sábado, 28 de junio de 2014

Tres microrrelatos

TUPÉ
Llevaba un tupé de los años 50, estilo Elvis. Un tupé negro, brillante, que procuraba no mojar cuando se bañaba en la playa y que atusaba suavemente cada cinco minutos, mientras repetía un convencimiento inventado deseando creer que era cierto: "tienes algo que nadie tiene." Lo que no se recordaba tan frecuentemente era que había cumplido sesenta años y hacía veinte que no reía y diez que no lloraba. Por supuesto, también olvidó que el falso tupé lo ganó su hermano en la feria del pueblo, que él se lo robó para luego robarle la novia y que cuando ésta descubrió el engaño, él tuvo que salir corriendo de la casa en cueros porque ella amenazaba con arrancarle el maldito pelo de cuajo. No, no recordaba ya que, de toda la farsa de su vida miserable solo le quedaba aquel reluciente tupé. Nada le importaba más que intentar ser otro hasta el extremo, para olvidar su edad, su soledad y cuánto hacía que se ocultaba en una vida ajena. Pensaba que cuanto más se disfrazara, menos le verían.

Bajó a la playa con su bañador rojo y el pelo que parecía nuevo. "-Mira, ahí va el del tupé. - Siempre a esta hora, siempre con ese pelo, tan feo, tan de caseta de feria. - Dicen que robó la novia a su propio hermano. - Dicen que él mismo ya no sabe si su pelo es verdadero o falso. - Dicen que ya no sabe si él es él o es otro."

Y acariciando la peluca, él repetía "tengo algo que nadie tiene... tengo algo que nadie tiene". 

TARDE DE VERANO
El corazón le dio un vuelco al escuchar aquel nombre en una tarde de verano cuando el sol hacía hervir las calles y la gente no se atrevía a salir de casa. En aquella calle aquella tarde, después de treinta años, aquel nombre resucitó la asesinada, enterrada y olvidada sensación de que existía una posibilidad de una vida diferente quizá feliz. 

EPÍLOGO
Dobló la esquina, bajó los párpados, cerró los oídos, olvidó las palabras y todo lo aprendido. Borró las risas, ahuyentó los recuerdos y se sumergió en el ahora del soplo de viento. Se escuchó por fin a sí mismo decir un "gracias" que sonó a plegaria que sonó sincera.






domingo, 15 de junio de 2014

Discursos

Escribe Jung en el Libro Rojo:
Comprender una cosa es puente y posibilidad de retorno a la vía. Explicar una cosa es, sin embargo, capricho y hasta un asesinato. ¿Has contado los asesinos entre los eruditos?
Los discursos, las palabras, los consejos y las indicaciones matan la verdadera comprensión, que solo puede venir por la experiencia individual. Cualquier intento de traducción es vano. La explicación crea una realidad paralela que, en su intento de dar sentido a todo, nos aleja de la verdad sobre nosotros mismos. 

Jung quiere recuperar la idea de la vida como misterio. Un misterio al que se enfrenta el hombre constantemente y que no se puede sintetizar ni en un libro, ni en una carta, ni en un análisis psicológico. Quizá ni siquiera en una historia. 
¡Ay de aquellos que viven conforme a ejemplos! La vida no está con ellos. Si vivís conforme a un ejemplo, entonces vivís la vida del ejemplo, mas ¿quién ha de vivir vuestra vida, si no vosotros mismos? (...) Buscáis el camino a través de lo externo, leéis libros y escucháis opiniones: ¿de qué ha de servir eso? Solo hay un camino, y ése es vuestro camino.
Así, Jung, con una lógica aplastante y un par de pinceladas, se carga el trabajo del profesor, del filósofo, del intelectual, del padre, de la autoridad, del blogger (je). Es una ruptura necesaria. Es, de hecho, la ruptura que el profesor, el filósofo, el intelectual o el padre deberían querer provocar. Sí, educar para que se rebelen contra uno. Posibilitar el cambio de paradigma: pasar de la imitación al criterio propio, de la masa a la individualidad, de responsabilizar a los otros a responsabilizarse uno mismo; de entender, en definitiva, la vida como tarea propia. 

Pero entonces, ¿de qué sirve un ejemplo, una orientación?

Pienso en todo esto después de haber escuchado el discurso que Rosa María Calaf dirigió a los alumnos de Periodismo en su ceremonia de graduación. La periodista compartió con nosotros algunas reflexiones sobre la profesión y dejó que nos asomáramos a su actitud ante la vida. Hasta aquí, podríamos decir que fue todo muy anti-jungiano, porque en aquel momento ella fue la misma voz de la experiencia y quedamos con la sensación nebulosa de que esta corresponsal nos había enseñado algo, algo no muy definible, que va más allá del conocimiento.

Por eso, creo que hay puntos en los que Jung y la Calaf coinciden. Ahí es nada. 

Jung, por mucho que renuncie a las indicaciones y se rebele contra las explicaciones, no puede evitar mostrar su camino propio a través de un texto escrito, incluso sin pretender ser emulado. Pero en el acto de ponerlo por palabras ya hay una necesidad de enseñar y un trasvase de conocimiento que, si bien no suple la comprensión por la experiencia personal, la incita.

Las reflexiones de Rosa María Calaf, por otra parte, no fueron dogmas estáticos ni órdenes que asesinaran el misterio del camino personal. Su ejemplo no fue algo cerrado y rotundo, sino inspirador para la propia vida. Se parecía más a un tornado que levanta todo hacia lo alto que a una brisa, suave y tranquila, que deja todo como estaba antes. En este sentido, ambos se encuentran en la frontera entre el educador, el artista y el narrador.

Y aunque estén increíblemente alejados el uno del otro y solo sean comparables en una surrealista entrada de blog, en el fondo, los dos hacen una labor parecida: alimentar el alma.
Amigos míos, es sabio alimentar el alma, de lo contrario estaréis criando dragones y diablos en vuestro corazón.
Después de leer a Jung y después de la graduación pienso en la literatura, el arte, los consejos de los buenos amigos, las miradas de comprensión, las historias que nos contamos unos a otros... Formas de experiencias compartidas que, si no resuelven el misterio, nos permiten enfrentarnos a él con el alma alimentada y el corazón más claro.

sábado, 7 de junio de 2014

Audrey

La mujer que veía demasiadas películas de Audrey Hepburn huyó a París. Quería curarse de mal de amores, comprar un bolso caro y bailar en la calle. Cuando llegó a la estación, François no estaba esperando, cien coreanos hacían fotos y el músico ambulante tocaba los pajaritos con su acordeón. Audrey soltó una carcajada y, de un salto, subió al tren para volver al pueblo cuanto antes.