé negro, brillante, que procuraba no mojar cuando se bañaba en la playa y que atusaba suavemente cada cinco minutos, mientras repetía un convencimiento inventado deseando creer que era cierto: "tienes algo que nadie tiene." Lo que no se recordaba tan frecuentemente era que había cumplido sesenta años y hacía veinte que no reía y diez que no lloraba. Por supuesto, también olvidó que el falso tupé lo ganó su hermano en la feria del pueblo, que él se lo robó para luego robarle la novia y que cuando ésta descubrió el engaño, él tuvo que salir corriendo de la casa en cueros porque ella amenazaba con arrancarle el maldito pelo de cuajo. No, no recordaba ya que, de toda la farsa de su vida miserable solo le quedaba aquel reluciente tupé. Nada le importaba más que intentar ser otro hasta el extremo, para olvidar su edad, su soledad y cuánto hacía que se ocultaba en una vida ajena. Pensaba que cuanto más se disfrazara, menos le verían.

Bajó a la playa con su bañador rojo y el pelo que parecía nuevo. "-Mira, ahí va el del tupé. - Siempre a esta hora, siempre con ese pelo, tan feo, tan de caseta de feria. - Dicen que robó la novia a su propio hermano. - Dicen que él mismo ya no sabe si su pelo es verdadero o falso. - Dicen que ya no sabe si él es él o es otro."

Y acariciando la peluca, él repetía "tengo algo que nadie tiene... tengo algo que nadie tiene". 

TARDE DE VERANO
El corazón le dio un vuelco al escuchar aquel nombre en una tarde de verano cuando el sol hacía hervir las calles y la gente no se atrevía a salir de casa. En aquella calle aquella tarde, después de treinta años, aquel nombre resucitó la asesinada, enterrada y olvidada sensación de que existía una posibilidad de una vida diferente quizá feliz. 

EPÍLOGO
Dobló la esquina, bajó los párpados, cerró los oídos, olvidó las palabras y todo lo aprendido. Borró las risas, ahuyentó los recuerdos y se sumergió en el ahora del soplo de viento. Se escuchó por fin a sí mismo decir un "gracias" que sonó a plegaria que sonó sincera.






domingo, 15 de junio de 2014

Discursos

Escribe Jung en el Libro Rojo:
Comprender una cosa es puente y posibilidad de retorno a la vía. Explicar una cosa es, sin embargo, capricho y hasta un asesinato. ¿Has contado los asesinos entre los eruditos?
Los discursos, las palabras, los consejos y las indicaciones matan la verdadera comprensión, que solo puede venir por la experiencia individual. Cualquier intento de traducción es vano. La explicación crea una realidad paralela que, en su intento de dar sentido a todo, nos aleja de la verdad sobre nosotros mismos. 

Jung quiere recuperar la idea de la vida como misterio. Un misterio al que se enfrenta el hombre constantemente y que no se puede sintetizar ni en un libro, ni en una carta, ni en un análisis psicológico. Quizá ni siquiera en una historia. 
¡Ay de aquellos que viven conforme a ejemplos! La vida no está con ellos. Si vivís conforme a un ejemplo, entonces vivís la vida del ejemplo, mas ¿quién ha de vivir vuestra vida, si no vosotros mismos? (...) Buscáis el camino a través de lo externo, leéis libros y escucháis opiniones: ¿de qué ha de servir eso? Solo hay un camino, y ése es vuestro camino.
Así, Jung, con una lógica aplastante y un par de pinceladas, se carga el trabajo del profesor, del filósofo, del intelectual, del padre, de la autoridad, del blogger (je). Es una ruptura necesaria. Es, de hecho, la ruptura que el profesor, el filósofo, el intelectual o el padre deberían querer provocar. Sí, educar para que se rebelen contra uno. Posibilitar el cambio de paradigma: pasar de la imitación al criterio propio, de la masa a la individualidad, de responsabilizar a los otros a responsabilizarse uno mismo; de entender, en definitiva, la vida como tarea propia. 

Pero entonces, ¿de qué sirve un ejemplo, una orientación?

Pienso en todo esto después de haber escuchado el discurso que Rosa María Calaf dirigió a los alumnos de Periodismo en su ceremonia de graduación. La periodista compartió con nosotros algunas reflexiones sobre la profesión y dejó que nos asomáramos a su actitud ante la vida. Hasta aquí, podríamos decir que fue todo muy anti-jungiano, porque en aquel momento ella fue la misma voz de la experiencia y quedamos con la sensación nebulosa de que esta corresponsal nos había enseñado algo, algo no muy definible, que va más allá del conocimiento.

Por eso, creo que hay puntos en los que Jung y la Calaf coinciden. Ahí es nada. 

Jung, por mucho que renuncie a las indicaciones y se rebele contra las explicaciones, no puede evitar mostrar su camino propio a través de un texto escrito, incluso sin pretender ser emulado. Pero en el acto de ponerlo por palabras ya hay una necesidad de enseñar y un trasvase de conocimiento que, si bien no suple la comprensión por la experiencia personal, la incita.

Las reflexiones de Rosa María Calaf, por otra parte, no fueron dogmas estáticos ni órdenes que asesinaran el misterio del camino personal. Su ejemplo no fue algo cerrado y rotundo, sino inspirador para la propia vida. Se parecía más a un tornado que levanta todo hacia lo alto que a una brisa, suave y tranquila, que deja todo como estaba antes. En este sentido, ambos se encuentran en la frontera entre el educador, el artista y el narrador.

Y aunque estén increíblemente alejados el uno del otro y solo sean comparables en una surrealista entrada de blog, en el fondo, los dos hacen una labor parecida: alimentar el alma.
Amigos míos, es sabio alimentar el alma, de lo contrario estaréis criando dragones y diablos en vuestro corazón.
Después de leer a Jung y después de la graduación pienso en la literatura, el arte, los consejos de los buenos amigos, las miradas de comprensión, las historias que nos contamos unos a otros... Formas de experiencias compartidas que, si no resuelven el misterio, nos permiten enfrentarnos a él con el alma alimentada y el corazón más claro.

sábado, 7 de junio de 2014

Audrey

La mujer que veía demasiadas películas de Audrey Hepburn huyó a París. Quería curarse de mal de amores, comprar un bolso caro y bailar en la calle. Cuando llegó a la estación, François no estaba esperando, cien coreanos hacían fotos y el músico ambulante tocaba los pajaritos con su acordeón. Audrey soltó una carcajada y, de un salto, subió al tren para volver al pueblo cuanto antes.

  

sábado, 31 de mayo de 2014

Cicatrices

Los rayos partían el cielo en dos. El viento arrasaba con las sillas de plástico, las levantaba por los aires y las llevaba hacia no se sabe dónde. Los cigarros, empapados y quebrados, inservibles. 

La lluvia de aquel día era sucia y gris, las gotas golpeaban con rabia y herían los brazos, las manos, los rostros. De las llagas, en vez de sangre roja y fresca, brotaba un barro espeso.

Todo el mundo buscaba refugio desesperadamente, corrían como locos protegiéndose con sus paraguas rotos. Cuando dos miradas casuales se cruzaban, el sentimiento de desamparo se hacía más profundo. Ver los ojos del otro era asomarse a las grietas de un mundo que, horas antes, de tan artificial parecía tan seguro.
Las miradas ya no eran puentes sino abismos entre los hombres.

Aquel día fue muy largo y nadie pudo decir nada. Aquel fue el día de los marginados, de los que gritan y gruñen y hieren con palabras certeras, duras gotas de agua, lágrimas que queman. Aquel día solo sobrevivieron los gitanos, con sus lamentos, sus palmadas, su piel recia, sus miradas toscas. El cielo se abría en dos y dividía la tierra entre los que sienten y los que entienden. Aquel día brotó el aullido sincero del excluido, que escupió sobre el rostro ficticio de la ciudad perfecta. 

Cuando paró la lluvia, el viento y el sol secaron el barro.

Los hombres, las casas, los árboles, las palomas, los cementerios, quedaron como estatuas de lodo quebradizo, cicatrices palpitantes de una ciudad herida, pero aún viva.


martes, 20 de mayo de 2014

Niebla

Cuando Turner hacía sus paisajes de tormentas y cielos en movimiento, en realidad pintaba su alma agitándose nerviosa oculta bajo el estatismo de un cuadro.

Deseo pensar que la figura geométrica de un rectángulo puede contener algo de ser humano.
Deseo pensar que los paisajes del mundo son también paisajes del interior.
Deseo pensar que detrás de la niebla, de la ciudad fría y el azul tenebroso de las nubes, palpita levemente el suave deseo.


domingo, 11 de mayo de 2014

Cínicos

En el metro voy leyendo un pequeño libro de Isaac Asimov que se titula Las palabras y la historia. Incluye voces tan variadas como izquierdista, cobra, mandarina o jaque mate. Asimov explica el origen de estos términos. Me ha impresionado la entrada de "cínico": 

"CÍNICO (...) Uno de sus discípulos, Diógenes, que vivió cerca de Corinto (véase Corinto) llevó estas doctrinas hasta el extremo. Vivía en la mayor indigencia para demostrar que no se necesitaban pertenencias personales para ser virtuoso. Ridiculizaba públicamente todas las costumbres sociales de la época, censurándolas y denominándolas hipócritas. 
Todos los hombres - decía - están forzados a ser deshonestos en sus ansias de riqueza y de confort; y para demostrarlo, iba cada día a la plaza pública, en plena luz solar, con un candil encendido: "Estoy buscando un hombre honesto", decía (...) 
Diógenes y sus sucesores amargaron la vida a la gente del pueblo. Gruñían y ladraban a todo lo que hacía la vida agradable, ridiculizaban todo lo que parecía apetecible y afirmaban que eran honestos, cuando los otros, en realidad, decían que simplemente eran groseros (...) según decían, eran como perros de vigilancia montando guardia delante de las virtudes."


Me ha llamado la atención porque he empezado otro libro - demasiado pesado para llevarlo en el metro - titulado La hoguera de las vanidades, en el que Tom Wolfe describe la hipocresía de los neoyorkinos blancos adinerados. Es una dura sátira que deja al descubierto la miseria moral de un forrado broker de Wall Street. Todo parece indicar que la vanidad y las apariencias son el motor de una sociedad donde la ética es un mero juego de palabras. El protagonista, Sherman McCoy es un cínico. Un cínico según la acepción de la RAE: " Que muestra desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables".

Me pregunto si no necesitaremos más cínicos griegos para acabar con los cínicos que define la RAE.
Quizá solo en ese cinismo encuentra el arte su relevancia social, su verdadera función. Quizá la cultura debe ser siempre grosera, siempre honesta, para cumplir su rol de perro vigilante.

sábado, 26 de abril de 2014

Palabras

Seguro que debe de haber por ahí una palabra alemana que defina el profundo gozo que se experimenta en estas dos situaciones:
- cuando encontramos un interlocutor que nos entiende y se llega a una comunicación casi perfecta
- cuando encontramos un libro, una película, que pone palabras a lo que no sabíamos que teníamos dentro y, de pronto, nos reconocemos
En ambos casos hay una experiencia de comunicación plena, de gran belleza - aunque duela.
En ningún caso podríamos preverlo, quizá solo intuirlo. 
Lo verdadero suele aparecer disfrazado de irracionalidad. Por eso dudamos. Pero: "Cuando la Naturaleza habla en el fondo de nuestra alma con voz tan clara y tono tan decisivo es necedad el no escucharla."

Ruinas de la biblioteca de Sarajevo - Gervasio Sánchez

martes, 8 de abril de 2014

Juan Pablo II

"¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas. Apenas tres horas hasta la medianoche y después viene la manaña."

Esta cita pertenece a un discurso que pronunció Juan Pablo II hace once años en Madrid. Es una digresión en medio de un texto perfectamente construido; son unas palabras espontáneas.

En youtube está el vídeo en el que el Papa pronuciaba esta frase, que aquí vemos tan bien redactada con sus puntos y comas. Ver este fragmento del discurso ayuda a contextualizar la cita. Juan Pablo II se paró, estaba agotado, no podía seguir hablando, y la gente empezó a aplaudir. Un diálogo imposible entre un hombre de ochenta años recordando la razón de su vida (merece la pena, dijo) y una masa de personas intentando mostrarle cariño de alguna forma. Comunicación nula. Él quiere hablar y, como con un viejo conocido, ellos están felices solo con verle. No puede seguir con el texto. Intenta improvisar, hacer una broma, insinuar que quedan pocas horas de luz y no podrá continuar leyendo. 

"¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? Tres horas." La masa vuelve a la carga, gritan - insensatos, absurdos - que se quede, que no se vaya. Entonces él hace lo que siempre le caracterizó: olvidarse del cargo y dejar ver al hombre detrás del Papa.


Es solo un momento, pero creo que en este intervalo, en este hueco en el discurso, Juan Pablo II muestra sencillamente a un hombre al final de su vida. Ha dicho públicamente que tiene ochenta y tres años y acaba de recordar su ordenación sacerdotal - su decisión vital más importante. Cuando gritan que no se vaya, ellos dicen que se quede en Madrid. Cuando él oye eso, quizá piensa en su partida definitiva. "Tres horas..." Las voces de los jóvenes hieren, como hieren los recuerdos felices, como hieren las caricias de despedida. De hecho, todos los que estábamos allí acudimos convencidos de que sería la última vez que le veríamos. Pero nadie pensó en la melancolía de Juan Pablo II. La masa siempre olvida al individuo, incluso al que les unió. El diálogo era imposible. 

Después de un silencio denso, él parece recobrar la fuerza. Mira al frente y levanta la mano con la palma abierta, como calmando y bendiciendo al mismo tiempo. Marcando cada palabra, intentando seguir con la broma, dice: "apenas tres horas hasta la medianoche". Ese apenas es quizá el que muestra un cambio emocional, una rendija donde se cuela la tristeza. Pero sigue: "y después... ¡a la mañana!"

Efectivamente, el Papa celebraría una misa la mañana siguiente. Así se despreocupa de un plumazo, sigue con el discurso, termina el ligero desvío y la normalidad se impone. Dice "¡a la mañana!", enviándolo todo a freír espárragos, diciendo que ya habrá tiempo de volver a verse, que no es para tanto, que la cosa no termina aquí.

La palabra escrita es incapaz de igualar a la palabra hablada, pero siempre la ilumina y siempre nos interpela personalmente. Cuando la palabra escrita embellece la oral, decimos que es literatura. Para mí, esta frase tiene algo lírico.

¿Cuántas horas tenemos hasta la medianoche? 
Tres horas.
Apenas tres horas hasta la medianoche, 
y después viene la manaña.

Para los que sentimos el fallecimiento de Juan Pablo II hace nueve años, estas palabras están teñidas de melancolía, fuerza y esperanza. Para los que estábamos allí escuchando en directo, estas palabras no fueron más que un alivio cómico.

Quizá es en los márgenes de lo desapercibido, en los huecos de los discursos, en lo indirecto, en la ligereza de una broma, donde se encuentra lo más sincero. Quizá solo ahí podemos comunicarnos. Pero hay que escuchar atentamente, y leer de vez en cuando.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Metamorfosis

Cuando un escritor te posee, su voz se mete dentro de tus intestinos, su lenguaje se fusiona extrañamente con el tuyo y empiezas a mutar lentamente, hasta que la transformación se hace evidente, tan palpable que a tu alrededor lo notan y te miran como si te estuvieras convirtiendo en insecto, en cucaracha, en un parásito repugnante que encerrar en una habitación y al que pasarle pedazos de tarta de cumpleaños por debajo de la puerta.

Cuando eso sucede, y eres incapaz de huir del escritor que ya ha penetrado en ti, con su incomunicación, su soledad y su profunda tristeza de atardecer y árboles ceniza, entonces, lo único que queda es emborracharse.

Beber como una cuba, bailar claqué en la barra del bar y gritar "hijo mío, hijo mío, cuánto te he buscado" a cualquiera que pase. Emborracharse y entrar en la inauguración de una exposición donde proyectan un corto de un padre que quiere matar a su hijo con un hacha porque es un tronco. Y el bebé tronquito berrea en la cuna, su padre amenaza con el hacha y la mujer le suplica compasión. Es imposible ver esta escena, con cuatro cervezas y dos gin-tonics encima, y no reírte a carcajadas, dando pisotones en el suelo y retorciéndote por las paredes de la exposición, ante la atónita mirada del cantante de Manos de Topo, que toma un piscolabis con tu jefe.

Cuando estás borracha, en medio de la Metamorfosis con tu propia metamorfosis, solo una viejecilla puede salvarte. Una abuela de metro cincuenta con joroba (un metro sin ella), con el brazo torcido, que parece salida de un teatro de marionetas de principios de siglo XX y roba cacahuetes de las mesas. Se acerca y susurra: "después de todo, lo más correcto es largarse." Abre la boca para carcajearse y puedo ver los restos de cacahuetes en sus muelas. Se parte de risa en silencio, sin emitir el mínimo sonido. Quizá sí está emitiendo sonidos y yo no la oigo, quizá la señora en realidad sea alta y esbelta, quizá no he vivido nada de lo que he vivido porque estaba poseída por el escritor. Pero no importa si es verdad o mentira, basta con sentirse pequeño y silencioso, como un diminuto bichito que se aleja tambaleándose por una esquina, con sonrisa bobalicona de borracho, pensando que no hay nada como asomarse al abismo de cuando en cuando para mantener la cordura. 


sábado, 22 de marzo de 2014

Uno. Goethe y Bradbury

"¡Ah! lo que yo sé puede saberlo cualquiera - mi corazón no es más que mío", dice Werther, dice Goethe.

El Goethe romántico, el que cuenta la tragedia de Werther y Charlotte, el que llevó a los jóvenes a suicidarse por amor, el del romanticismo de verdad y no de aquel otro, ya nos lo dijo. Que el mayor misterio y la mayor delicia y el más terrible peligro es descubrir que uno es uno y no otro. 

El Goethe desesperado, el del Fausto entregado a la vida, que quiere experimentar todo y todo a la vez, gritó "¡instante detente!" suplicando, angustiado y ciego, permanecer siempre ahí. Ahí donde uno olvida lo que sabe y no sabe, lo que entiende y no entiende, ahí donde uno es sin saber qué es.



En las poesías de Ray Bradbury también late el corazón de un hombre que ama irracionalmente, que busca a tientas, fragmentado; sabiendo que ser hombre quizá es ser varios. Ser varios para ser él mismo.

"Apaga la luz, después enciende una cerilla,
levanta la escotilla de la vieja caja de Pandora,
deja que salga la medianoche, emborráchate
de sidra de manzana al mediodía, de cerveza de trébol por la mañana,
sé el vagabundo de ambos tiempos:
el día que despega,
la noche que se mustia.
Pero por encima de cualquier cosa, comprueba
si son de verdad todos tus yoes internos.
(...)
Corre velozmente a través de la Nada.
¡Lo escribes o se olvida!"

Su obra se titula Vivo en lo invisible. Sus poesías son ligeras, son cantos a la risa y el agua, a la vida fugaz y al Dios que refugia. Bradbury no pesa. Vive en lo que no cambia, en lo que no camina ni se para, en el continuo suspenso, en la brisa callada.

"Siempre llevo conmigo lo invisible,
las cosas que sé pero no conozco 
y pretendo averiguar a tientas
en este país de ciegos
que es la mente y cada pensamiento 
y todo cambio climatológico interior. 
(...)
Grito ¡Detente! 
y el balón, en los versos,
se queda suspendido entre los árboles
para nunca bajar.
Así que ya ves, es cierto,
siempre llevo conmigo lo invisible
igual que tú lo llevas hecho visible en ti."

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Blow out the light, then strike a match,
lift hatch on old Pnadora's trunk,
let out midnight, then get drunk,
on moontime ciders, morning clover,
be the rover of both hours,
the day that sours,
the dark that tours.
But above all, listen, you,
to all your inner selves be true.
(...)
Run swiftly then through all that's Not.
Scribble it down! Or it's forgot!
------
I carry always the invisible
the things I know but do not know
and try to find, with a blind hand
in that country of the blind
that is the mind and all its thought
and every inner change of weather.
(...)
I cry freeze
and the ball in a poem
stays suspended in trees
and will never come down.
So you see, it is true
I carry always the invisible to me
as you carry that invisible made visible in you."

jueves, 20 de febrero de 2014

Codazos

Cuando un niño, comiendo uno de esos palitos de pan con pipas, se gira en el asiento del bus y te pregunta con lengua de trapo a bocajarro si tienes novio, es que la cosa va en serio.
He optado por el silencio y la sonrisa tierna.
Luego me ha preguntado si se me ha muerto alguien.
Sonrisa congelada y mirada de desconcierto.
Supongo que era porque iba de negro.
Su amiga le ha dado un codazo que intentaba ser discreto; el chico ha reaccionado rápido. "¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luis." Y después de intentar impresionarme mordisqueando con las paletas un palito de pan, a toda velocidad, como si fuera un ratoncillo hambriento, ha suspirado: "Marina, el amor de mi vida." Otro codazo de la amiga. Amiga lista que luego cuchicheaba en la oreja del pobre romántico para que dijera más cosas y así seguir dando codazos.
Al ver que ni sus habilidades maxilares ni los ayes melancólicos acababan de conquistarme, se ha lanzado con el estribillo de "Tenía tanto que darte", de Nena Daconte. En pleno autobús. A capella. Su abuela tirándole de la chaqueta. Y mi sonrisa, ante tanto despliegue de emociones, se ha vuelto desconfiada.
En esa espontánea declaración de amor, con preguntas inoportunas y migas de pan en las comisuras de los labios, ¿no había cierta ironía? ¿No era consciente ya desde un principio el chavalín de que en cinco paradas se acabó la historia, de que esto no iba a ninguna parte? ¿No estaba buscando una excusa para dar la brasa en el bus, que es lo que de verdad gusta a los niños, y no las señoras con gafas que visten de negro? ¿No era todo una farsa, divertida e ingenua, farsa? 
Ajá.
Mi pretendiente grita de entusiasmo. Se rompe el hechizo. El conductor ha sacado la rampa y Luis - "Luigi en italiano", había dicho el muy galán hacía dos minutos, - se queda absorto con la operación. La rampa sale automáticamente, se para en el suelo, sube una señora con silla de ruedas, vuelve a subir la rampa. El niño no aparta los ojos, embobado. 
Nuevo codazo. "Pídele perdón. Dile que perdón por las molestias", susurra la niña. 
Luigi, el pequeño irónico, mirando de reojo por la ventana en busca de algo más interesante que yo misma o la recién descubierta y ya despreciada rampa, repite cuatro veces burlándose: "perdón, perdón, perdón, ¡perdón!"
No contesto. Sonrío, porque sé que todo era una broma y sé que él sabe que no me he enfadado en realidad. 
Pero los dos también sabemos que hay que hacer caso a los mayores. Aunque son ellos los que no entienden, los que se empeñan en decir palabras que para nosotros no significan nada y quieren que las repitamos.

Los mayores, esas niñas dando codazos.

domingo, 9 de febrero de 2014

The Road

Sigo bajo los efectos de The Road, la película perfecta para uno de esos días en que tienes la garganta seca y áspera por el humo de cigarro.

"Pronto caerán todos los árboles", dice la voz de Viggo Mortensen al inicio de la película. 

Introduce al espectador en el lirismo y la tragedia del fin del mundo, describe un paisaje que no es un lugar geográficamente reconocible y, de alguna forma, con esta simple frase, nos traslada hasta él.
Pronto Primero conocemos la sentencia. Todo está decidido. Y, sin embargo, la frase continúa. Tiene que hacerlo.
Caerán es desplomarse, derrumbarse, dejarse llevar por la tierra que arrastra, no luchar, no poder, no querer, no saber mantenerse a flote. Es un verbo en futuro, en movimiento. Ni de pie ni ya en el suelo. Vacío. Ignorar cuándo acabará todo. Caer es la espera de un veredicto que se sabe inevitable y, por ello, terrible. 
Todos. El adjetivo de la verdad y la desesperación, de la limitación humana y la fragilidad. Con su poder absoluto, todos nos predestina a la muerte.
Los árboles, lo que siempre había estado ahí sin saber cómo, sin merecerlo, sin quererlo, sin ni siquiera intentar entenderlo, sin pedir nada a cambio. La vida en su pureza cristalina.
Caerán todos los árboles, nos dice el protagonista, o Cormac McCarthy, o el guionista, da igual: la puta vida en cualquiera de sus versiones.



Y, sin embargo, la película continúa. Tiene que hacerlo.

Padre e hijo caminan hacia el sur. El viaje de los protagonistas se intercala con flashbacks de su vida anterior, cuando la madre aún estaba con ellos. En el universo de The Road, el amor es una casa en ruinas, es la piel muerta de un recuerdo. Como dice Mortensen en un momento de la película, es difícil recordar las viejas historias de justicia. La humanidad caída se arrastra. Literalmente. Ya no hay nada que decir.

Muertos de hambre, de frío y de miedo, siguen adelante. Solo una cosa les diferencia de los caníbales y asesinos que aparecen en su ruta: se cuidan el uno al otro. Se cuidan porque sí, porque quieren, porque lo han decidido, porque quieren llegar al mar. Uno es padre y otro hijo. Son los últimos árboles que permanecen en pie, inocentes pero fuertes, con la mirada clara pero el arma en la mano, temblando de terror y abrazándose con ternura. "Tienes que encontrar a los buenos pero no puedes correr riesgos." El corazón al borde del desfiladero. 

"Cuando no tengo nada más, intento soñar los sueños en la imaginación de un niño." La esperanza que no es verde ni azul sino un océano de agua gris, la esperanza que hiere y sana al mismo tiempo, que está ahí pero que hay que proteger, esa esperanza que parece jirones de cielo arrancados con las uñas. La esperanza en la mirada de un crío perdido. Eso es The Road.

sábado, 11 de enero de 2014

Y punctum

Todo ha empezado por este cortometraje:


Porque, estando la historia ahí delante, con sus dibujos, sus bailes, sus personajes e incluso su punto final, cada uno ve algo diferente.

Probablemente haya una interpretación que se aproxime más a la intención del autor, quizá unos argumentos sean más sólidos que otros para defender lo que ha pasado entre los dos protagonistas y puede que los puntos de vista de distintas personas sean radicalmente contrarios... pero lo que me gustaría descubrir no es "la verdad" de este film sino cómo una misma película puede crear emociones tan diferentes en los espectadores.

Está claro que la predisposición es fundamental. Pero hay una serie de elementos biográficos, psicológicos y culturales que apenas controlamos y que condicionan nuestra forma, por una parte, de percibir la realidad misma y, por otra, de proyectar esa percepción sobre las representaciones ajenas.

No es que el individuo sea una especie de preparado de ingredientes batidos en la Thermomix que simplemente va reflejándose en todo lo que le rodea. Al contrario, creo que es "ese mundo de ahí fuera" el que - sin nuestra intervención - nos golpea y despierta en nosotros quizá emociones, recuerdos o pensamientos que estaban dormidos.

En otro contexto, es lo que Roland Barthes definía como el studium y el punctum. El studium es aquello que sentimos al aproximarnos a algo movidos por la curiosidad o un interés analítico, de estudio. En este caso fue porque alguien se empeñó en que viera el cortometraje en cuestión. El punctum es la emoción punzante que parece atravesarnos al ver una fotografía, una película o leer un verso de un poema, porque de alguna forma accede a aquel sentimiento concreto, con un matiz específico y una intensidad paralizante. 

Explicar cómo funciona el studium parece más fácil por ser objetivo y aplicable a un grupo de gente con un mismo tipo de intereses. Por ejemplo: cómo está contada una historia hace que sea más apropiada para un tipo de público, también se puede valorar su interés en un momento histórico o prever su impacto social. Sin embargo, el punctum es tan íntimo que probablemente no seamos conscientes de que está ahí hasta que la representación, o la realidad misma, lo sacuden y desempolvan. De hecho, quizá sea el punctum el fundamento de nuestra identidad, al dibujar esa fina línea que une lo objetivo y lo subjetivo, lo de dentro y lo de fuera.

En mi caso, el punctum (de haberlo) está en el minuto 02:43, en ese momento en que la protagonista no solo está nítidamente dibujada sino sombreada, como si se hubiera vuelto demasiado real. Esa imagen en la que sus manos se separan de las del chico, en solo unos segundos y con un sencillo matiz del dibujante, parece resumir el conflicto de los personajes y el núcleo de su drama.

Por supuesto, hay otras razones personales para entender por qué mi interpretación del vídeo se basa en esta breve secuencia; sin embargo - como ya ha quedado explicado -, el punctum pertenece a la intimidad de la autora. Solo diré que me ha sorprendido y me ha hecho pensar. No soy Barthes y no tengo por qué hablar de estas cosas.