viernes, 16 de enero de 2015

Charlie

Tengo sentido del humor. Me gusta la broma negra, la situación incómoda y la crítica inteligente. Creo firmemente que la comedia es la mejor forma de decir la verdad, especialmente las verdades más dolorosas, que son las más importantes. 
Puedo reconocer cuándo un chiste tiene gracia. 
Si no me río de un chiste, si me ofendo por una broma, no es porque sea buena o no lo sea, sino por cómo de apropiada la considero en una situación o hacia un público concreto.
Simplemente, pienso que Charlie no es para todos los públicos. Y que, como decía Gila: "si no aguanta una broma, que se vaya del pueblo"
Nada justifica lo que ha pasado y es la peor reacción posible a una portada de revista.


Últimamente escucho voces que - sin pretender justificar los atentados - reclaman que haya más respeto hacia la religión y recuerdan que hay límites a la libertad de expresión. Quizá el caso de Charlie es el ejemplo más equivocado para hablar de este tema, ya que sus consecuencias han sido tan desproporcionadas y dolorosas que cualquier persona prefiere omitir el juicio, dejar a la gente en paz, desear que nunca se repita esta situación y cambiar de tema. Quizá es también inevitable, porque la religión es uno de los temas más jugosos, polémicos y subjetivos, que se presta a la ironía mordaz y el absurdo, y puede que haya quienes estén un poco hartos de que - con más o menos lucidez - se critique sistemáticamente cierta forma de vida o creencias sin verse defendidos por nadie y aprovechan este caso para poner aquí el acento.

Por eso, dejando claro que la reacción a esta portada es un crimen atroz y que una publicación como Charlie jamás será compatible con ciertos públicos, me gustaría recordar el caso del secuestro de la portada de El Jueves del 20 de julio de 2007 por unas viñetas ridiculizando a Letizia y Felipe. Este caso parece demostrar que sí hay límites constitucionales a la libertad de expresión, al menos en España, y al menos en asuntos que atañen a ciertas autoridades como la monarquía (institución que, en mi opinión, reclama más fe ciega y adhesión irracional que cualquier religión). Cuando es el Estado quien actúa limitando estas libertades e impidiendo que cierto mensaje llegue a su público objetivo, no se alzan voces reclamando la libertad de expresión y la libertad de los ciudadanos de reírse de lo que les brote; por el contrario, se acepta que es el juego de la justicia y los medios, que hay quienes velan por el honor de ciertas personalides e instituciones y que es algo bueno

Creo que ahora estamos en una época en que - comparada con otras instituciones - la religión está poco protegida, ha cambiado de etiqueta, pasando de estar bajo el escudo de lo "políticamente correcto" a "si no te hace gracia, es que eres demasiado victimista y no puedes reírte de ti mismo". Puede deberse a mil causas históricas y sociológicas, pero el hecho es que así estamos, al menos a nivel judicial, y que se están radicalizando posturas a pie de calle.

Con esta reflexión solo pretendo hacer ver ciertas incoherencias. La libertad de expresión es para todos, también para los que no piensan como uno, y es lícito que cada quien se ría de lo que le haga gracia. Pero si se decide vivir en común, esto implica recortar ciertas libertades que afectan al otro, y debe hacerse con justicia: monarcas, dioses, tonadilleras, homosexuales y terroristas deberían ser ridiculizados y defendidos por igual. Así se garantizaría el ejercicio de una democracia sana, la posibilidad de que exista un creyente tolerante y que, también en el humor, haya sensibilidad.