sábado, 31 de mayo de 2014

Cicatrices

Los rayos partían el cielo en dos. El viento arrasaba con las sillas de plástico, las levantaba por los aires y las llevaba hacia no se sabe dónde. Los cigarros, empapados y quebrados, inservibles. 

La lluvia de aquel día era sucia y gris, las gotas golpeaban con rabia y herían los brazos, las manos, los rostros. De las llagas, en vez de sangre roja y fresca, brotaba un barro espeso.

Todo el mundo buscaba refugio desesperadamente, corrían como locos protegiéndose con sus paraguas rotos. Cuando dos miradas casuales se cruzaban, el sentimiento de desamparo se hacía más profundo. Ver los ojos del otro era asomarse a las grietas de un mundo que, horas antes, de tan artificial parecía tan seguro.
Las miradas ya no eran puentes sino abismos entre los hombres.

Aquel día fue muy largo y nadie pudo decir nada. Aquel fue el día de los marginados, de los que gritan y gruñen y hieren con palabras certeras, duras gotas de agua, lágrimas que queman. Aquel día solo sobrevivieron los gitanos, con sus lamentos, sus palmadas, su piel recia, sus miradas toscas. El cielo se abría en dos y dividía la tierra entre los que sienten y los que entienden. Aquel día brotó el aullido sincero del excluido, que escupió sobre el rostro ficticio de la ciudad perfecta. 

Cuando paró la lluvia, el viento y el sol secaron el barro.

Los hombres, las casas, los árboles, las palomas, los cementerios, quedaron como estatuas de lodo quebradizo, cicatrices palpitantes de una ciudad herida, pero aún viva.


martes, 20 de mayo de 2014

Niebla

Cuando Turner hacía sus paisajes de tormentas y cielos en movimiento, en realidad pintaba su alma agitándose nerviosa oculta bajo el estatismo de un cuadro.

Deseo pensar que la figura geométrica de un rectángulo puede contener algo de ser humano.
Deseo pensar que los paisajes del mundo son también paisajes del interior.
Deseo pensar que detrás de la niebla, de la ciudad fría y el azul tenebroso de las nubes, palpita levemente el suave deseo.


domingo, 11 de mayo de 2014

Cínicos

En el metro voy leyendo un pequeño libro de Isaac Asimov que se titula Las palabras y la historia. Incluye voces tan variadas como izquierdista, cobra, mandarina o jaque mate. Asimov explica el origen de estos términos. Me ha impresionado la entrada de "cínico": 

"CÍNICO (...) Uno de sus discípulos, Diógenes, que vivió cerca de Corinto (véase Corinto) llevó estas doctrinas hasta el extremo. Vivía en la mayor indigencia para demostrar que no se necesitaban pertenencias personales para ser virtuoso. Ridiculizaba públicamente todas las costumbres sociales de la época, censurándolas y denominándolas hipócritas. 
Todos los hombres - decía - están forzados a ser deshonestos en sus ansias de riqueza y de confort; y para demostrarlo, iba cada día a la plaza pública, en plena luz solar, con un candil encendido: "Estoy buscando un hombre honesto", decía (...) 
Diógenes y sus sucesores amargaron la vida a la gente del pueblo. Gruñían y ladraban a todo lo que hacía la vida agradable, ridiculizaban todo lo que parecía apetecible y afirmaban que eran honestos, cuando los otros, en realidad, decían que simplemente eran groseros (...) según decían, eran como perros de vigilancia montando guardia delante de las virtudes."


Me ha llamado la atención porque he empezado otro libro - demasiado pesado para llevarlo en el metro - titulado La hoguera de las vanidades, en el que Tom Wolfe describe la hipocresía de los neoyorkinos blancos adinerados. Es una dura sátira que deja al descubierto la miseria moral de un forrado broker de Wall Street. Todo parece indicar que la vanidad y las apariencias son el motor de una sociedad donde la ética es un mero juego de palabras. El protagonista, Sherman McCoy es un cínico. Un cínico según la acepción de la RAE: " Que muestra desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables".

Me pregunto si no necesitaremos más cínicos griegos para acabar con los cínicos que define la RAE.
Quizá solo en ese cinismo encuentra el arte su relevancia social, su verdadera función. Quizá la cultura debe ser siempre grosera, siempre honesta, para cumplir su rol de perro vigilante.