jueves, 20 de febrero de 2014

Codazos

Cuando un niño, comiendo uno de esos palitos de pan con pipas, se gira en el asiento del bus y te pregunta con lengua de trapo a bocajarro si tienes novio, es que la cosa va en serio.
He optado por el silencio y la sonrisa tierna.
Luego me ha preguntado si se me ha muerto alguien.
Sonrisa congelada y mirada de desconcierto.
Supongo que era porque iba de negro.
Su amiga le ha dado un codazo que intentaba ser discreto; el chico ha reaccionado rápido. "¿Cómo te llamas? Yo me llamo Luis." Y después de intentar impresionarme mordisqueando con las paletas un palito de pan, a toda velocidad, como si fuera un ratoncillo hambriento, ha suspirado: "Marina, el amor de mi vida." Otro codazo de la amiga. Amiga lista que luego cuchicheaba en la oreja del pobre romántico para que dijera más cosas y así seguir dando codazos.
Al ver que ni sus habilidades maxilares ni los ayes melancólicos acababan de conquistarme, se ha lanzado con el estribillo de "Tenía tanto que darte", de Nena Daconte. En pleno autobús. A capella. Su abuela tirándole de la chaqueta. Y mi sonrisa, ante tanto despliegue de emociones, se ha vuelto desconfiada.
En esa espontánea declaración de amor, con preguntas inoportunas y migas de pan en las comisuras de los labios, ¿no había cierta ironía? ¿No era consciente ya desde un principio el chavalín de que en cinco paradas se acabó la historia, de que esto no iba a ninguna parte? ¿No estaba buscando una excusa para dar la brasa en el bus, que es lo que de verdad gusta a los niños, y no las señoras con gafas que visten de negro? ¿No era todo una farsa, divertida e ingenua, farsa? 
Ajá.
Mi pretendiente grita de entusiasmo. Se rompe el hechizo. El conductor ha sacado la rampa y Luis - "Luigi en italiano", había dicho el muy galán hacía dos minutos, - se queda absorto con la operación. La rampa sale automáticamente, se para en el suelo, sube una señora con silla de ruedas, vuelve a subir la rampa. El niño no aparta los ojos, embobado. 
Nuevo codazo. "Pídele perdón. Dile que perdón por las molestias", susurra la niña. 
Luigi, el pequeño irónico, mirando de reojo por la ventana en busca de algo más interesante que yo misma o la recién descubierta y ya despreciada rampa, repite cuatro veces burlándose: "perdón, perdón, perdón, ¡perdón!"
No contesto. Sonrío, porque sé que todo era una broma y sé que él sabe que no me he enfadado en realidad. 
Pero los dos también sabemos que hay que hacer caso a los mayores. Aunque son ellos los que no entienden, los que se empeñan en decir palabras que para nosotros no significan nada y quieren que las repitamos.

Los mayores, esas niñas dando codazos.

domingo, 9 de febrero de 2014

The Road

Sigo bajo los efectos de The Road, la película perfecta para uno de esos días en que tienes la garganta seca y áspera por el humo de cigarro.

"Pronto caerán todos los árboles", dice la voz de Viggo Mortensen al inicio de la película. 

Introduce al espectador en el lirismo y la tragedia del fin del mundo, describe un paisaje que no es un lugar geográficamente reconocible y, de alguna forma, con esta simple frase, nos traslada hasta él.
Pronto Primero conocemos la sentencia. Todo está decidido. Y, sin embargo, la frase continúa. Tiene que hacerlo.
Caerán es desplomarse, derrumbarse, dejarse llevar por la tierra que arrastra, no luchar, no poder, no querer, no saber mantenerse a flote. Es un verbo en futuro, en movimiento. Ni de pie ni ya en el suelo. Vacío. Ignorar cuándo acabará todo. Caer es la espera de un veredicto que se sabe inevitable y, por ello, terrible. 
Todos. El adjetivo de la verdad y la desesperación, de la limitación humana y la fragilidad. Con su poder absoluto, todos nos predestina a la muerte.
Los árboles, lo que siempre había estado ahí sin saber cómo, sin merecerlo, sin quererlo, sin ni siquiera intentar entenderlo, sin pedir nada a cambio. La vida en su pureza cristalina.
Caerán todos los árboles, nos dice el protagonista, o Cormac McCarthy, o el guionista, da igual: la puta vida en cualquiera de sus versiones.



Y, sin embargo, la película continúa. Tiene que hacerlo.

Padre e hijo caminan hacia el sur. El viaje de los protagonistas se intercala con flashbacks de su vida anterior, cuando la madre aún estaba con ellos. En el universo de The Road, el amor es una casa en ruinas, es la piel muerta de un recuerdo. Como dice Mortensen en un momento de la película, es difícil recordar las viejas historias de justicia. La humanidad caída se arrastra. Literalmente. Ya no hay nada que decir.

Muertos de hambre, de frío y de miedo, siguen adelante. Solo una cosa les diferencia de los caníbales y asesinos que aparecen en su ruta: se cuidan el uno al otro. Se cuidan porque sí, porque quieren, porque lo han decidido, porque quieren llegar al mar. Uno es padre y otro hijo. Son los últimos árboles que permanecen en pie, inocentes pero fuertes, con la mirada clara pero el arma en la mano, temblando de terror y abrazándose con ternura. "Tienes que encontrar a los buenos pero no puedes correr riesgos." El corazón al borde del desfiladero. 

"Cuando no tengo nada más, intento soñar los sueños en la imaginación de un niño." La esperanza que no es verde ni azul sino un océano de agua gris, la esperanza que hiere y sana al mismo tiempo, que está ahí pero que hay que proteger, esa esperanza que parece jirones de cielo arrancados con las uñas. La esperanza en la mirada de un crío perdido. Eso es The Road.