jueves, 11 de septiembre de 2014

¡Novela romántica! ¿Qué esperabas?

¡Melisande!¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin es una novela de amor que recuerda a Salinger. Hacía tiempo que no leía un libro romántico, creo que desde las Brontë y Jane Austen, allá en la adolescencia, y me alegro de haber vuelto a este tema con un libro tan original, inesperado, no tanto por lo que cuenta sino por la forma en que lo hace. Está escrito con estilo, con cierta sofisticación.

Los personajes principales son Melisande (la chica en cuestión) y el narrador, Hoo. Su historia de empieza en los años de instituto, cuando comparten su pasión por el conocimiento, la poesía y la búsqueda espiritual. La novela recorre las memorias del narrador desde aquella época hasta la actualidad, décadas después. Es una mirada nostálgica sobre el descubrimiento del otro, de uno mismo y, en cierta manera, Halkin presenta una visión del amor como aprendizaje.



Aparece ya en el título: el amor es primero una exclamación, un nombre ajeno que nos apela y golpea, despertándonos a algo totalmente nuevo, irracional. Es un caer en la cuenta, la fracción de segundo en la que abrimos los ojos al otro. Después del asombro, del descubrimiento, llega la interrogación que, de nuevo, se dirige  hacia el exterior y también hacia uno mismo. Es una duda - qué son los sueños - a veces melancólica, irritada o esperanzada, a veces susurrada al oído y a veces gritada desde la inconsciencia, pero que exige respuesta.

Como muestra el final de libro, es una cuestión que no se contesta desde la literatura misma, sino desde la vida - como sucede, es lógico, con todas aquellas preguntas que comprometen la existencia. Aprender a amar, en el fondo, es aprender a vivir y bajo ese prisma, Hillel Halkin une ternura, cotidianidad, equivocaciones... con conversaciones filosóficas y consideraciones religiosas. Es una obra que sorprende, que se disfruta leyendo y cuyos personajes, sin tener tanta personalidad como los de Salinger, dejan aquella fantástica sensación de algo así como: "quisiera poder abrir una ventana y ver tu vida de vez en cuando, simplemente para saber cómo va todo."

martes, 2 de septiembre de 2014

Arenas movedizas

Hace poco escuché una frase que no puedo recordar de quién es: "las excusas matan el arrepentimiento".

Todos los personajes de La hoguera de las vanidades caminan en el filo de la conciencia y asfixian su capacidad de arrepentimiento con una avalancha de excusas.

El autor, Tom Wolfe, dibuja unos perfiles tan realistas que parece haber creado personas libres, independientes del narrador, con personalidad propia. Bastan un par de detalles y unos adjetivos perfectamente seleccionados para introducir al lector en la psicología de los protagonistas y hacerle partícipe de sus debates internos. La retórica, los eufemismos y las justificaciones se dan, primero, en el pensamiento de los personajes y, luego, en sus acciones. Las palabras que eligen para auto-relatarse las situaciones determinan las decisiones que toman.
Estas decisiones, grandes y pequeñas, poco a poco, a lo largo de las seiscientas páginas, se entretejen con las excusas, que orientan las nuevas decisiones... y así, caminando por las arenas movedizas de la corrupción y el egoísmo, van cayendo sepultados todos los personajes. Solo la sátira magistral de Wolfe logra crear una distancia respecto a la narración y ver a los protagonistas como verdaderamente son: torcidos hipócritas demasiado cobardes para enfrentarse a sus miserias cara a cara llamándolas por su nombre.

Seres humanos, en definitiva.

Tom Wolfe - The New York Times.
El ejemplo más claro es el millonario Sherman McCoy, protagonista de la novela. Cada vez que se acerca al arrepentimiento o cuando se le presenta la oportunidad de expresar un sentimiento sincero, se llena de pánico, vergüenza y soberbia, para acabar huyendo de la verdad. Wolfe radiografía continuamente esta doblez moral, entre lo que piensa o siente el personaje y lo que dice: "-Gracias -dijo Sherman. Era horrible. Le estaba sinceramente agradecido." 

Otro ejemplo. Cuando parece que McCoy no puede caer más bajo, ni moral ni socialmente, decide traicionar a su amante (con la que ya traicionaba habitualmente a su mujer), grabando una conversación privada. En estas circunstancias, se da el siguiente diálogo con su abogado:



- Vale - dijo Killian-. Ahora estudiaremos lo que tienes que decir. De hecho, sólo necesitamos de ella un par de declaraciones, pero has de saber exactamente cómo lograr que las haga. ¿Vale? Empecemos.
Le señaló la silla de plástico, y Sherman se sentó, dispuesto a aprender el varonil arte del engaño. "Nada de engaños -se dijo a sí mismo-. Se trata de la verdad."

Wolfe es certero en las descripción psicológica de los personajes, no tiene piedad de ellos pero muestra sus matices y, presentando la inmoralidad, apela a la búsqueda de la verdad en la propia conciencia. Además, el libro tiene frases brillantes en cada página.
Mi favorita: "De repente salía a la superficie el cabrón que llevaba dentro." 
Sé que algún día esta frase me será útil.