lunes, 7 de diciembre de 2015

Aquel amor

            Acordonaron la zona
donde el acordeonista
y la corista
cantaban cada mañana.
Pusieron papel celofán
y unas vallas
para proteger
(para embalsamar)
aquel amor
tan único
tan bello
tan cotizado
tan turístico
que pertenecía,
sin duda,
al pueblo.

martes, 27 de octubre de 2015

Sidecar, de Nerea Pallares

El próximo 29 de octubre a las 20.30h la escritora y amiga Nerea Pallares presenta su libro Sidecar en la librería La Caníbal en Barcelona. Este primer libro de la autora ha alcanzado su segunda edición, está publicado por Ediciones Oblicuas y puede comprarse online. Es una recopilación de relatos cortos que exploran el tema de la cotidianidad y las relaciones humanas a través de una mirada irónica, a veces amarga, que crea una atmósfera de desencanto donde podemos reconocer la voz de una época.

Aprovechando la excusa de la presentación en esa Barcelona tan encantadora y tan desencantada, he decidido hacer una entrevista a Nerea para intentar emular alguna de nuestras conversaciones (con cerveza-beer) en las placitas de Gràcia. Aquellas conversaciones en las que, como hace Nerea en Sidecar, mirábamos nuestro día a día con los ojos de quien no pierde detalle. Como si nos fuera la vida - o la escritura - en ello.


Los relatos que presentas en Sidecar son una recopilación de narraciones que has escrito en los últimos años. ¿De qué año es el relato más antiguo? ¿Cuándo comenzó el proyecto de Sidecar?
El relato más antiguo es del 2012 pero el resto de narraciones que componen la obra fueron escritas, por lo general, a lo largo de los últimos dos años. Sidecar no fue concebido como un proyecto concreto y previamente definido, sino que, como antología, ha ido tomando forma de manera imprevista, flexible y espontánea, siempre permeable a las necesidades expresivas a las que cada relato respondió en un momento determinado; ya que, como obra iniciática, supongo que es inevitable encontrar reflejado en ella, en parte, el proceso de experimentación y búsqueda de una voz narrativa propia.

¿Por qué has decidido publicar ahora el libro? ¿Qué circunstancias te han llevado a decir “este es el momento de publicar”?
Más que una decisión ha sido una oportunidad. Fue la propia editorial quien me ofreció la posibilidad de publicar el libro después de conocer los relatos a través de su concurso literario. Supongo que ese “momento de publicar” es simplemente aquel en el que te apetece compartir las narraciones que dan vida a tu modo de comprender y hacer literatura en ese instante, aun siendo consciente de que esa visión personal cambiará —y además creo que es lo deseable— con el paso del tiempo y que lo que escribas en los siguientes cinco, diez o quince años, tenga ya muy poco que ver con lo anterior. Sin embargo, creo que es muy interesante observar ese proceso y publicar te da la oportunidad de hacerlo visible.

En alguna entrevista has dicho que uno de los temas que recorren tu libro es la precariedad, “que va más allá de una precariedad laboral para convertirse en una precariedad emocional”. Me llama particularmente la atención la manera en que tratas la crisis de los vínculos familiares (en “El almuerzo”, por ejemplo) y de la amistad (en “Peces y pájaros”). ¿Qué crees que está pasando con la manera en que nos relacionamos actualmente?
Creo que de algún modo la precariedad se ha convertido en un signo epocal, trascendiendo el plano de lo profesional —una precariedad de la que se ha hablado ya hasta la saciedad pero sin llegar a hacer efectiva todavía ninguna solución real, por cierto— hasta llegar a lo emocional, debilitando la fortaleza de los vínculos humanos y las referencias necesarias que nos permiten saber quiénes somos, y haciéndolos cada vez más efímeros y vulnerables al cambio impredecible que dicta un entorno acelerado y muchas veces kamikaze. Y claro, este tipo de precariedad —de las relaciones interpersonales, de la identidad, de lo espiritual— no es un asunto de Estado, así que no está en el discurso informativo ni en ningún tipo de circuito oficial. Y tal vez sea mejor así, por el momento, para que la propuesta de alternativas no se contamine. Por suerte, se le presta atención desde el arte, la filosofía, la sociología... desde todas aquellas disciplinas que piensan, verdaderamente, lo humano. Pero no quiero sonar tremendista; muy al contrario, creo que toda crisis es, en realidad, un síntoma y una oportunidad. Una señal de que no estamos en el camino correcto y, por consiguiente, la posibilidad de hacer un ejercicio de escucha, autocrítica, redefinición y cambio.
























Considero que Sidecar es un libro contemporáneo, en el sentido de que se dirige claramente a personas de nuestra edad, pero también a quienes hayan tenido ciertas experiencias vitales, como ese “éxodo” que se está produciendo hacia países como Reino Unido, Irlanda, Alemania… en busca de algo que no encuentran en España. Estoy pensando en el relato “Cork y las burbujas”. ¿Cómo fue tu experiencia en Cork? ¿Qué piensas sobre esta especie de exilio que estamos sufriendo desde hace años?
Supuso la oportunidad de vivir el exilio actual en primera persona, poco después —por cierto— de que Marina del Corral hiciera aquellas declaraciones tan divertidas en las que aseguraba que los jóvenes emigraban por espíritu aventurero. Aprendí mucho de la experiencia; conocí a muchos expatriados de todo el mundo a los que tal condición les había vuelto, también, un poco “apátridas” al tener vetada la posibilidad de establecer, una vez más, una referencia sólida y perenne con respecto a un lugar y a un núcleo de sentido. En mi caso, yo considero que sí tengo un espíritu aventurero y que probablemente habría vivido igual en el extranjero aunque la situación económica fuese favorable. Pero una cosa es viajar por curiosidad y ganas de conocer otras realidades y otra muy distinta es hacerlo obligada por las circunstancias. El único nombre para eso es exilio —aunque un exilio silencioso, atípico y al margen de las estadísticas— que se hace siempre por necesidad y no por voluntad y ante lo cual no podemos obviar lo evidente de la realidad; que el sistema actual nos arrebata la libertad positiva, la capacidad de elegir. El aprendizaje más importante que me proporcionó la experiencia es que las únicas actitudes que no pueden tener cabida ante esto son la indiferencia y la resignación.

Un motivo recurrente en tus relatos, que me ha llamado la atención, es la imagen del pájaro. ¿Por qué esta imagen? ¿Qué representa para ti?
Es una imagen polivalente, con diferentes implicaciones según el relato del que se trate; pues el aspecto simbólico de los pájaros de “Jaula para canarios”, de los que se dice que “las aves encarnan todas las posibilidades, son lo más parecido que conozco al infinito”, difiere del significado del pájaro sin cabeza que, en “El almuerzo”, yace en el patio, picoteado por las moscas, mientras los comensales permanecen indiferentes, salvo aquel que tiene “un pájaro atascado en la garganta”. Lo que los une, efectivamente, como motivo recurrente —y casi obsesivo— es su cualidad de llamar la atención sobre algún aspecto de lo humano y del entorno que había pasado desapercibido. En Sidecar, los pájaros acuden para desnaturalizar lo cotidiano y volver a llamar la atención sobre algún matiz oculto u olvidado. 

Siguiendo con las imágenes, en tu estilo narrativo es muy frecuente que encadenes imágenes una detrás de otra como en una sucesión de fotografías. He escuchado que de pequeña, antes de escribir, solías dibujar viñetas. ¿Cómo es tu proceso creativo, qué te inspira y qué detalles suelen llamar tu atención en el día a día para luego incorporarlos a los relatos?
Lo que me interesa de ciertas imágenes —literarias o no— es la capacidad evocativa y la posibilidad de sugerir en lugar de mostrar. No me hago muy consciente de mi proceso creativo —si es que se le puede llamar así y existe como tal—, pero sé que lo que me inspira es conocer todo tipo de situaciones, ambientes y personas que contrasten con la realidad ya conocida, que me permitan comprender lo diferente. Lo que me mueve es siempre la curiosidad.

Sé que estás haciendo una investigación académica sobre el tema del absurdo. ¿Por qué no es absurdo escribir? ¿Qué sentido le das actualmente a tu actividad literaria?
Está relacionado con lo anterior. Lo que me inspira —y además me divierte— es, precisamente, aquello que es aparentemente ilógico, en ocasiones surrealista, que irrumpe de pronto para hacer que nos replanteemos el sentido del orden imperante. La literatura, como el absurdo, reinventa y crea nuevas realidades. A mí me ofrece la posibilidad de configurar un imaginario y una mirada en la que reconocerme, por lo que, de alguna manera, escribir es dar sentido.

sábado, 29 de agosto de 2015

Mondrian

Circunscribir, acotar, seleccionar, agrupar, limitar.
Esto dentro y esto fuera.
Dibujar una línea,
fina o gruesa,
pero clara.
Que separe las excusas
y las razones.
Lo que dices por el whats app,
lo que dices a la almohada
los motivos que se encierran
en tus silencios tensos.
Buscar espacio es difícil
en un mundo lleno de cuadros.

Composición con rojo, amarillo y azul.
Piet Mondrian, 1921

martes, 11 de agosto de 2015

Una secuencia

Así de discreto es el miedo, se acerca despacio y parece que no tiene nada que ver contigo. Ignoras de dónde ha salido. Quizá no es miedo - susurras, esperas, deseas - quizá es solo curiosidad. El miedo aterra y es atractivo al mismo tiempo; lo rechazas y te hipnotiza. Es la certeza de que hay un peligro. Traspasar un límite. No sabes si salir corriendo o ponerte más cerca y ver qué pasa. Te mantiene alerta, paralizado. Pero basta un mínimo cambio, una ligera sospecha, para que se active el instinto de supervivencia y algo desde las entrañas te grite que debes salir corriendo, alejarte cuanto antes.
Es tan elegante el miedo. No es como lo imaginamos. No es directo ni grosero ni sangriento. Es sutil y delicado, conoce nuestras debilidades y consigue blindar nuestros puntos fuertes. Sabemos que tiene el poder de convertirnos en lo que odiamos. El miedo actúa en el silencio, en la soledad, en el frío y la distancia. Nos mira a los ojos y nos dice: recuerda que sigo aquí.

Secuencia de la película Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, 1999

miércoles, 5 de agosto de 2015

Señor ten piedad

     Fue dos días antes del alzamiento. Estaba en misa de siete y volvía a prometerme a mí misma que dejaría de ir a esa parroquia porque Felisa aprovechaba como siempre el "Señor ten piedad" para hacer sus gorgoritos con voz quejosa, fingiendo arrepentirse de sus pecados. Cuando entonaba así, entre gemidos, y miraba de reojo para ver si nos estábamos fijando en ella, me daban ganas de levantarme y gritarle que más le valdría cantar menos y penar más, que todas sabíamos que se la daba al marido con el hijo del panadero y eso era pecado de lujuria. Pero no era el momento ni el lugar, así que me pasaba toda la primera parte de la misa intentando no tener malos pensamientos contra la Felisa, que me lo ponía muy difícil y me quitaba la devoción, y me decía a mí misma que tenía que cambiar de parroquia. Ahí estaba, pensando en qué hacer, cuando entró el mozo aquel gritando que habían matado al alcalde a pedradas en mitad de la plaza. Yo me quedé seca, clavada en el sitio, imagínese. El cura salió pitando para allá y la Felisa, que siempre ha sido muy de perseguir hombres independientemente de su estado civil, fue detrás a todo correr sin preocuparse de la dichosa ciática de la que tanto se quejaba desde hacía cinco años. Pero bueno. El caso es que ahí estaba el alcalde, Tomás, tirado en el suelo junto a la fuente, el pobre hombre, con la cabeza chorreando sangre y un cubo en la mano. 

     Se ve que iba el hombre a sacar agua cuando le atacaron los sinvergüenzas aquellos, a nuestro alcalde que era bueno, bueno de corazón, y lo había hecho todo por el pueblo. Ni se casó el hombre siquiera, figúrese, por nosotros, de lo bueno que era. Se ve que se enamoró de Toñi, la hija de un pastor del pueblo de al lado al que llamaban "el Tieso". Pero siendo él como era un hombre de principios y un hombre cabal, cuando se enteró de que la familia de ella solo iba a misa los domingos y fiestas de guardar y no tenían por costumbre rezar el rosario, Tomás dijo que nanai. Así se lo dijo, en el río, una tarde que habían quedado para merendar. Le dijo: "mira, Toñi, yo te quiero pero hay cosas que no. Yo quiero ser alcalde y llevar a mi pueblo por el buen camino. Y hay cosas que la mujer de un alcalde tiene que tener y tiene que haber vivido en casa porque si no, nada, no se pueden fingir porque se nota. Así que nanai." Fíjese usted si era bueno y si quería lo mejor para el pueblo. 


     Cuando le vi en la plaza despatarrado y hecho el hombre un horror, ahí me quedé un rato para ver si me enteraba de lo que había pasado, pero no saqué mucho. Solo oí algo de las tierras del difunto abuelo del alcalde, que en paz descansen los dos, qué tragedia. 

     Como ve, señor policía, yo tampoco es que sepa mucho de los tejemanejes de este pueblo, que una con hacer lo que le toca, que si coser que si lavar que si preparar la comida, ya tiene suficiente entretenimiento. No soy yo de esas que buscan saber. Si lo mataron porque el abuelo del Tomás cambió la valla de la finca para quedarse con tierras del Román y luego el Tomás, por despiste seguramente, nunca volvió a colocar la valla bien, yo no lo sé. Y si las pedradas las tiraron los nietos del Román y los del pueblo no hicieron nada porque le tenían ojeriza al alcalde, yo no puedo saberlo porque no estaba allí. Digo yo que si mataron, sus motivos tendrían pero no sé si ciertos o no. Que si Tomás amañaba los votos y que si habría que poner a otro de alcalde, decían algunos. Y pusieron a uno que luego resultó ser comunista o anarquista o algo así y se lió una gorda en el pueblo. Vaya usted a saber. Yo, de estas cosas, ni idea. Bastante tengo con lo mío. Luego vino el alzamiento y el revuelo. No estábamos para historias ni íbamos las mujeres a la plaza a pasar la tarde. Nos olvidamos del Tomás, de lo triste que era todo y hasta la Felisa dejó al hijo del panadero por pura tristeza, lo dejó al pobre hombre con el corazón roto y el pan seco. Ya me entiende usted, es un decir, eso no lo apunte. Yo no le puedo decir más que estábamos en mitad de una guerra y había que estar a lo importante. Eso sí lo aprendimos bien. Lo mejor es no hablar. Una no ha visto ni escuchado nada, que luego vienen las habladurías y es mejor no remover el pasado, que duelen las heridas y llueven pedradas. Mire si no al bueno del Tomás, que el Señor tenga piedad. Yo solo hablo porque usted me pregunta pero mejor dejarlo aquí. Que pase buena tarde.

miércoles, 10 de junio de 2015

2+2

2+2 son 5, insistía. 2 y 2 son cinco, martilleaba su cabeza.
Pero la calculadora decía 4
y el mundo gritaba 4
y todo funcionaba como si dos más dos fueran cuatro.

Qué diferencia a un loco de un genio,
se preguntaba,
qué extraña convicción mueve al hombre
que le lleva a dejarse la vida
para que todo cambie.

Para hacer que el mundo gire
en torno al sol
y cambiar el rumbo
de la vida de los hombres.


Galileo Galilei

sábado, 16 de mayo de 2015

Despedida

Cádiz, 16 de mayo de 2015

Una carta de despedida antes de despedirme para poder decir que no fui tan cobarde de irme corriendo con el secreto guardado. Una carta de despedida y una carta de recomienzo.

Haciendo memoria, vuelvo al lugar donde empezó todo y llego rápidamente a aquella noche en que soñé que estaba en el cielo; mi cielo. Sentada en un círculo, como en una gran asamblea, no reconocía ningún rostro pero sabía que ahí estaban todos los que quiero y los que me falta por querer. Mi gente. Hablábamos sin palabras. Estábamos todos sentados, queriéndonos y nada más. 

Miré hacia el frente y estabas sentado frente a mí, con una mirada que he visto más veces. Era la mirada de quien buscaba desesperadamente ser salvado. Pero tenía un brillo distinto. El sentimiento de triunfo de quien lo ha conseguido. Y también había algo de sorpresa, de agradecimiento, de un cariño inmenso y de picardía. Soñé que esa mirada me hacía muy feliz pero era demasiado grande para unos ojos como los míos.

Me desperté angustiada. No sabía si aquel sueño era un deseo o una premonición. Un anhelo desesperado por que algo suceda o la conciencia clara de que, inevitablemente, sucederá. Podía ser una liberación y una condena al mismo tiempo, y me temlaban las piernas. 

Aún sigo sin comprenderlo, pero creo que estoy más cerca de hacerlo porque se acerca el final del relato, y al final es cuando damos sentido a lo anterior. Empiezo a pensar que aquel sueño fue en realidad una promesa y, sin saberlo, he vivido mucho tiempo creyendo en ella. Y lo sigo haciendo. Creo que tiene sentido esperar, que existe - después de las despedidas - la posibilidad del reencuentro, y que puede ser tan puro, tan bello y tan auténtico que ya nunca sea necesario nada más. Creo que existe el cielo. Creo que existe el amor puro y pleno, que hay una mano que nos acompaña y unos ojos que nos miran. Que no somos invisibles sino almas que conectan.

Lo creo porque lo he visto. En mi sueño y en tu mirada.

martes, 12 de mayo de 2015

Bach

Fue una noche en la ópera, durante la Pasión Según San Mateo de Bach.
Como una premonición del engaño, del egoísmo, de la maldad.
Una voz aflautada, liviana, como un susurro helado que confirma el horror, gemía.

¡Sangra, querido corazón!
Un niño que has criado,
que has amamantado en tu pecho,
amenaza con asesinarte,
pues se ha convertido en serpiente.

El alfiler de punta fina y certera atravesaba el alma del amor callado
mientras las palabras retorcidas salían de la boca putrefacta del traidor
susurrando, como la soprano, exhalando el aliento asqueroso de la falsedad y el disimulo.

Pensaba
qué delgada y escurridiza y ligera es la mentira,
como una lombriz que se esconde en los agujeros donde no puede empaparle la lluvia.
Ni las lágrimas.
Qué denso y evidente y fácil es en cambio el miedo.

Decía
cómo deforma el traidor lo puro y sencillo,
y qué profundo dolor el de quien sigue confiando, 
para seguir sangrando. 

Cuando se cerró el telón y ya no había nadie en la sala, 
se arañaba el pecho
balbuceando
qué angustia cuando uno es traidor y amante y profeta, todo al mismo tiempo.


Bach (1685 - 1750)

domingo, 3 de mayo de 2015

Maquillaje

INT. NOCHE. CUARTO DE BAÑO
ELLA (40) está en el lavabo, frente al espejo, con los botes de maquillaje, colonia, cepillos... esparcidos. Coge un poco de maquillaje y se hace cuatro puntos en la cara. Comienza a extendérselo. Viste de negro, muy elegante. 
Llaman a la puerta y, sin esperar respuesta, alguen entreabre la puerta. Entra ÉL (45), un hombre apuesto, viste también de negro y tiene una pequeña cicatriz en la ceja. ELLA se gira y parece que va a decir algo. Le tiembla el labio y se le humedecen los ojos. ÉL entra apresuradamente en el baño y cierra la puerta. Se cogen de la mano. ÉL la acaricia y abraza. ELLA llora con sollozos silenciosos, muy nerviosa. ÉL le seca las lágrimas y le da un beso en la mejilla, otro en la boca y la sienta en un taburete. 

ELLA se va tranquilizando, respira hondo. Se quita los zapatos de tacón. Cierra los ojos y respira profundamente. ÉL se apoya en el lavabo, le tiemblan un poco las manos. Comienza a ordenar y cerrar los botes. Coge el bote de maquillaje y se echa un poco en el dedo. Se acerca a ELLA, que continúa con los ojos cerrados, la mira con ternura. Se agacha ligeramente y le pone un punto de maquillaje en la nariz. ELLA abre los ojos, sorprendida. ÉL dibuja una sonrisa traviesa y le pone puntitos de maquillaje por toda la cara. ELLA se deja y ÉL extiende suavemente el maquillaje debajo de los párpados, las mejillas, la boca. 

Se besan. ÉL se levanta, cierra el bote, se acerca al lavabo y lo coloca perfectamente junto a los otros. Se lava las manos con jabón, frotando las yemas de los dedos con fuerza. Se seca las manos en un trozo de papel. Se acerca a ELLA y le susurra algo al oído. ELLA le besa en el cuello. ÉL sale del baño y ELLA se coloca de nuevo frente al espejo. Coge el colorete, aprieta los labios y hace una mueca de sonrisa para ponerse color en las mejillas.

INT. NOCHE. TANATORIO
El cuerpo de un HOMBRE (60) descansa en el ataúd. Tiene un agujero en la frente, de disparo, y los ojos cerrados. ELLA, vestida de negro y con los tacones, se acerca y coge su anillo. Se lo coloca junto al suyo, en el anular derecho. Lo acaricia. Una SEÑORA (85) le acaricia el brazo y ELLA sonríe ligeramente. Deja caer dos lágrimas. Entran varios RESPONSABLES DEL TANATORIO, ponen una tapa de cristal sobre el ataúd y, uno de ellos, le dice algo a ELLA, que asiente. La SEÑORA se besa la punta de los dedos y los pone sobre la tapa. Las dos salen de la sala junto con otras personas que están allí.  

EXT. NOCHE. SALIDA DEL TANATORIO
ELLA sale a la calle acompañada de la SEÑORA, cogidas del brazo. Enciende un cigarro. Hay varias personas fuera. Uno a uno le van abrazando y dando el pésame. En un lado hay DIEZ HOMBRES DE NEGOCIO. Uno de ellos lleva una corona de flores "DE TUS COMPAÑEROS DE ÁLVAREZ Y ASOCIADOS", que da a la SEÑORA, y le da dos besos. ELLA va saludando a los demás compañeros. El quinto es ÉL. Se sostienen la mirada, se dan la mano educadamente. ÉL mira sus dos anillos en el dedo anular. Le da dos besos ligeramente nervioso. Al separarse, le acaricia la mejilla, entre la cara y el cuello, como extendiédole el maquillaje. Dibuja una breve sonrisa traviesa.   



jueves, 23 de abril de 2015

Ardillas

Mi trabajo consistía en recordarle que fuera al baño de cuando en cuando, atarle los cordones de los zapatos y salir con ella de paseo. Había días en que estaba de que sí y otros en que estaba de que no, pero la mayoría de veces tenía las dos actitudes al mismo tiempo y cambiaba de opinión cada veinte minutos. Le decía “mira, Pat, qué sol y qué cielo, vamos un rato al parque” y ella sacudía la cabeza – una cabeza pequeñita cubierta con pelo blanco y muy liso. Si yo insistía, se enfadaba, fruncía el ceño, golpeaba con el pie izquierdo en el suelo, como una niña chica. Entonces no había nada que hacer, salvo esperar y dejar que fuera a su aire por la casa: Pat sacaba los paraguas y los colgaba en el perchero, se ponía un guante en la mano derecha, buscaba una vieja pipa y la llenaba con café molido y se la colgaba del labio inferior (yo escondía las cerillas), abría los cajones de la cocina y mezclaba los trapos con las cucharas y los salvamanteles con las pinzas de ropa. Cuando se sentaba, agotada, en el sofá, tiraba el guante. Yo lo recogía del suelo y le decía con voz de sorpresa “¿qué hace este guante ahí? ¿quién lo habrá tirado? Por cierto, hablando de guantes, ¿no querrás ir a dar un paseo?” Pat pestañeaba un par de veces, intentaba reconocerme y, quizá, establecer alguna relación – imposible - entre el guante y el paseo. Volvía a pestañear, sonreía y decía que por supuesto. Luego preguntaba un poco inquieta: “¿no llegaremos tarde?”            
Conseguimos comunicarnos perfectamente. Porque después de tanto tiempo, pude entender que cada segundo en la vida de Pat era presente, que para ella solo existía el ahora. A veces volvían ciertos recuerdos del pasado, la sombra de alguien que estuvo en tal sitio o dijo tal cosa. Nada que la uniera consigo misma ni diera ninguna consistencia a su propia historia. El olvido la hizo ligera y la permitió vivir en un continuo despertar.
Observaba todo como por primera vez, saludaba a los paseantes que nos encontrábamos de camino a Fletcher Moss Gardens y acariciaba a los perros con gran ternura mientras les decía “eres un buen chico, mira qué pelo tan bonito tienes”. Los animales movían la cola e intentaban lamer su mano o, de un salto, le ponían las patas delanteras sobre las rodillas. Como aquellos dos chow chow enormes que al día siguiente tenían que ir al veterinario porque habían cogido un virus. Cuando la dueña nos dijo que igual tenían que pinchar a los pobres bichos, a Pat se le humedecieron los ojos, se agachó y les susurró algo en el oído que ni la desconcertada dueña ni yo pudimos escuchar.
En el parque, caminaba a toda prisa hasta llegar al lago donde dábamos mendrugos de pan seco a los patos. Pat odiaba cuando las gaviotas carroñeras les robaban la comida y siempre intentaba llegar antes que ellas. Si no, trataba de echarlas haciendo aspavientos con la mano mientras decía con la voz rota de rabia y de pena: “egoístas, esto no es para vosotras. Vosotras podéis volar y los patos no”.


Sin embargo, creo que sus animales favoritos eran las ardillas rojas de cola larga que saltan de árbol en árbol y huyen de los humanos. Antes de conocer a Pat, las ardillas me parecían desconfiadas y hurañas, de mente retorcida e intenciones mezquinas, pensando únicamente en roer su comida y trepando por los troncos de los árboles para ocultarse – las muy cobardes – entre las hojas, donde nadie pudiera acceder a ellas ni pedirles cuentas de sus hurtos ni conocerlas verdaderamente. Cada vez que una de estas ardillas se cruzaba en nuestro camino o se asomaba detrás de un seto, yo fruncía el ceño. Igualita que Pat cuando se enfadaba. Ella, al contrario, si veía saltar una ardilla, abría los ojos con emoción, se paraba en seco y contenía un grito de asombro: “mira esa ardilla, mira esa ardilla”. Se conmovía y sonreía con una felicidad agradecida. Como si el destino le hubiera regalado la oportunidad de ver algo irrepetible, maravilloso y fugaz. Me parecía que, para Pat, las ardillas eran tan hermosas y tan efímeras como aquellos fragmentos de pasado que a veces asaltaban su memoria.
Al cabo de un tiempo dejé el trabajo, Fletcher Moss Gardens y a Pat, pero no pude dejar las ardillas rojas de cola larga. Me las llevé tan dentro que a veces, por la noche, en esa duermevela que no se sabe si es sueño o recuerdo, intento acercarme sigilosamente a ellas para no asustarlas y les susurro al oído: “si Pat pregunta por mí, decidle que estoy aún buscando el guante, decidle que llego tarde.”

viernes, 27 de marzo de 2015

don Plagio Rufianes



Don Plagio Rufianes nunca tuvo una idea propia. Se devanaba los sesos pero no había forma. Le parecía que cada palabra, cada sonido de cada letra había sido ya dicho antes y de mejor manera. Don Plagio no podía contar cuentos a sus sobrinos ni enviar cartas ni hacer la lista de la compra. Ante la pregunta más sencilla como cuál es tu nombre, don Plagio se ponía serio y respondía que no sabía exactamente pero tenía la esperanza de algún día descubrirlo. A veces optaba directamente por el silencio. Pero era tan vulgar estar callado y no decir nada, tan poco original. La boca cerrada le agobiaba y las frases sonaban desgastadas.
Don Plagio Rufianes decidió un día inventar un idioma. Consistía en una serie de parpadeos y miradas y guiños y giros con las pupilas de los ojos. A veces tomaba la mano de la persona que tenía enfrente, cogía su dedo índice y lo metía en el orificio izquierdo de la nariz. Eso significaba “te quiero”. Su novia no acababa de entenderlo y a veces dudaba de que sus muestras de afecto fueran sinceras. Don Plagio entendió que no le entendían. Rompió con ella, abandonó a los sobrinos y se fue a la guerra. Pensó que enfrentándose a la muerte, cara a cara consigo mismo, encontraría aquello que nunca fue escrito, aquello que era solo suyo.
Cuando rayaba el alba y los soldados se acercaban sigilosos al campo enemigo, don Plagio sintió un fuerte escalofrío, como una lágrima de hielo que recorría su espalda. Alzó los ojos y el primer rayo de sol le obligó a cerrarlos. En aquel idioma inventado eso significaba “adiós muy buenas hasta aquí hemos llegado”. Don Plagio intuyó que era su momento, que no podría seguir buscando y que los sobrinos se quedarían definitivamente sin cuentos. Fue entonces cuando la palabra acudió a su boca, un sentimiento nunca antes descrito, una reflexión tan propia, tan profunda, tan sincera y única encerrada en un solo término… 


domingo, 22 de marzo de 2015

5.2.1.7.b.

Octavo día de cautiverio. Intento terminar el subepígrafe 5.2.1.7.b. lo más rápido que puedo pero mi cabeza por algún motivo parece no rendir lo que acostumbra. Escribo estas líneas mirando al reloj, no puedo perder estos preciosos minutos. Algún desalmado me robó el tabaco en el metro el otro día y he tenido que bajar a comprar otro paquete, con el consiguiente trajín que ello implica: buscar en el montón de ropa un pantalón sin roña, descubrir que no hay ninguno, coger el vaquero que va con todo, ponérselo, calzarse las zapatillas, sudadera, adecentar el pelo, limpiar el cristal de las gafas con la manga de la sudadera tan limpia como el pantalón, coger llaves y rascar los bolsillos de tres abrigos distintos en busca de monedas sueltas, llamar al ascensor, darse cuenta de que la sudadera y el pantalón roñoso ni siquiera pegan, guiñar los ojos ante el impacto de la luz del sol, chocarse con la vecina y no pedir disculpas, arrastrarse hasta el bar, gruñir algo como saludo, pedir que te activen la máquina por señales, introducir las monedas en la ranurita una a una hasta dar con el importe exacto, coger el tabaco, gruñir algo como despedida, volver al portal, llamar al ascensor, esperar, subir a la planta correcta, sacar las llaves, por fin en casa. Con tabaco. Los diez minutos más apasionantes del día. De este puto octavo día de cautiverio en el que termino - ¡sí o sí! - el subepígrafe 5.2.1.7.b.



domingo, 22 de febrero de 2015

I got life

Nada de esto es mío, todo son palabras, melodías e imágenes robadas.

Primero Nina Simone. Lo dijo ella con su voz de mujer curtida por la vida, la música, el color de la piel y las heridas desconocidas. 

Dijo: "tengo mi pelo, mi cabeza, mi cerebro, mis orejas, mis ojos, mi nariz, mi boca, mi sonrisa."

Es simple. Pero solo con esa sencilla frase, toda la canción cambia.



Qué a gusto un domingo en la playa, qué a gusto, dijo otra algo más tarde mientras escuchaba el mar. 



Por último, alguien captó la imagen. No, tampoco esta foto es mía ni esa niña soy yo.

Sin embargo, me quedo con Nina Simone, el domingo en la playa y el azul del mar. Porque todo unido ya es mío. Y mis ojos, por supuesto, mis ojos claro que son míos.

sábado, 7 de febrero de 2015

Golondrinas
Si vuelven las oscuras golondrinas les dices de mi parte que les den por saco.


viernes, 16 de enero de 2015

Charlie

Tengo sentido del humor. Me gusta la broma negra, la situación incómoda y la crítica inteligente. Creo firmemente que la comedia es la mejor forma de decir la verdad, especialmente las verdades más dolorosas, que son las más importantes. 
Puedo reconocer cuándo un chiste tiene gracia. 
Si no me río de un chiste, si me ofendo por una broma, no es porque sea buena o no lo sea, sino por cómo de apropiada la considero en una situación o hacia un público concreto.
Simplemente, pienso que Charlie no es para todos los públicos. Y que, como decía Gila: "si no aguanta una broma, que se vaya del pueblo"
Nada justifica lo que ha pasado y es la peor reacción posible a una portada de revista.


Últimamente escucho voces que - sin pretender justificar los atentados - reclaman que haya más respeto hacia la religión y recuerdan que hay límites a la libertad de expresión. Quizá el caso de Charlie es el ejemplo más equivocado para hablar de este tema, ya que sus consecuencias han sido tan desproporcionadas y dolorosas que cualquier persona prefiere omitir el juicio, dejar a la gente en paz, desear que nunca se repita esta situación y cambiar de tema. Quizá es también inevitable, porque la religión es uno de los temas más jugosos, polémicos y subjetivos, que se presta a la ironía mordaz y el absurdo, y puede que haya quienes estén un poco hartos de que - con más o menos lucidez - se critique sistemáticamente cierta forma de vida o creencias sin verse defendidos por nadie y aprovechan este caso para poner aquí el acento.

Por eso, dejando claro que la reacción a esta portada es un crimen atroz y que una publicación como Charlie jamás será compatible con ciertos públicos, me gustaría recordar el caso del secuestro de la portada de El Jueves del 20 de julio de 2007 por unas viñetas ridiculizando a Letizia y Felipe. Este caso parece demostrar que sí hay límites constitucionales a la libertad de expresión, al menos en España, y al menos en asuntos que atañen a ciertas autoridades como la monarquía (institución que, en mi opinión, reclama más fe ciega y adhesión irracional que cualquier religión). Cuando es el Estado quien actúa limitando estas libertades e impidiendo que cierto mensaje llegue a su público objetivo, no se alzan voces reclamando la libertad de expresión y la libertad de los ciudadanos de reírse de lo que les brote; por el contrario, se acepta que es el juego de la justicia y los medios, que hay quienes velan por el honor de ciertas personalides e instituciones y que es algo bueno

Creo que ahora estamos en una época en que - comparada con otras instituciones - la religión está poco protegida, ha cambiado de etiqueta, pasando de estar bajo el escudo de lo "políticamente correcto" a "si no te hace gracia, es que eres demasiado victimista y no puedes reírte de ti mismo". Puede deberse a mil causas históricas y sociológicas, pero el hecho es que así estamos, al menos a nivel judicial, y que se están radicalizando posturas a pie de calle.

Con esta reflexión solo pretendo hacer ver ciertas incoherencias. La libertad de expresión es para todos, también para los que no piensan como uno, y es lícito que cada quien se ría de lo que le haga gracia. Pero si se decide vivir en común, esto implica recortar ciertas libertades que afectan al otro, y debe hacerse con justicia: monarcas, dioses, tonadilleras, homosexuales y terroristas deberían ser ridiculizados y defendidos por igual. Así se garantizaría el ejercicio de una democracia sana, la posibilidad de que exista un creyente tolerante y que, también en el humor, haya sensibilidad.